TIEMPO RECOBRADO
Las letras y el mal
Un autor tiene derecho a publicar lo que salga de su pluma sin más restricciones que el Código Penal
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Georges Bataille escribió en 'La literatura y el mal' que «el horror es la medida del amor y la sed de mal es la medida del bien». La frase parece críptica y contradictoria, pero no lo es. Lo que quiere decir Bataille es que el ... valor de un sentimiento o una virtud está en función de su opuesto. Para saber lo que es el bien no hay nada mejor que pensar en el mal.
Esta reflexión viene a cuento de la polémica suscitada por 'El odio', el libro de Luisgé Martín, que no será distribuido por Anagrama. Su publicación ha desatado un debate que no es posible eludir. ¿Tienen razón los que sostienen que lesiona el derecho a la intimidad y el honor de Ruth, la madre de los niños asesinados, o quienes anteponen la libertad de creación de su autor?
No es nada fácil responder a este interrogante porque las dos cosas son ciertas: hay un daño moral a la madre, pero también está en juego la libertad de creación y de expresión. Puestos los dos argumentos en una balanza, me inclino por defender la publicación del libro, aunque no desdeño el peso de las opiniones contrarias. Volviendo a la cita de Bataille, la literatura y el periodismo siempre han indagado sobre el mal. Ya sea desde la ficción al reportaje, la perversidad y la barbarie están presentes en las páginas de muchos libros. Es obvio que se escribieron cientos o miles de textos sobre el Holocausto en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial. Todavía había supervivientes como Primo Levi de los campos de exterminio.
Hay dos precedentes que sirven para defender la primacía de la libertad de creación sobre la herida que supone hurgar en los crímenes. El primero es 'A sangre fría', el clásico de Truman Capote, que narra el asesinato de una familia en una granja de Kansas. Capote investigó y reconstruyó los hechos que llevaron a sus dos autores a ser condenados y ejecutados en 1965. El segundo es 'El adversario' de Emmanuel Carrère, que cuenta la historia de un impostor que mata a su esposa, sus hijos y sus padres tras ser descubierto. Ambos libros han vendido millones de ejemplares.
Ninguno de los dos se puede encuadrar en el género de la ficción. Son grandes reportajes periodísticos que indagan en las motivaciones de los criminales sin profundizar en las víctimas, tal y como ha hecho Luisgé Martín.
Hay otra anomalía significativa en este debate: que nadie ha leído el libro. No sabemos si es bueno, si es malo, si es tendencioso o si es aleccionador. Pero eso no es lo relevante porque un autor tiene derecho a publicar lo que salga de su pluma sin más restricciones que el Código Penal. Lo que no es admisible es la censura previa. La libertad de expresión es un derecho y una conquista histórica que merecen la pena ser defendidos, incluso cuando rebasan los límites de lo racional y lo moral.
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