Perdigones de plata
Mientras tanto
Mientras gozamos ante los arrebatos ajenos de los Pantoja, nos encaloman la ley Celaá sin hidrogel ni vaselina

Necesitábamos una válvula de escape, un acontecimiento pletórico de astracanada, un suceso ajeno al monocultivo pandémico que nos ocupa. Necesitábamos, por ejemplo, un fogonazo racial como de caricatura de Mérimée porque resultaría demasiado serio tirar de Valery Larbaud. Media España entregada a la querella doméstica ... de los Pantoja que perdió la intimidad al adquirir suprema categoría catódica. Si la morada de Batman albergaba una covacha secreta con trajes de hombre murciélago, Cantora lo mismo pero con trajes de luces escamoteados.
El patio de comadres que fuimos recupera su vigor. Qué bueno, chico. Los famosetes, lo habíamos olvidado, también lloran, también se pelean por asuntos de herencias confusas, también sufren bajonas cuando el tintineo de la música callada de la calderilla se evapora. Qué bueno, amigo. Las pendencias que se publicitan fertilizan nuestros sentidos, nuestras sensibilidades, pues entendemos que no estamos solos en este valle de lágrimas. Me pinchan y no sangro, vecina. Pero mientras nos entretiene el movidón de niños cantores que intentan ejercer de pinchadiscos (más o menos) y cantoras que hunden sus raíces en el folclore de mesa camilla y copazo de coñac, un cohete felón ha mandado al infierno un satélite cien por cien español, casi tanto como la tonadillera, y nuestras aspiraciones cósmicas se tornan polvo de estrellas como los sueños de aquel replicante Nexus 6 a punto de palmar. Y mientras nos seduce el psicodrama entre una madre y su hijo, Hungría y Polonia andan farrucos, con lo cual peligra el maná europeo o corre el riesgo de retrasarse. Y mientras gozamos ante los arrebatos ajenos, nos encaloman la ley Celaá sin hidrogel ni vaselina. Y mientras adherimos nuestras napias contra el televisor bajo el pálpito del corazón desbocado, asusta el ronroneo de Sánchez al tigre Bildu. Y mientras afinamos el tímpano para degustar el esplendor de los reproches, cada día nos empitona la lista de fallecidos por el Covid.
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