la barbitúrica de la semana
Soledad ciudadana
No por numerosa, la multitud calma el desamparo
Homenaje a Cataluña (11/11/23)
¡Montesquieu, ruega por nosotros! (4/11/2023)
Declararon la cuarentena y el estado de alarma en marzo de 2020. Para quienes no la habían escogido o ni siquiera la deseaban, la soledad se convirtió en una asfixia. Encerrados con hijos y parejas de pronto aborrecibles, arrojados al silencio de uno mismo, ... muchos se asomaron a sus ventanas. A las ocho de la tarde, en una convocatoria instintiva y carcelaria, las personas aplaudían en la oscuridad. Eran apenas siluetas asomadas a los balcones. No había rostros, sólo sombras. El estruendo de sus palmas al chocar hacía pensar que afuera jarreaba. Cada quien, en su casa; cada quien, en su jaula, aplaudiendo.
Cuando llegó el cambio de hora de verano, los aplaudidores adquirieron rostro y aspecto. Al fin podían verse, de balcón a balcón. Ahí empezó algo parecido a una fiesta, una especie velatorio caribeño, de esos en los que se baila y se despide al difunto con chupito. A las palmas añadieron el baile, la homilía y hasta la vigilancia. De golpe se hizo de día y al acto de hacerse compañía enjaulados batiendo las palmas se sumaron versiones más o menos folclóricas: sesiones musicales, gritos, vivas, pasodobles, coplas. Después llegaron las cacerolas. Cuanto peor se volvió la cifra de muertos, el aplauso se convirtió en el espacio del cumpleaños feliz para este o aquel, la policía con sus sirenas y el quédate en casa como una ley a la que no podíamos apelar. A la fiesta se añadió la rabia, el grito, el reclamo, la maldición. Teníamos miedo a la enfermedad, a morir, a terminar en el Palacio de Hielo. La calle nos atemorizó. El recelo se convirtió en el mejor alguacil. La soledad y el miedo nos entraron en el cuerpo. Descubrimos que habitábamos de pronto un mundo inédito y, aún peor, uno del que nadie podía salvarnos.
Tres años después, confinados ahora en otra trampa, los ciudadanos salen a las calles, se apretujan, protestan, sacan muñecas hinchables de sus armarios algunos, otros desempolvan su sentido de pertenencia a algo más grande que ellos. Los pactos del Partido Socialista Obrero Español con el independentismo para lograr la investidura sacudieron el torrente sanguíneo con un virus del que el cuerpo ciudadano intenta defenderse. Las cesiones fiscales, la amnistía a delitos y la fiscalización de la justicia a manos de los otros dos poderes del Estado alborotaron en la ciudadanía un sentido de alarma, una necesidad espontánea de organizarse, de juntarse, de quedar a gritar en grupo. La multitud hace compañía, junta soledades, descarga una adrenalina que no por numerosa calma la angustia de sentirse desamparado, solo, agitando una bandera que podría deshilacharse. Protestar es una necesidad, y siempre un deber. El problema es cuando la constante demostración cuartea el ánimo y acentúa el desamparo. Ser desposeído de la razón, aun teniéndola, sentirse estigmatizado por reclamar lo esencial, que sería la igualdad de derechos y deberes en una misma comunidad, induce a la duda, a la sensación de haber enloquecido. Es ahí, en ese momento de intemperie, cuando un ciudadano se pregunta por qué esta soledad.
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