De una revuelta imbécil
En esa nada habla elocuentemente nuestro tiempo. Allá donde no hay palabra, la imbecilidad desborda

No hay programa, no hay contenidos. Por no haber, no hay siquiera una tabla de reivindicaciones. Hay, eso sí, un rechazo. Físico. No parecen precisar respaldo conceptual alguno, los chalecos amarillos. Ni lógica ni discurso, bien o mal trabado: ausencia de palabras y de criterios. ... Ni siquiera la venerable tradición de los manifiestos insurreccionales da cobertura a estos semanales choques, que han ido alcanzando un grado de violencia como no se recordaba en la Francia reciente. Van ya 23 sábados insurreccionales: cinco meses. Y nadie sabe aún -no lo saben los actores- qué busca conseguir esa brutalidad descodificada.
Descodificada, sí. Pero perseverante: cinco meses de sábados insurreccionales, que ni siquiera se toman el esfuerzo de disimular su mística de la violencia física, son mucho más de lo que nadie recuerda en el último medio siglo europeo. ¿Qué busca ese tartamudo oleaje? Puede que nada. Nada, salvo la exaltación del choque físico contra los agentes de un orden al cual resulta tan grato agredir semana tras semana. Nada. Y esa nada es su fuerza. Porque ninguna concesión del Estado francés modificará este odio en el cual se reconocen. Porque nada puede un Estado moderno oponer a la seducción de esa mística refriega de cuerpos que no reivindican más que la reyerta. Sin límites ni convenciones: reyerta pura.
Pero, ¿qué son los chalecos amarillos? Un condensado, ante todo, del alma de estas sociedades ágrafas en las cuales ha desembocado el torrente europeo con una precipitación vertiginosa. No planifican ya «convocatorias», viejo término que remite demasiado a la antigualla de las palabras compartidas, de las ideas comunes por tanto. No hay palabras en esto. Los chalecos amarillos maquinan «actos» cada sábado: anteayer, el vigésimo tercero. «Actos», a la manera en que se numera lo más rentablemente estúpido -y lo más estupidificador-: las series televisivas. Y sus citas son expandidas por el multiplicador más inexorablemente idiota: Facebook, la máquina de descerebrar.
Nadie busque explicaciones en sus semanales citas. Menos aún, análisis: esas cosas de viejos que leen libros. Todo se mueve en el blindaje de una irracionalidad sin fisuras: la brutalidad callejera reconforta, es un estímulo primordial y no necesita servir para cosa alguna. Placer sólo. Los 60.000 policías, armados hasta los dientes -porque los CRS no se andan con esas reverencias versallescas con las que fue tratado en Cataluña un golpe de Estado-, tenían enfrente, este sábado, a una horda movida por sólo una invitación de seis líneas en Facebook: «Acto 23. Ultimátum 2. Llamamiento nacional e internacional. Todos a París. Llamamos a todos nuestros ciudadanos a reunirse en París, de manera no pacífica y amarilla. En cuanto a Notre Dame, ya vale que los millonarios hayan conseguido mil millones y les traiga al fresco que haya 140.000 sin techo».
Es todo. O sea, nada. Y en esa nada habla elocuentemente nuestro tiempo. Allá donde no hay palabra, la imbecilidad desborda.
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