La Tercera
El insulto
El insulto reaccionario es tan deleznable como el rebuzno progresista. Todos ellos son la expresión fanatizada de una pasión miserable
La esperanza como virtud democrática
Espejo de historiadores

Entre las consecuencias más absurdas de la nueva cursilería política cabe destacar lo que podríamos llamar (con miedo) la 'jibarización de la injuria' (y digo 'jibarización' sin pretender hacer juicio de valor alguno sobre esa práctica cultural, de la que tampoco pretendo apropiarme). Contra todo ... pronóstico, ahora sucede que quien insulta debe hacerlo extremando los cuidados; sin ofender. Antes de bajar al terreno de la degradación verbal, el agresor debe hacerse cargo de las circunstancias de su antagonista, evitando las referencias a su condición sexual, su procedencia geográfica, su linaje, su aspecto o su salud.
El arte de insultar se ha convertido en una tarea más propia de universitarios que de verduleras, pues sólo quien conoce bien los entresijos de la humillación puede evitar las innumerables connotaciones por las que pudiera asomar el odio. O más bien: el delito de odio. Pues odiar, al parecer, está bien mientras no sea delito. De ahí que el insulto se haya jibarizado. Resiste a duras penas los avatares de una farsa en la que se nos invita a ofender con cuidado y desacreditar con prudencia. A nuestras nuevas autoridades morales –predicadores de medios, tertulianos televisivos, o políticos de redes– no les molesta el insulto como tal. Sus admoniciones y sermones no tienen como fin evitar la violencia verbal o gestual, de la que ellos mismos dan muestras más que sobradas en sus reiteradas apariciones públicas, sino hacernos ver que esa violencia tiene que ser canalizada, ordenada y gentil. Podemos vilipendiar, pero debemos hacerlo de acuerdo con las directrices del buen ofendedor: el que se abstiene de aderezar su desprecio con el recurso al estereotipo, el que escupe aseadamente a la cara, pero solo de aquellos que realmente se lo merecen. Para que se entienda: el insulto posmoderno puede estar dirigido a las circunstancias personales de nuestros adversarios, pero nunca a sus características genéricas o a sus filiaciones identitarias. Si acaso, podemos insultar mintiendo, pero nunca llamar 'calvo' al calvo.
Aunque su intención sea buena, esta moda del desprecio selectivo no carece de dificultades. La primera y más obvia es que quien insulta, huelga decirlo, lo que quiere es ofender. Parece mentira que haya que recordar esto. No es sólo la expresión de un arrebato. No. No es eso. Quien insulta acompaña el dolor de su ira con el placer de la venganza; busca lesionar la dignidad de su antagonista; persigue socavar el honor de su adversario, arrastrarlo por el fango de la humillación. De ahí que el arte de insultar presuponga un cierto conocimiento de la debilidad ajena. Desde el punto de vista de la lógica predadora del victimario, para insultar es preferible ser psicólogo antes que lingüista. Es bueno conocer las circunstancias de la víctima; saber dónde mancillar su orgullo y denigrar su autoestima. Los ejemplos abundan. Después de la batalla de Pavía, al emperador Carlos V le pareció que debía añadir a su victoria un gesto de desprecio hacia su enemigo, que tenía fama de mujeriego y que se las daba asimismo de humanista. Así que hizo fabricar unos platos de porcelana en los que el derrotado rey de Francia, Francisco I, aparecía, caído del caballo, mirando al emperador desde el suelo, con tan mala fortuna que su cuerpo replicaba la primera postura femenina del catálogo de posiciones sexuales diseñado poco antes por el pintor italiano Giulio Romano.
En segundo lugar, el insulto no hace daño a causa de su literalidad, sino, primero, a consecuencia de la intención de quien lo profiere y, segundo y más importante, en relación con la sensibilidad de quien lo sufre. Como en el caso de las expresiones más soeces que suelen acompañar todo tipo de exabruptos, nadie o casi nadie quiere decir exactamente lo que dice cuando insulta o gesticula. Así sucede que cuando decimos de fulano que es un hijo de tal no estamos en realidad afirmando nada de su madre. La expresión es tan solo la abreviatura de una idea más compleja que viene determinada por la creencia, falsa, de que los biennacidos tienen cualidades morales superiores a los bastardos, de modo que ninguna persona de buena cuna y mejor linaje hubiera sido capaz de comportarse de manera tan ruin y despreciable. Del mismo modo, la famosa higa, que ya tiene siglos de historia, sigue bien asentada entre nosotros, por más que sus referencias sexuales hayan caído, en general, en el olvido. Los animales domésticos, en efecto, también se bufan o se ladran, pero si no pueden llamarse 'payaso' o 'cara-anchoa' es porque no han llegado a entender el valor denigratorio de la metáfora. En el caso de los humanos, sin embargo, las flores del menosprecio crecen en el campo abonado de la retórica. Tanto es así que lo mismo que produce sonrojo ver llorar a quien se ofende porque le han llamado 'mono', también es motivo de lástima, y por las mismas razones, ver a quien no entiende que cuando le dijeron 'mono' no había en la expresión el menor atisbo de adulación.
Pero que nadie se lleve a engaños. Los insultos no deben tolerarse. Ni los personalizados ni los genéricos. Ni los que nos parecen justos y merecidos, ni los que consideramos propios de racistas o misóginos. El insulto reaccionario es tan deleznable como el rebuzno progresista. El que se celebra con chanza es tan mezquino como el que se escucha con pesar. Todos ellos son la expresión fanatizada de una pasión miserable. La cursilería política no puede ignorar la tabla de madera en la que se amasan los desprecios. Así, por ejemplo, en el grupo de la reprobación moral habría que incluir a todos aquellos que, en su pulsión totalitaria, se empeñan en calificar a los demás con adjetivos que los interesados no usan para referirse a sí mismos (como la creciente costumbre de llamar 'facha' a todo el mundo, por ejemplo). También a todos aquellos que se permiten la mayor bajeza jamás proferida por un cobarde «si yo te contara».
En los insultos no cabe distinguir lo grande y lo pequeño, lo diestro y lo siniestro. Tampoco cabe apelar a la tradición bien establecida de los viejos eruditos que en tiempos pasados llenaron sus textos de injurias e invectivas más o menos ocurrentes. Los epigramas de Marcial sobre el sexo de Lydia pueden parecernos ingeniosos, pero no dejan de leerse con pena y con vergüenza. Habrá a quien la comparación de algunos líderes políticos con gusanos o excrementos le parezca razonable, cuando en realidad no hay nada que pueda justificar semejante apología de la barbarie. Para acabar con esta lacra, hay que hacer mucho más que proteger a los llamados grupos vulnerables o poner el acento en los llamados delitos de odio. Esto no es nada más que la constatación de un prejuicio, pues quien insulta, en general, no delinque. Lo que sí hace es mostrar hasta qué punto su ira se tiñe de prejuicios ideológicos, de una enfermedad narcisista, un delirio indecente. Para colmo de males, detrás del insulto público se esconde muchas veces el deseo de aprobación, una forma de cohesión social, de comunidad del odio, tan primitiva y básica que no puede mencionarse sin sonrojo.
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