columnas sin fuste
El suéter manta
No tiene sentido repetir el momento de ir a la manta si podemos meternos en ella para siempre
Al parecer, la gente empieza a bajar en pijama a por el pan. Las fronteras entre el pijama y el chándal, que siempre estuvieron claras, dejan de estarlo y se percibe en la calle. Esto está relacionado con otro fenómeno. Un fenómeno 'indoor', de puertas ... hacia dentro, que ilustraré, perdone el lector, con algo personal.
Saliendo de casa hace unos días vi que un vecino le abría su puerta a un repartidor de Amazon. Hola, hola, nos saludamos, pero la cortesía no pudo evitar que yo reparara (y que el vecino reparara en mi reparar) en su indumentaria: parecía la mascota de los Memphis Grizzlies. Estaba embutido en un gran disfraz de oso, una prenda única, un mono esponjoso que transmitía un sentido radical de lo mullidito.
En otro momento de mi vida, esto me hubiera extrañado, pero ya no, y hubiera sido muy hipócrita reírme porque yo… yo iba peor en mi casa, ¡yo venía de quitarme mi suéter-manta!
No se vea en esto ocaso estético ni decadencia moral, es solo economía. La subida de los precios de la energía ha obligado a buscar alternativas a la calefacción y se ha hecho fundamentalmente de dos maneras: con ropa polar y con el suéter manta (¿o manta suéter?) que evoluciona el concepto porque protege contra el frío de un modo holístico fusionando dos realidades en una, creando una sudadera talar. No tiene sentido repetir el momento de ir a la manta si podemos meternos en ella para siempre.
El 'sofá, peli, mantita' se hace prenda. Salta del sofá y se hace autónomo, se yergue, se hace homo erectus y ya puede caminar, ¡concepto caminando!
Los primitivos llevaban pieles encima y nosotros, sherpas del confort, llevamos peluches, somos hombres-peluche, y vamos por la casa como osos amorosos. Vencemos el frío y a la vez (oh cozy, oh chill) encontramos un plus de comodidad. Esto ha desdramatizado el frío y le ha quitado patetismo a nuestra pobreza energética haciéndonos parecer unos gusiluces.
Por eso es normal que para bajar a por el pan subamos un grado de elegancia, uno solo, lo que nos deja a la altura del chándal pijamero. Otra forma de salir de la hibernación polar resultaría traumática.
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