Beso olímpico
El triángulo escaleno
Mucho más que un casto beso con aspiraciones olímpicas, Madrid es para Mariano Rajoy -según se mire- un alazán o un potro de tortura: un caballo alado o un purasangre que rehúye la doma y se defiende con las patas traseras. El triángulo Génova-Cibeles-Sol es escaleno: no hay ángulos ni lados iguales, porque tienen longitudes diferentes. Resolver un triángulo escaleno es un ejercicio complejo que requiere dominar la trigonometría, rama de la matemática que se aplica en ámbitos donde es necesaria una estricta precisión, casi quirúrgica. Mariano Rajoy lleva casi nueve años intentando resolver el triángulo Génova-Cibeles-Sol, pero a día de hoy ni la trigonometría le ha servido para hallar la respuesta. Y aunque ha ordenado a los más insignes maestros del álgebra que le resuelvan el problema, ni recurriendo al seno, el coseno y la tangente ha logrado avanzar en el misterio escaleno de un triángulo que se le sigue resistiendo: tal vez sea la hipotenusa, pero ni utilizando las más modernas técnicas de la triangulación (las mismas que se usan en astronomía para medir la distancia a las estrellas) ha conseguido resultados. No es una obsesión, sino un problema de Gobierno que -a este paso- puede ser cuestión de Estado. De manera que Rajoy ha decidido convertir el triángulo escaleno Génova-Cibeles-Sol en un triángulo equilátero. ¿Cómo?, se preguntarán ustedes. Pues forzando a que todos los lados y ángulos sean iguales. Detrás del casto beso con aspiraciones olímpicas de Rajoy a Ana Botella hay un triángulo equilátero esperando en la puerta: tres lados idénticos que formen un polígono regular con ángulos congruentes entre sí. Podría ser más claro, pero sigo reñido con la geometría.
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