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El burladero

Al pendejo ni caso

Las palabras del pobre López Obrador son consideradas como un conflicto fantasma que nadie toma en serio

Carlos Herrera

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Durante la noche franquista, México y España, a pesar de no tener relaciones oficiales, vivieron un extraordinario intercambio cultural y humano. No teníamos embajadores pero teníamos toreros y artistas que iban y venían sin límite de tiempo. Cantinflas vivía en Madrid y Amparo Rivelles en ... DF. Arruza triunfaba en España y Luis Miguel en la Monumental mexicana. Empresarios de todo tipo intercambiaban inversiones, exiliados volvían y españoles visitaban aquel país siempre deslumbrante. En el 77, López Portillo y Suárez, por impulso de Juan Carlos I, normalizaron relaciones y dos sociedades íntimamente unidas se fundieron en una familiaridad oficialmente cordial. Hoy, un populista sin más oficio que su demagogia de borrachín, vuelve a las andadas que inició en 2018 reclamando al Rey de España que reparara las ofensas que, dice, se infligieron en la Conquista, y reclama una «pausa» en las relaciones bilaterales. No le ha hecho caso nadie, ni siquiera la comunidad política y cultural de México, que sabe que una de las tácticas baratas de los incompetentes es buscarse un enemigo extranjero para desviar la atención de un país desunido. Las palabras y gestos del pobre López Obrador son consideradas como un conflicto fantasma que nadie toma en serio. España, para un sujeto que tiene su sociedad completamente inestabilizada, es el enemigo perfecto: de esa manera se intenta desviar la mirada sobre una sociedad que asesina periodistas y mujeres, ve peligrar su seguridad civil elemental y ha gestionado la pandemia de la manera más obtusa y trágica. El problema de México no es Iberdrola o Repsol , ni los empresarios españoles que han desarrollado la Rivera Maya y que han creado cientos de miles de puestos de trabajo en el sector turístico: es el anquilosado gobierno de las cosas que ha convertido un país con posibles y grandes expectativas de futuro en un escenario enloquecidamente inoperante. Si las mismas palabras que ha pronunciado este botarate las hubiese pronunciado Zedillo, Calderón o Peña Nieto, hoy estaríamos ante una alarma diplomática de primer nivel y un conflicto histórico de envergadura. Pero las ha escupido un inútil sin crédito, razón del bochorno que sufre cualquier mexicano ilustrado con el que intercambies opiniones, y que busca en la noche de los tiempos una excusa con la que justificar su incapacidad manifiesta.

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