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Una raya en el agua

La máscara caída

La impostura, al descubierto: Sánchez es el candidato de los separatistas que se sientan en el banquillo del Supremo

Ignacio Camacho

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En las campañas electorales, la política alcanza su clímax como arte de la apariencia, como baile de máscaras, como festival de disfraces. Los candidatos asumen un papel dictado por sus estrategas para fijar con pocas pinceladas un trazo de carácter: el frame, el marco mental ... de los votantes. Se trata de construir un personaje y representarlo en el teatrillo de los mítines o a pie de calle. Así, Sánchez se disfraza de estadista moderado; Abascal, de Don Pelayo o de soldado de los tercios de Flandes; Casado, del líder que aún no es; Iglesias, del caudillo insurgente que quiso ser antes de encerrarse en el chalé de Galapagar a cambiar pañales. Rivera, que tiene vocación de jedi de Star Wars, compareció en la noche inaugural convertido en un holograma de sí mismo, como Obi Wan Kenobi pero sin la espada de luz centelleante. Todo es bastante básico, elemental, con ese aire primario de las funciones escolares; se diría que toman al electorado -con motivo, quizá- por un público adolescente propenso a engatusarse con simplezas simbólicas y esquemáticas arengas emocionales.

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