la suerte contraria
La vida rima
Fernández Díaz reconstruye la figura de su padre con la precisión del que sabe que la verdad no está en lo que se recuerda, sino en lo que se omite
Oveja con piel de lobo
Teníamos razón
En la Gran Vía, un asturiano, un argentino, un argentino-asturiano, un asturiano-argentino, poco importa el orden cuando el resultado es Jorge Fernández Díaz, que tiene poca pinta de estibador de Mieres y bastante de párroco postconciliar, de franciscano de los de la ... Recoleta, que silba 'Paxariños' mientras riega los narcisos para salvarlos y los dogmas para ahogarlos, con media sonrisa a la vista y, en la espalda, un revólver de reportero que no funciona porque, en realidad, tampoco sirve para nada. La vida nos enseña que, cuando las cosas se ponen feas, lo primero que se pierde es la verdad. Y entonces siempre hay una pistola más grande. Y una mentira más lenta. Y contra eso no se puede hacer nada excepto seguir contándolo todo, ya sea contra los Kirchner de antes o contra los de ahora, que se apellidan Milei y que mienten igual, pero con flequillo. Larra dijo que escribir en Madrid es morir. Pero escribir en Buenos Aires es matar. Y, para ello, conviene llegar al final del día vivo.
Jorge escribe para su padre porque solo se puede escribir de lo que se ha perdido. El viejo se fue de los bosques de Belmonte para llegar a los bosques de Palermo. Digamos que abandonó un lugar entre Oviedo y el río Narcea para llegar a un lugar entre el río de La Plata y sus sueños. O sea que de bruma a bruma. Con 'Marcial' ha ganado el Premio Nadal y me alegro de ese ajuste de cuentas con la memoria, con la herencia emocional y con ese pudor masculino que nos deja a solas con el silencio. Jorge reconstruye la figura de su padre con la precisión del que sabe que la verdad no está en lo que se recuerda, sino en lo que se omite. Y lo hace sin golpes bajos ni sentimentalismos baratos, solo con una narración elegante que deja en el aire de mi cuarto la sensación de que, en realidad, no sabemos nada de quienes un día nos criaron. Y que toda historia familiar no es más que una ficción negociada. O sea, una verdad a medias. O sea, una mentira.
Más allá de su prosa, hay algo en Jorge que me atrapa. Es la contención extrema, esa flema como de inglés a las cinco de la tarde y la humildad natural de los maestros, que es la única en la que creo. El resto no es humildad sino estrategia. De ahí viene su liderazgo, de una cabeza bien amueblada al servicio de la honestidad y no viceversa, como suele pasar. Se lo contaba a A.J. Ussía después de la presentación, entre el Cock y el Baton Rouge de la calle de la Victoria, creo. Lo mejor de las presentaciones en Madrid es la post-presentación con Ussía. En realidad, lo mejor de Madrid es Ussía. Acabamos cantando 'El ángel Simón', donde Nacho Vegas afronta como puede el resentimiento, la lucha interna y la búsqueda de sentido de un hijo tras la muerte de un padre que vivió sus últimos años en soledad y decadencia. Es curioso. Empiezo la tarde escuchando a un asturiano hablando de su padre y lo termino con otro asturiano hablando de lo mismo. «La vida rima», pienso. «Y así es cómo cicatriza», apostilla Alfonso. Quiero pensar que Jorge asiente.
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