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De la fiesta a la agresión

Un éxito deportivo como la consecución de la novena Copa de Europa por el Real Madrid explica por sí solo la satisfacción colectiva de sus cientos de miles de seguidores. Las calles de Madrid y de otras ciudades españolas acogieron la alegría de una afición inflamada por la leyenda de su equipo, que ayer, como es tradicional, presentó la Copa a las instituciones madrileñas y a la Virgen de la Almudena, Patrona de la ciudad. Las mejores virtudes del deporte se reconocen en estos sentimientos de alegría y de comunidad que un juego -industrializado, ciertamente, pero juego al fin y al cabo- es capaz de generar en tanta gente y que ayer se manifestaron de forma ejemplar. Esta fuerza positiva del fútbol, y particularmente de esta hazaña del Real Madrid, hace aún más repugnantes los actos vandálicos perpetrados por el grupo de delincuentes que se enfrentó a la Policía en la noche del miércoles, en los alrededores de la maltratada Cibeles, lo que retrajo ayer a buen número de aficionados blancos que prefirieron celebrar el triunfo en otros lugares más seguros.

Tras el partido, la fiesta de la inmensa mayoría discurría pacíficamente hasta que irrumpieron los reventadores de turno, alevosamente guarecidos tras miles de ciudadanos que sólo querían festejar la novena. La preocupación que mostraba el ministro del Interior, Mariano Rajoy, está más que justificada a tenor del balance desolador de los incidentes: más de cien personas y una veintena de policías resultaron contusionados, ocho presuntos agresores fueron detenidos y una furgoneta policial recibió dos impactos de bala. El saldo es propio de una batalla campal, no de la celebración de una victoria deportiva.

Parece incuestionable que ha llegado la hora de tomar decisiones y dejarse de discursos circulares que no avanzan en dirección alguna. No cabe seguir tratando la violencia en el fútbol sin una política activa de prevención y sanción, que se anticipe a los acontecimientos y se aplique a unos grupos perfectamente identificados, alineados -y también alienados- con ideologías extremas que oscilan entre el neonazismo y el nacionalismo radical. Es inevitable que en una concentración de trescientas mil personas haya grupos dispuestos a sembrar la violencia, pero cuando esta violencia es reiterativa y, por tanto, previsible, cabe preguntarse si se está haciendo todo lo que se debe para evitarla o reducirla a la mínima expresión. Además, está ya más que demostrado que la peligrosidad de estos delincuentes que rodean al deporte suele ser mayor que la gravedad penal de sus actos, aunque también esté aumentando de forma progresiva, como pueden dar cuenta los policías y los periodistas agredidos.

Quizá por esto la respuesta judicial sea insatisfactoria, como lo fue la puesta en libertad de los detenidos tras los incidentes ocurridos antes de la semifinal de la Liga de Campeones entre el Real Madrid y el Barcelona. Quizá por esto también la eficacia policial resulte más disuasoria que la intervención judicial posterior. En tal caso, habrá que cambiar la ley de forma que estos actos vandálicos reciban un castigo inmediato y ejemplar, o den lugar, al menos, a medidas cautelares rigurosas, porque no se está valorando debidamente el efecto criminógeno que produce su impunidad, retransmitida cada fin de semana, no pocas veces en directo, por los medios de comunicación. Es evidente que las medidas adoptadas hasta el momento han fracasado y que las autoridades y los clubes, cada cual en su ámbito de responsabilidad, deben impulsar otras nuevas y más eficaces.

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