Tribuna abierta
Santiago Grisolía
Uno de los últimos actos oficiales del Rey Juan Carlos fue otorgar a Santiago Grisolía el título de Marqués de Grisolía, en reconocimiento a su vida de entrega a España. Mi padre sintió una gran satisfacción con este honor, considerándolo un galardón a la gran importancia de la ciencia y la cultura en España, y no a sí mismo
«Sin duda alguna, la ciencia permite una vida divertida y llena de ilusión que tiene mucho de aventura» Santiago Grisolía, 'Ciencia y Aventura' ABC, 15/10/1985
Santiago Grisolía, científico ilustre, aventurero, descubridor, incitador, pensador, colaborador frecuente de este periódico, gran alma de España, ... ha muerto. Bautizado de niño con la sangre de la Guerra Civil, formado de investigador en Nueva York, retornó a trabajar a su querida tierra natal con la Transición, y aquí ha fallecido, siempre trabajando por ella. Su vida refleja el progreso y la lucha de la España moderna.
Periodistas de tres generaciones describieron su físico con expresiones como «quijotesco» o «perfil de una moneda romana». Ninguno de ellos llegó a captar plenamente su aire digno y sereno, matizado con la sonrisa ocasional del niño travieso, compendio de dignidad y humor sutil, de este gran español y valenciano.
Nacido en 1923 en Valencia, la Guerra Civil trastocó fuertemente su juventud. A la edad de 13 años, trabajó como auxiliar en hospitales de Cuenca, atendiendo quemaduras, traumas y heridas de todo tipo. Ayudó a amputar brazos y piernas, y en todas las intervenciones de la guerra. Terminada la contienda, entró en la facultad de Medicina de Madrid. Con tan sólo 16 años, ya tuvo un concepto muy claro de lo que era la medicina brutal de la guerra. Por su traslado a la facultad de Valencia a mitad de carrera, fue discípulo del profesor José García Blanco, catedrático de Fisiología, extraordinario profesional con amplia experiencia internacional. Trabajó en su laboratorio, con ilusión de buscar, por medio de la investigación, un camino hacia una medicina más científica y menos ruda.
En 1945, llegó a Nueva York en la primera hornada de la postguerra de becarios en EE.UU. Con beca, pero sin ningún plan previo sobre dónde desarrollar sus estudios. Había oído decir a García Blanco que Severo Ochoa era, «el mejor preparado de los españoles jóvenes», así que se presentó a Ochoa cuando este último aún no tenía ni su propio laboratorio. Comenzó una relación maestro-estudiante sin igual en la ciencia española, dos carreras extraordinarias: Ochoa recibió el Premio Nobel, y Grisolía fue nominado dos veces para el mismo galardón. Ambos mantuvieron una estrecha amistad el resto de sus vidas.
Grisolía se hizo enzimólogo de primera fila en la Edad Dorada de las Enzimas, con aportaciones claves al ciclo de la urea y a la función de muchas enzimas, purificando y cristalizando algunos que han resultado cabezas de serie de familias enzimáticas, así como contribuyendo al conocimiento de la regulación de la síntesis y degradación de las proteínas, y mucho más. Desde que inauguró la cátedra de Bioquímica en la Universidad de Kansas, entrenó a generaciones de posdoctorales, incluidos muchos españoles, lo que impulsó la bioquímica española actual.
Con una trayectoria distinguida en EEUU, decidió aceptar el reto de hacerse cargo, como director, del Instituto de Investigaciones Citológicas en su ciudad natal, Valencia. Llegaron Santiago y mi madre, Frances, en 1977. Mientras mi padre orientó el Instituto hacia la investigación biomédica molecular y celular, mi madre, doctorada en Fisiología, colaboró a la internacionalización, ayudando a los científicos del Instituto a la redacción de sus trabajos en inglés científico, mejorando sus posibilidades de aceptación en las revistas internacionales con más proyección. Frances nunca cobró por su trabajo, pero su labor, junto a la de mi padre, tuvo un impacto clave.
Aparte de revigorar el Instituto, llevándolo en pocos años a ser el tercer instituto español en publicaciones y en relevancia, Grisolía abogaba siempre por más inversión en investigación de las autonomías y de los organismos nacionales, dando un mensaje consistente en la prensa y en cuantos foros podía. Siempre subrayó que un nutrido y vigoroso sector científico es fundamental para el desarrollo de la sociedad y de la actividad productiva, y que las generaciones adultas deben potenciar dicho sector para que la juventud española y el país alcanzaran altos niveles profesionales y productivos.
El mismo compromiso también le llevó, con la colaboración social, a establecer los Premios Rei Jaume I, ya con más de 30 años de premiados, para estimular y fomentar las actividades que son motores claves de la economía moderna, transformadores de las sociedades española y mundial. Así, actualmente los premios se otorgan a las áreas de Investigación Básica, Investigación Biomédica, Economía, Nuevas Tecnologías, Medio Ambiente, y Gestión Empresarial.
Los premios buscan y reconocen los líderes españoles en estos campos fundamentales, y los premiados siguen aportando mucho a la sociedad española. Para prestigiar al máximo estos galardones, Santiago constituyó los jurados con autoridades internacionales, entre ellos habitualmente una veintena de Premios Nobel. Así, los españoles nominados para los premios son evaluados según los criterios internacionales más altos, y a su vez los jurados pueden tomar conciencia de la gran calidad de los profesionales españoles, tanto los nominados como los galardonados.
Con su regreso a España, Grisolía tenía muy en mente el gran ejemplo del Premio Nobel Santiago Ramón y Cajal, que aparte de su carrera como investigador, trabajaba mucho en la divulgación de la ciencia. Para facilitar el intercambio entre expertos, Grisolía, con la colaboración clave del sector empresarial, principalmente valenciano, estableció la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados, que lleva décadas explorando las fronteras entre las ciencias y la sociedad.
Su colaboración con ABC, principalmente mediada por José Miguel Santiago Castelo y José María Fernández-Rúa, le llevó a estas páginas más de cien veces, en la famosa Tercera, donde habló de ciencia, cultura, y muchos otros temas de interés social. Los lectores de los ensayos de Grisolía aprendieron mucho de la aventura de la ciencia y de la búsqueda de los genes, a veces para novedades fresquísimas, de un día para otro, como si fuera un corresponsal de guerra en primera línea del frente… de la ciencia.
Santiago ha servido como miembro del Consejo Valencia de Cultura desde su inicio, y como su presidente desde 1996 hasta su muerte, siempre pregonando la íntima vinculación de la ciencia con otros aspectos de la cultura. Propuso al CVC organizar un encuentro sobre la cartografía del Genoma Humano, que resultó ser la primera reunión internacional en este proyecto. Craig Venter y Hamilton Smith se conocieron en el segundo encuentro, y son ellos quienes inventaron la técnica esencial para realizar la secuenciación del genoma.
Uno de los últimos actos oficiales del Rey Juan Carlos fue otorgar a Santiago Grisolía el título de Marqués de Grisolía, en reconocimiento a su vida de entrega a España. Mi padre sintió una gran satisfacción con este honor, considerándolo un galardón a la gran importancia de la ciencia y la cultura en España, y no a sí mismo. Como es título hereditario, la familia Grisolía considera el marquesado un sello puesto en el gran amor que tenía mi padre para España, un amor que nosotros sus hijos compartimos con orgullo y humildad.
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