LA BARBITÚRICA DE LA SEMANA
La muerte no es una guerra
Mañana se cumple un año del fallecimiento de Javier Marías
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Dijo Javier Marías que él no escribía para ganar tiempo, sino para notarlo. Se refería a su costumbre de trabajar los textos a mano, pasar luego una cuartilla a máquina, cuatro o cinco veces, y releerlas antes de acabar encuadernadas, junto al resto, en ... la piel de una novela. Se cumple ya un año de su muerte y sus palabras se sujetan más fuertemente al mundo, porque él las urdió con la paciencia que hoy falta. Por eso sus historias resisten el paso del tiempo, incluso el de este momento en el que la gente pregunta si será buena persona el cocinero. La nueva inquisición y el empacho sentimental son síntomas de algo que Marías ya intuía. Y por eso fue insolentado, en varias ocasiones.
El crítico alemán Ijoma Mangold dijo que de su literatura se aprendía tanto, porque nadie llegó a conocer al ser humano tanto como él. Guardado en casa, jugando como Stevenson en su poema, Marías tejió en sus personajes una membrana vital y literaria. La María Dolz de 'Los enamoramientos', que contempla a una pareja en una cafetería antes de que el azar les destroce la vida; el presentimiento del desastre de 'Corazón tan blanco'; la espera de Berta Isla —Nevinson es otro ausente, como Ulises— o el Víctor Francés de 'Mañana en la batalla piensa en mí', «colonizado por su muerta», avanzan en su tragedia mientras el mundo sigue girando. Quizá algo de su padre, Julián Marías, exista en ese trance de pensar el movimiento, la transformación.
«No puedo dejar de existir mientras todas las otras cosas y las personas se quedan aquí y se quedan vivas», cavila Víctor Francés ante el cuerpo sin vida de Marta Téllez en 'Mañana en la batalla piensa en mí'. Para alguien que escribió tan intensamente sobre el engaño y el olvido como Javier Marías, la muerte es un lugar definitivo desde donde ser leído. Las miserias y dudas, el estremecimiento ante el otro, el crepúsculo del yo, la idea del ausente y de aquel que habrá de ser sustituido por alguien más, pero también la idea del doble, del espía y del enigma, forman parte del juego de hallar algo, de transformar lo evidente en figuraciones.
Javier Marías trabajó a lo largo de toda su obra la marcha y el regreso: desde aquel relato 'La canción de Lord Rendall', sobre un soldado que vuelve de la guerra tras años de campaña, y que retomó en 'Los enamoramientos' al citar 'El coronel Chabert', de Balzac. Ambas historias están protagonizadas por seres que vuelven de la guerra para descubrir que ya los han olvidado. La muerte no es un combate del que se vuelve, es la constatación del tiempo que ha transcurrido.
Todo en Javier Marías nos lee y nos conduce a leer a otros. Sus obsesiones son permutaciones de que no somos capaces –por primitivos o impacientes– de elaborar. Su tiempo nos sobrevive y nos explica. En él la muerte no es una guerra de la que se vuelve.
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