casa de fieras
Los quinientos de Barajas
Lo que para todos nosotros es una oportunidad más, es para quinientas almas un techo de cristal
Los amigos que fueron
Que te corten a trozos
Hay una tribu de apátridas que han hecho del aeropuerto su sala de estar, su hogar. Se estima que son alrededor de quinientos. No importa que sean refugiados, ilegales, arruinados o mendigos. Su pasaporte es la miseria. Su nación, la terminal. Viven bajo ese ... hotel de mil estrellas que firmó el cantante, con sus mil recuerdos de única compañía. No molestan porque la tristeza es muda. Pasean su día buscando restos de nuestra prisa, un trozo de algo que ya era demasiado para alguien que se iba o que llegaba. Qué más da.
El aeropuerto es hoy la estación de tren de nuestra globalización. La siguiente parada no existe, ya es la última. Lo que para todos nosotros es una oportunidad más, un viaje, una ventana de esperanza, es para quinientas almas un techo de cristal, una pecera en la que buscarse un buen rincón hasta mañana. Allí vagan día tras día, noche a noche, mientras millones de personas entran y salen para gastar una vida que les ha dejado fuera. Aena se queja al ayuntamiento y éste a la policía, y la pelota sigue en el tejado de la nonada en un vuelva usted mañana que ha perdido su dignidad.
Se quejan del peligro que les roza en la ciudad. Prefieren la terminal al albergue, porque quizá la ciudad les recuerda todo lo que pudieron haber sido. Por eso, lo que hace unos años era un paraíso para unos pocos, es hoy el destino favorito para los que no tienen nada más que una memoria que no les perdona quedarse sin techo. Con lo fácil que parecía. Entre ellos hay expectativas que fracasaron, bebidas que rompieron con todo, sueños de un sitio mejor, ruinas que obligaron a escapar, y demasiadas veces que dijeron que esta vez será la última. Sin embargo, el día que se quedaron sin nadie a quien llamar, tomaron la decisión de venirse aquí, a esta terminal que reparte personas por todo el mundo mientras el suyo no cambiará nada ya.
El día va y viene y es grisáceo. La noche, en cambio, se quedará quieta recordándoles a cada uno de ellos su nombre. Volverán a ser pequeños, serán de nuevo jóvenes con toda una vida por delante. Quizá se miren en alguno de esos cristales que en la oscuridad reflejan mejor a quien se mira, pero no pasará nada. Y entonces se darán cuenta que solo les queda eso, los recuerdos. La ciudad, el país, el mundo tiene demasiada prisa por terminar. Es difícil que alguien tenga la suerte de tener su tren esperando en el andén. Esas quinientas personas solo tienen sus recuerdos y un montón de ilusiones rotas por una realidad que no olvida los errores. Y mañana será parecido a hoy por no decir igual. Un paseo de norte a sur en un país de personas con maletas, de familias con prisa, de mil caras distintas que en el fondo son la misma, porque siempre los miramos de esa forma. Esa que frunce el ceño entre el juicio y la caridad, entre el orgullo y la culpa. La que vive dentro de nosotros entre la pena y la nada.
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