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La Tercera

Música para una vida

«Cuando este otoño Leonor, la princesa políglota, le entregue el premio a John Williams, sonarán la percusión y los metales y seremos buscadores del Arca Perdida. Pero también rebobinaremos nuestra memoria para volver a ver el apoteósico final de Cinema Paradiso: los besos censurados y mutilados a tijeretazos conformando una película cuyo guión es el amor y la pasión»

Emilio Lara

En Roma, durante el confinamiento, se viralizó el vídeo de un joven que, cada atardecer, en la terraza de una casa que daba a una desierta piazza Navona, interpretaba con guitarra eléctrica el tema de amor de Érase una vez en América. Aquella música de ... Morricone que sonaba justo después de que tocasen las campanas de la iglesia barroca de San Ivo, transmitía dulzura y la sensación de que todo saldría bien. Para mí, la música que mejor simbolizó esa primavera aciaga fue la cavatina de la banda sonora de El cazador, una pieza compuesta para guitarra española y orquesta que, al destilar melancolía y esperanza, representaba la añoranza del mundo que dejábamos atrás y el anhelo del porvenir. Ambas composiciones musicales las escuché a menudo, mientras escribía, leía, daba clases por internet y hablaba con familiares y amigos en el mapa de los afectos en que se convirtió España. Y es que el cine y sus bandas sonoras, más que nunca, aliviaron soledades y nos ayudaron a creer en nosotros mismos y a superar las adversidades, como en las películas de John Ford.

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