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bala perdida

Puerto Hurraco

No hay modo de disipar sobre el pueblo la maldición antigua

Zona de sanciones

Vida de regreso

Ángel Antonio Herrera

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Vuelve Puerto Hurraco a las teles, porque se cumplen treinta y cuatro años de aquella matanza estruendosa. Los hermanos Izquierdo salieron a la calle del pueblo, escopeta al hombro, por venganza familiar, y resolvieron un fusilamiento. La barbarie llega hasta hoy, cuando algunos vecinos ... piden que la casa de los asesinos sea demolida, porque no hay herederos, y porque sí. Al pueblo llegan aún turistas, bajo curiosidad del caso. Pero hay poco hospedaje. Ninguno. Habría que montar ahí un bar de esquina quizá, porque la casa queda en esquina, o un hotelito rural, porque hay clientela a la que le gusta respirar el aire de un crimen entre serranía y serranía. Ya que no hay modo de disipar sobre el pueblo la maldición antigua, pues que sirva al menos para sacar un destino entre los viajeros exóticos. Interesa la vigencia de Puerto Hurraco porque insiste en el morbo del español por el suceso negro, que tiene imán turístico y salud incurable. Eso, y que el español se supera, en el arte de matar, si es verano, porque lo de Puerto Hurraco fue en agosto, como los crímenes de fama. Incluso los dos hermanos homicidas avalaron esa época del año para perpetrar lo salvaje: «En invierno, con el frío, las manos son menos precisas». No le sacamos provecho a la tragedia, joder, porque aquel crimen ferocísimo debiera haber traído ya algún aire benéfico al sitio, después de tantos años de amarga memoria. Con la mitad de la catástrofe, en Estados Unidos, te preparan un ameno balneario de recordatorio de un crimen real que se parece al de las películas. Hasta foto de los protagonistas habría, una hemeroteca donde todos se parecen al mismo malo con barba y boina. Nada ha cambiado en Puerto Hurraco, que nombra la España profunda, salvo que hay 'wifi'. Esa España está ahí, quieta de estampa, sin recreo, al día siguiente de un tiroteo que ocurrió hace casi tres décadas. Pasa el hombre, nunca el paisaje. Y deja la primicia del mensaje prehistórico: hay una voluptuosidad del mal. Aunque no haya hotelito con más o menos encanto para comprobarlo durante un finde.

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