pincho de tortilla y caña
Locos de atar
Lo estúpido es tener que sufrir a chalados que te amargan la vida de forma gratuita
Hace algunos días, Pedro García Cuartango glosó en su columna la biografía novelada de Colm Töibin sobre Thomas Mann. Yo no sabía que el escritor alemán, luego nacionalizado estadounidense, fue un hombre atormentado, con fuertes conflictos familiares y una pésima relación con sus hijos. ... Esa huella biográfica me llamó la atención porque, cuando supe de ella, andaba enfrascado en la lectura de un libro de Rosa Montero, 'El peligro de estar cuerda', que sostiene la teoría de que la mayoría de los escritores famosos han sido víctimas de notables chifladuras. Lo ilustra con muchos ejemplos. Kafka masticaba cada bocado treinta y dos veces, Sócrates caminaba descalzo y bailaba solo, Proust se metió un día en la cama y no volvió a salir, Agatha Christie escribía en la bañera y Virginia Woolf escuchaba a los pájaros cantar en griego clásico. La casuística es casi interminable.
La verdad es que, al leer el libro, sentí un cierto alivio. Yo quería ser escritor. Incluso hice mis pinitos, hasta que la contumacia de los hechos me obligó a aceptar, con espíritu deportivo, que carezco del talento necesario para pasar el corte. Al principio lo asumí como un pequeño fracaso personal, pero ahora casi lo agradezco. Si para pertenecer al club de los elegidos es preciso haber tenido una infancia infeliz, una relación filial truculenta o algún episodio psicótico o masoquista, me alegro de que mi tendencia al descalabro mental no haya sido tan poderosa. Seguiré admirando a los grandes escritores aunque, a partir de ahora, me ronde la sospecha de que sobre de cada uno de ellos sobrevuela la sombra de alguna avería psiquiátrica. Después de todo, como dijo Séneca, «ningún genio fue tan grande sin un toque de locura». Locura a cambio de genialidad es un trato justo.
Lo estúpido es tener que sufrir a chalados que te amargan la vida de forma gratuita. Por desgracia, en política es lo habitual. Salvo honrosas excepciones, los gobernantes suelen acabar tocados del ala y rara vez nos regalan, a cambio de sus desvaríos, recompensas salutíferas. David Owen, rector de la Universidad de Liverpool, describe en su libro 'En el poder y en la enfermedad' lo que él llama el síndrome de hubris, que en griego significa desmesura. A ver si les resulta familiar: al poco tiempo de intoxicarse con los oropeles del poder, los presidentes se sienten dioses y demonizan a sus adversarios. Crean una mitología de plástico en la que ellos son los profetas del bien y la Oposición, la encarnación del diablo. Se creen con derecho a hacer todo aquello que consideren necesario, independientemente de que lo quiera la mayoría o rebase los límites éticos. Se convierten, en definitiva, en locos de atar.
A este síndrome no hace falta adjudicarle identidades concretas, y en honor a la verdad sería injusto que lo ciñéramos a un solo ejemplo contemporáneo. Pincho de tortilla y caña a que, quien más quien menos, ha barajado docenas de nombres que encajan en la descripción como anillo al dedo.
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