Juan Carlos el Breve
A ver quién puede presumir de dejar una España en color después de haberla cogido en blanco y negro

Cuando llegó una fría mañana de niebla y noviembre, la izquierda que se cree la dueña de todo lo bueno -libertad, democracia, igualdad, fraternidad, solidaridad- le adjudicó un mote que retrataba… a los que se lo pusieron. Suele pasar. Es lo mismo que ocurre cuando ... alguien llama fascista a quien no piensa como él: el verdadero fascista es el que esgrime el insulto, y no quien lo recibe. Juan Carlos el Breve. Así lo llamaron los que habían vivido la mar de felices a la sombra -nunca mejor dicho lo de sombra, por lo sombrío de aquel régimen- del estalinismo que les dio de comer, de beber y de imprimir. Curioso: aquí tiene que pedir perdón todo el mundo, menos los partidarios de genocidas como Stalin o Mao que gozaron de protección y de financiación por parte de esos sistemas totalitarios que defendían como si aquello fuera el paraíso.
Juan Carlos el Breve, le decían con esa sonrisa sarcástica del que se cree dueño de la razón y de la inteligencia. Creían que era una marioneta de Franco, cuando en realidad fue el enterrador del franquismo. Eso les duele. Y por eso mismo no quieren reconocerle el mérito de haber terminado con una dictadura mientras construía una democracia. Eso no lo soportan los que quisieron cargarse el invento con una ruptura que nos habría llevado a otra guerra civil. Recuerde al alma dormida, avive el seso y despierte contemplando los féretros de los guardias civiles y el ruido de los sables en los cuartos de banderas, la provocación del nacionalismo que nunca creyó ni creerá en la democracia ni en la igualdad, porque la tribu -y la pela de los Pujol- siempre será lo primero. O lo único.
Pues el Breve ha durado más que un martillo metido en manteca. Se ha ido cuando ha querido. Por la puerta grande de la Historia con mayúscula. Como un torero que ha sido capaz de ganarle la partida al astifino morlaco que embiste por los machadianos pitones de las dos Españas. Manejando los engaños con la verdad de las libertades por delante, Juan Carlos I se ha erigido en uno de los mejores reyes de nuestra historia. Y puestos a comparar, que los demagogos del populismo de hogaño lo comparen con esos dictadores a los que adoran -siempre por lo laico en plan culto a la personalidad- y que no dejaron el poder jamás. Don Juan Carlos renunció a los poderes que le dejó Franco, y luego abdicó la corona en su hijo. Ahora se va del todo: ya van tres. A ver quién mejora la cifra.
Y a ver quién puede presumir de dejar una España en color después de haberla cogido en blanco y negro. Del ostracismo del Pardo, a la apertura de una nación que ganó peso en Europa y en el mundo gracias a su mejor embajador. Paró en seco un golpe de Estado sin necesidad de derramar ni una gota de sangre. Ahora que algunos quieren exhumar a Franco para vivir del antifranquismo al cabo de cuarenta y tantos años, el que terminó con aquel régimen se va del escenario sin hacer ruido. Y eso que iba a ser el Breve…
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