ANTIUTOPÍAS
Infantilismo estético
Asumen, más bien, que la vida adulta puede esperar indefinidamente. Que podemos arrastrar nuestros gustos y actitudes infantiles
Evo y las niñas
La función de la mentira
En su novela de 2010, 'El mapa y el territorio', Michel Houllebecq fantaseaba la vida de un famoso artista plástico que pintaba cuadros sobre diferentes oficios. La historia no era gran cosa, pero sí tenía un momento de intuición genial. Aquel personaje decidía hacer ... una obra sobre su oficio, y como modelos escogía a los dos artistas más famosos de aquellos años. El cuadro se titulaba 'Damien Hirst y Jeff Koons repartiéndose el mercado del arte', y en él se enfrentaban, separados por una mesa, los dos titanes que batían records en subastas y vendían lo invendible –animales destripados, cursilerías resplandecientes– por decenas de millones de euros. ¿Quién ganaría la apuesta?, parecía ser la pregunta de Houllebecq, ¿quién acabaría vendiendo más, teniendo más éxito y por eso mismo –es la lógica de los tiempos– dejando una impronta más profunda en el arte del siglo XXI?
De lejos, Koons y Hirst se parecen. Mirados de cerca, afloran todas sus diferencias. El primero creyó que la banalidad salvaría a las masas y nos pidió que renunciáramos al esnobismo estético para abrazar los peluches y el brillibrilli que tanto disfrutábamos de niños; el segundo hirió el gusto con la manifestación explícita de la muerte, y convirtió el narcisismo en un atajo para llegar a la cima de su oficio. Koons jugaba a ser un niño bueno que se divertía en paraísos porno y celebraciones infantiles; Hirst, un niño malo que destripaba ranas y desenterraba calaveras para adornarlas con diamantes. ¿Quién ganó? Al final ¿cuál de los dos está más presente en el arte actual?
La veleta de los tiempos, creo yo, giró en favor de Koons. Allí donde voy veo más muestras del infantilismo 'naif' que sembró el estadounidense, que de la actitud punk que cultivó el británico. En la galería Veta de Carabanchel, vi a comienzos de este año 'Forever Young', una muestra que claramente aludía al infantilismo, bien por su temática, bien por su forma, y cuya estética se nutría de los dibujos animados o del rayón pueril. El Guggenheim de Bilbao le dedica en este momento una retrospectiva al japonés Yoshitomo Nara, famoso por su infantiloide iconografía. En el espacio público neoyorquino vi este verano la proliferación de esculturas de KAWS, otro fabricante de muñecos enormes, y hace una semana, en la feria Estampa, no me encontré con obras de Hirst pero sí de Koons: esos 'suvenires' de fiesta infantil que son sus brillantes y metálicos 'ballon dogs'.
El infantilismo en el arte tiene una larga historia que remite al dadaísmo, pero la mirada cándida del arte más actual nada tiene que ver con la irreverencia del Cabaret Voltaire. Estas obras son otra cosa. No le piden al adulto que vuelva a la infancia y abrace sus primeros gustos, como quería Koons. Asumen, más bien, que la vida adulta puede esperar indefinidamente. Que podemos arrastrar nuestros gustos y actitudes infantiles, sin asumir responsabilidades, por los espacios seguros de nuestra puerilizada sociedad.
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