EDITORIAL
Pélets y verdades a medias
Sin un contexto electoral, nada se entendería de esta permanente confusión deliberadamente amplificada para hacer ruido y desgastar al Gobierno de la Xunta
Resulta imposible disociar la sobreactuación de los partidos de la izquierda en la crisis de los pélets en algunas playas gallegas con la circunstancia de que el próximo 18 de febrero habrá elecciones autonómicas. La pretensión del PSOE, Sumar o el BNG de convertir el vertido de toneladas de pélets del pasado diciembre en una nueva catástrofe medioambiental equiparable a la del Prestige sólo puede ser achacable a unas expectativas electorales pesimistas para la izquierda, toda vez que la mayoría de los sondeos publicados reafirman la mayoría absoluta del PP. Pero es que además, es una gran falsedad.
Por más empeño que ponga la izquierda, y por más manipulación de conceptos técnicos y científicos que quieran utilizar como auténticas verdades a medias, nada tiene que ver la toxicidad de estos pélets con el daño ecológico causado por aquel dramático vertido del Prestige.
Sin un contexto electoral, nada se entendería de esta permanente confusión deliberadamente amplificada para hacer ruido, de este absurdo reparto de culpas entre las administraciones central y autonómica, o de la utilización, a veces obscena, del ecologismo de nuevo como factor de desgaste del Gobierno de la Xunta. La prueba está, como publicó este domingo ABC, en que hace años que muchas otras playas sufren la llegada de este tipo de pequeñas bolas de plástico por accidentes marítimos y políticamente se recurre a la ley del embudo.
Si los pélets llegan a costas gallegas, el drama medioambiental es sublime y el Gobierno regional es culpable. Si por el contrario, quedan toneladas en el mar, donde la competencia de actuación y seguridad es del Gobierno central, no hay alerta ecológica. Si los pélets están diseminados desde hace años por playas como la de La Pineda, en Vilaseca (Tarragona), no es precisa una resurrección impulsada desde la izquierda de movimientos como Nunca Máis; pero si eso ocurre en Galicia, todo es peligroso para el ser humano y la naturaleza. Y si los pélets llegan a Asturias, donde gobierna el PSOE, no existe escándalo político de ningún tipo.
Otra prueba de que todo este asunto, al menos hasta ahora, está sobredimensionándose como un factor de desestabilización política fue la imagen de Yolanda Díaz, días atrás, en una playa gallega recogiendo pélets. Lo más burdo de su campaña de marketing y propaganda tras haber sido la principal damnificada de los decretos convalidados esta semana por el Congreso no es su obsesión por sacar cabeza, hacerse fotografías o lucir en televisión. Lo más ridículo fue la propia escenificación por lo que tuvo de simplismo en su desesperación por lograr algún escaño en Galicia y no agravar la crisis de Sumar.
En un accidente de este tipo lo razonable es que todas las administraciones competentes colaboren con lealtad, rapidez de reflejos y lógica, sin interferencias políticas. Lamentablemente no ha sido así. El Gobierno central supo del accidente el 8 de diciembre y le restó relevancia. Después, la Xunta, que pudo haber previsto con mucha más agilidad cuál podría ser la reacción movilizadora de la izquierda, ha ido a remolque dando explicaciones. Además, ha habido un uso mediático muy viciado contra el Ejecutivo autonómico sencillamente porque aquella campaña del Prestige de hace dos décadas surtió efecto. Hoy sin embargo, es llamativo que Sumar, el BNG o la vicepresidenta Ribera se obsesionen con demonizar a la administración gallega y, a la vez, tengan al ministro Planas alarmado porque tanta sobreactuación política termine dañando a los pescadores o la reputación del consumo en Galicia. La de los pélets es la doble cara de una verdad a medias, lo que no deja de ser una mentira.
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