casa de fieras
Cocaína y barbarie
Ha tenido Gustavo Petro, presidente de Colombia, la ocurrencia de afirmar que «la cocaína no es más mala que el whisky». El mundo entero se ha echado las manos a la cabeza. Posteriormente, el mandatario socialista afirmó que «se podría desmantelar fácilmente (al narco), ... si legalizan la cocaína en el mundo. Se vendería como los vinos». Pero el bueno de Petro se olvida de los terribles efectos que tiene el consumo de cocaína en el cerebro de sus adictos. Comparar el vino con las rayas es una osadía.
La coca, la hoja, no la ina, lleva plantándose en las alturas de Colombia, Perú y Bolivia desde hace 3.500 años. De hecho, tuvo un papel bastante importante en la expansión del imperio inca. Se utilizaba en ceremonias religiosas, para controlar el hambre, como analgésico e incluso para aumentar la energía. Cuando llegaron Pizarro y los conquistadores, la definieron como «un malvado agente del diablo». La prohibieron, pero muy pronto rectificaron al darse cuenta de que sin ese «regalo de los dioses», como la decían los nativos, los indígenas apenas podían trabajar en los campos o extraer oro de las minas. Después se convirtió en objeto de impuesto, exigiendo como tributo la décima parte de toda la cosecha.
Pero fue durante el siglo XIX cuando la merca se expandió a niveles nunca antes conocidos. En 1863 el químico italiano, Angelo Mariani, puso en el mercado el vino 'Vin Mariani', que se fabricaba macerando hojas de coca que, junto al alcohol, resultaba el compuesto de cocaetileno. Esa bebida pirraba a medio mundo. Desde reyes a escritores, el Vin Mariani sedujo a una enorme parte de la sociedad mundial. Casi al mismo tiempo, en 1855, el químico alemán Friedrich Gaedcke consiguió aislar el alcaloide responsable de las principales propiedades de las hojas de coca. Tres años más tarde, Albert Niemann, mejoró el método y llamó a la sustancia 'cocaína'. En EE.UU., en Atlanta, el farmacéutico John Pemberton, quiso imitar el Vin Mariani pero se vio obligado a cambiar el alcohol por jarabe de azúcar. Nacía la bebida más famosa del mundo: la coca-cola. También desde Freud a Sherlock Holmes, por obra y gracia de sir Arthur Conan Doyle, tuvieron elogios para esta droga.
El problema vino precisamente con ese derivado. Aquella sustancia que utilizaban los incas y el Vin Mariani no es la misma que la cocaína, porque una raya ya genera adicción. Esa euforia que te regala la farlopa es muy pronto una sombra que destroza todo lo que tienes a tu alrededor. Por eso, la propuesta de Gustavo Petro es una absoluta gilipollez y una temeridad. No se trata de vender hojas de coca en las farmacias, sino de vender cocaína, una sustancia que mata, rompe y amputa trozos de vida en cada chute y que lleva financiando el crimen organizado y algún país sudamericano (una forma de narcoestado) desde hace décadas.
Muchas veces se confunde libertad con insensatez. Y nos movemos por esa delgada línea en la que las personas, a veces, son verdaderamente el peor enemigo del ser humano. Pero encima, les votan.
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