Rambo y Maquiavelo
Todo tiene límite, incluso para los más osados y contumaces

En 1981, en el inicio de la triunfal acometida de Reagan contra la URSS, Sylvester Stallone cambia los guantes del boxeo por el cuchillo y crea un nuevo héroe, el hierático John Rambo. En su primera película, «Acorralado», Rambo es un veterano del Vietnam, un ... antiguo boina verde, que acude a visitar a un excompañero de armas en un pueblo perdido del boscoso estado de Washington. Allí choca con el sheriff del villorrio, que sin razón alguna lo arresta por vago y maleante, que diría el clásico. El bueno de Rambo se cabrea y se da a la fuga, lo que desata una espectacular caza del hombre. Media policía norteamericana lo persigue por los bosques, pero no pueden con él y su cuchillo de monte. A bordo de un camión robado, acaba destrozando el pueblo. Solo su jefe de Vietnam, el coronel Trautman, logra que se entregue.
Como «Acorralado» supuso un pelotazo, el filón continuó en forma de «más difícil todavía». En «Acorralado II» nuestro hombre retorna a Vietnam como mero observador para investigar si quedan todavía allí prisioneros estadounidenses. Pero ya en faena, Rambo se calienta y acaba cargándose a una flota de piratas, un porrón de soldados soviéticos y medio ejército local. Por supuesto rescata a los presos, llevándoselos a Tailandia en un helicóptero chorizado a los ruskis. Pero si pensaban que ya lo habían visto todo, agárrense. En «Rambo III» el héroe de la cinta en el pelo y la mirada ovina salta a la guerra de Afganistán, donde a pecho descubierto y a caballo se ventila a un escuadrón de tanques soviéticos. Más tarde, en 2008, llega su canto del cisne: una misión crepuscular en Birmania para ayudar a unos misioneros. Por supuesto Rambo sacude toñas a tutiplén y elimina a medio reparto. Pero es evidente que la cosa ya no da más de sí.
«Acorralado en Ferraz» fue la primera entrega de la Serie Sánchez: los barones del PSOE logran desalojarlo de la secretaría, pero Sánchez se sube a su coche particular, gana las primarias y retorna por la puerta grande. Una proeza política. En «Acorralado II», Sánchez ya manda en el PSOE, pero otra vez parece cercado, pues Rajoy ha logrado sacar adelante sus presupuestos y todo indica que completará la legislatura. Sin embargo, en una audaz conspiración, Sánchez se alía con los que en teoría eran sus enemigos y llega a La Moncloa de mano de los separatistas. Nuevo triunfo del gran superviviente.
Pero ahora ya hemos entrado en «Sánchez III, misión imposible». Los presupuestos han descarrilado. Varias ministras están chamuscadas (Delgado con las grabaciones y Calviño con las revelaciones de ABC sobre sus sociedad instrumental para pagar menos al fisco). Las incongruencias son diarias (tras una denuncia de ABC, Robles rectificó ayer la humillación a la que había sometido al Ejército al apartarlo de la feria de educación de Barcelona). El presidente se ve forzado a gobernar por decreto, sus imposibles aliados separatistas lo torean y sus socios de Podemos intuyen elecciones y se preparan para ellas.
Cierto que jamás se debe infravalorar el tesón de Sánchez, su apego al poder y su capacidad maniobrera, pero todo tiene un límite, hasta para Rambo. Si esta mañana de martes Sánchez ha reconocido con un alambicado eufemismo que sopesa convocar elecciones, lisa y llanamente se debe a que sabe que este Ejecutivo ya no da más de sí. El Gobierno bonito y regenerador se nos ha ido quedando en un departamento de marketing, un Falcon que va y viene y un muerto de hace 43 años que se resiste a que lo cambien de tumba.
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