la tercera
Matizar es de valientes
En el barullo de la arrogancia, no hay nada más radical que el matiz: por haber nacido en un mundo de peligros (climático, geopolítico...), y tras la noche de los totalitarismos, la nueva generación es quizá la primera que podrá afirmar esto, y hacer de esta afirmación la brújula de sus batallas
Más Terceras

Hace poco me dijeron algo que me hirió en lo más profundo de mi ser, hasta la raíz de mi esperanza. Aquella tarde, participaba en una tertulia televisiva. El tema era el embrutecimiento del debate público, la creciente polarización de nuestras sociedades, el espectro de ... una «guerra civil» que ya acecha en la escena política y mediática y en las redes sociales. En un momento dado, afirmé que este clima era el síntoma de una crisis de transmisión: si tantos jóvenes están volviendo a los reflejos militantes del maniqueísmo ideológico («no se puede hacer tortilla sin romper los huevos», «cualquiera que formule una crítica está haciendo el juego al enemigo»...), ¿significa esto que ya se han olvidado las lecciones del siglo XX? ¿Cómo se explica que los políticos e intelectuales que recuerdan el «siglo totalitario», con su estela de odios disciplinados, no hayan transmitido los frutos de su experiencia a las nuevas generaciones? A lo que un abogado que se encontraba en el mismo plató respondió con fría seguridad: «Hay que acostumbrarse, la historia no da lecciones, la experiencia política no se transmite».
Esas palabras me inquietaron profundamente. Porque, la transmisión en general, y la transmisión política en particular, constituyen una obsesión para mí. Mis libros solo hablan de ella. Mi primer ensayo analizaba el modo en que el ideal revolucionario se transmite de generación en generación. El último es una reflexión sobre las dimensiones políticas de la paternidad. Entremedias, he estado trabajando en algunas de las «lagunas mentales» de la izquierda, la familia ideológica en la que me crie, por ejemplo, en lo que se refiere a la religión y su fuerza de arrastre. En resumen, la esperanza que siempre me ha movido es que la esperanza circule, y gane en madurez, con el paso de las generaciones. Que la experiencia acumulada permita a los ideales de emancipación sortear las desviaciones que tan a menudo los han conducido a callejones sin salida sangrientos.
Una revuelta de larga memoria fue en su día la melancólica apuesta de toda la izquierda. Ser herederos de la Revolución Francesa, los frentes populares y los movimientos anticolonialistas significaba extraer lecciones del pasado para proyectar mejor el futuro. La Guerra Civil española ocupa aquí un lugar central. Al igual que a muchos otros, a mí me educaron en el recuerdo de las Brigadas Internacionales: nada era más emocionante que la movilización sin fronteras de jóvenes que corrían a apoyar a los republicanos contra Franco y sus aliados fascistas y nazis. En la memoria de la izquierda, lo que se disputaba entonces en Madrid y Barcelona era una carrera contrarreloj entre el socialismo y la barbarie y, por tanto, el futuro de toda la humanidad. Pero la tragedia española planteó también, con una intensidad jamás igualada, otra cuestión: ¿es compatible el socialismo con el cinismo? ¿Podemos pretender ser libres cuando cometemos masacres, cuando estamos enfangados en la mentira?
En un momento en que toda Europa se desgarraba por España, George Orwell reabrió esta cuestión en unos términos cuya importancia no ha sido apreciada hasta ahora. Por un lado, el autor de '1984' se alzó en armas contra el régimen de Franco. Pero, por el otro lado, sostuvo que esta lucha estaba condenada al fracaso si la libraba un ejército de propagandistas sin fe ni ley. Por tanto, era posible conciliar estos dos gestos: empuñar un arma contra los franquistas y proclamar su repulsa ante las calumnias vertidas por los militantes estalinistas contra los herejes de la izquierda trotskista o anarquista, muchos de los cuales fueron asesinados. Sí, era posible, pero había que pagar un precio: según el viejo proverbio totalitario, toda oposición equivalía a traición, y Orwell fue acusado de «hacer el juego» a los fascistas.
En el mismo momento, pero en el bando nacionalista en este caso, otro escritor tuvo el mismo valor. Georges Bernanos, católico de derechas y monárquico que vivía en Mallorca desde 1934, acogió inicialmente con simpatía el movimiento español. Uno de sus hijos incluso vistió el uniforme de la Falange. Pero Bernanos pronto se sintió horrorizado por los crímenes de los que fue testigo. Que la crueldad más obscena pudiera hacerse pasar por una «cruzada» obligó al escritor cristiano a proclamar su rebelión y a sumirse en la soledad que aflige a los verdaderos disidentes: Bernanos, demasiado a la derecha para ser apoyado por la izquierda, fue excomulgado por sus antiguos compañeros monárquicos, que le acusaron de «hacer el juego» a los comunistas.
Menciono a estos dos escritores porque intervinieron en un momento clave que tuvo un impacto duradero en la conciencia europea. Pero más allá de ese momento, la mayoría de los autores que aprecio y que me ayudan a vivir, aquellos a los que recurro cuando quiero mantenerme firme y erguido, tienen esto en común: porque se negaron a convertirse en «delegados de la propaganda» (Raymond Aron), porque quisieron nombrar la realidad en toda su complejidad, todos fueron acusados de «hacer el juego» al enemigo. «Es una especie de fórmula mágica o encantamiento, que pretende ocultar verdades incómodas», señalaba Orwell en '1944'. «Cuando te dicen que al afirmar tal o cual cosa estás 'haciendo el juego' a algún enemigo siniestro, comprendes que tu deber es callarte inmediatamente».
Ochenta años después, aquí estamos otra vez. No puedo decidirme a hacerlo. Significaría admitir que la memoria es inútil, que el siglo XX no sirvió para nada. A los jóvenes que se inician en la política, y que tienen mil razones para rebelarse, no pretendo transmitirles ninguna verdad, simplemente una invitación a la duda. Desconfiad de los mayores que prefieren atizar el odio antes que iluminar las mentes. Desconfiad de su retórica incendiaria; demasiado a menudo oculta el puro placer de dominar. Preguntaos si pueden ofrecer un futuro más humano, cuando tienen tantos cementerios a sus espaldas. En resumen, desconfiad de nosotros, y también de mí, pero desconfiad también de vosotros mismos, de vuestros malos impulsos, de la comodidad de las ambigüedades, de los encantos del dogmatismo... Recordad que vuestro adversario puede estar diciendo la verdad; incluso el enemigo tiene razón a veces. Negaos a ver el mundo en blanco y negro, aunque eso signifique enemistarse con fanáticos de todos los colores. Si estáis convencidos de vuestras luchas, prestad atención a la lección «española» de Orwell y Bernanos: nunca se debe ocultar la verdad con el pretexto de que nombrar las cosas «haría el juego» a esta o aquella fuerza ideológica. Tener el coraje del matiz no significa renunciar a vuestros compromisos. Significa darles la oportunidad de ser más justos y eficaces. En el barullo de la arrogancia, no hay nada más radical que el matiz: por haber nacido en un mundo de peligros (climático, geopolítico...), y tras la noche de los totalitarismos, la nueva generación es quizá la primera que podrá afirmar esto, y hacer de esta afirmación la brújula de sus batallas. Quiero creer en ello, pese a todo, esa es mi fe, conforme a la letra y el espíritu de lo que Derrida llamaba una «política de la memoria, de la herencia y de las generaciones».
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