renglones torcidos
Dar tu vida, dar tu sangre
¿Se imaginan oleadas de españoles alistándose ante un hipotético ataque francés?
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Han decapitado bebés. No sé si uno, quince o cuarenta. Como de geopolítica sólo tengo un par de nociones básicas y no me gusta hablar de lo que no sé, debería dejar la columna en blanco. Con bebes asesinados vilmente basta. Nos hemos tragado ... suficientes películas como para saber lo que son crímenes de guerra. ¿Basta? Bastaría, pero todos hemos visto las imágenes de manifestaciones pro-palestinas en Europa y las declaraciones de gentuza que todavía sigue vinculada al gobierno. Ahora bien, ¿seremos tan hipócritas o ingenuos para sorprendernos ante los efectos de ideologías que no conocen límites? No, por eso resulta en vano poner como ejemplo al único líder político que parece no pedirle nada a Sánchez para votar su investidura. Otegi va a lo suyo: sin prisa, pero sin pausa, algo que aprendió del PNV –su hermano sibilino– y que ahora no sabe por dónde le da el aire. Por gilipollas, así se hundan él y su partido entero.
¿Qué les puedo contar sobre Israel entonces? Pues lo mío, una combinación entre ir a consideraciones más de base y mentar la madre a algunos, explicándoles con claridad del mal que han de morir. Parece un ejercicio esquizoide, pero tiene toda la coherencia del mundo: si observo que se rompen los cimientos me acaba resultando complicado no alterarme un poco contra quienes los sacuden. Nos hablaba Hughes ayer sobre el hecho de que en Israel se reclute tanto a hombres como mujeres para defender la nación, algo que se le antojaba inadecuado. Ofreció numerosos ejemplos históricos, así como ensayos para defender su posición. En uno de estos se comentaba que la mujer poseía uno de los mayores privilegios: no ir a la guerra y, así, «no tener que dar la sangre por el país». Argumentación curiosa ésta, si tenemos en cuenta la ratio de mortalidad materno-infantil cuando no concurre la medicina moderna. Si eso no es derramar la sangre por el país que baje Dios y lo vea. En todo caso, concuerdo con Hughes, lo natural e histórico ha sido derramar sangre: al dar a luz y al proteger a quienes lo hacen. Sin la familia, y la nación que la protege, la sangre se vierte en vano, algo que los mimados países occidentales hemos olvidado demasiado rápido: no aguantamos una relación de dos años, ¿vamos a dar a luz por nuestra pareja? ¿Vamos a defenderla con nuestra vida –la rutina familiar– cuando podemos vivir una eterna adolescencia? Sociedades adultescentes destruyen naciones conformadas por infinitas capas y sedimentos de generaciones de personas que dieron la vida por su familia, por su patria, por sus principios, por sus ideas de cómo debería ser su nación. ¿Se imaginan oleadas de españoles alistándose –como han hecho los israelíes– ante un hipotético ataque francés? Iba a decir que yo no, pero he recordado que lo único que logró ponernos de acuerdo a todos fue la Guerra de la independencia. Qué triste necesitar un enemigo común para reconocernos como hermanos. ¿Comprenden ahora por qué suelo acabar jurando en arameo?
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