el batallón
Atronadora soledad
Como en el tango, solo, fané y descangayado salió Sánchez del Congreso el miércoles, abandonado hasta por parte de su gobierno
«Apenas un par de casos...»
'Sanchettes' e 'Illettes'
Solo desde la más ciega lisonja pelotillera y de tiralevitas se puede llegar a entender la cerrada ovación –puestos todos en pie, prietas las filas porque el que no aplauda quizá no salga en la foto de las próximas listas electorales– que la bancada socialista ... dispensó a Pedro Sánchez el otro día en el Congreso. De la decena de portavoces que pasaron para contestar el discurso de Sánchez sobre su (no) explicación del rearme a aprobar, solo uno, su conmilitón Patxi López, ese constructo de común de apariencia ininteligible, le dijo que le iba a apoyar. ¡Uno (y qué uno) de diez! Esa ovación fue el estruendo que puso de relieve la atronadora soledad del sanchismo en las Cortes cuando aún no hemos alcanzado ni el ecuador de la legislatura, y que define la hondura de su abandono no solo de sus socios del Frankenstein II, el segundo engendro parlamentario que montó, sino de parte de su propio Gobierno. No hablamos, no, del desamparo en una cuestión menor sino de un asunto de Estado devenido de una decisión trascendental tomada en Bruselas que marcará un antes y un después en la historia de Europa. ¿En qué otra cosa van a invertir los Veintisiete casi un billón de euros en tiempo récord? El rearme, o como Sánchez quiera llamarlo, será por tanto por decreto, la especialidad de la casa.
Consciente de esa tremenda soledad, y como ocurre cada vez que llegan noticias de tal o cual juzgado que investiga las presuntas mangoletas del entorno personal y político de Sánchez (Begoña, el hermano músico, Ábalos...), el sanchismo echa mano de alguno de esos señuelos que los submarinos o los cazas lanzan para que el misil del enemigo se confunda de objetivo: Franco y la Iglesia, inscritos en el genérico de la fachosfera y fenómenos adyacentes que, con Díaz Ayuso, triunfan a ese lado del muro. Porque cuando truena y caen chuzos de punta sobre Ferraz o Moncloa, suele salir raudo Bolaños con el tema del Valle de los Caídos. Allí precisamente nació su popularidad para el gran público pues fue el que salía en todas las fotos cuando sacaron los restos del dictador de su tumba, cuando él apenas era un monaguillo más (como mucho sacristán) de la Presidencia del Gobierno. Veía que se avecinaba catástrofe por lo del rearme en la Carrera de San Jerónimo y le faltó tiempo al hoy triministro para filtrar bastante pronto que hace un mes se había reunido con monseñor Parolín, el secretario de Estado del Vaticano, para «resignificar» el imponente complejo religioso del valle de Cuelgamuros. Paralelamente, el PSOE y Sumar daban los primeros pasos para impulsar una subcomisión en el Congreso para indemnizar a las víctimas de agresión sexual infantil en el entorno de la Iglesia Católica. El resto de las víctimas de abusos de otros ámbitos al parecer tendrán que esperar.
Pero tan aparatosa fue la sensación de soledad que transmitió Sánchez el miércoles, tan apalizado quedó tras la tunda recibida, que aquellos señuelos fueron tan ineficaces como la ovación tributada (formato palmero de tablao) al gran perdedor de la sesión. Uno (y qué uno, el del constructo) de diez.
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