apuntes de historia
Elisa González de Chaves (1914-1967). Una vida dedicada al servicio de los demás
Una calle de la capital tinerfeña recuerda su nombre, pero su obra y su figura aún esperan un reconocimiento digno

Acaso sea por el desconocimiento de muchos, la ignorancia de otros o simplemente el desgraciado e inevitable olvido, que va condenando a todas aquellas personas que con su labor dejaron una huella que no debería borrarse en el pasado, por lo que la vida y obra de Elisa González de Chaves, a cien años de su nacimiento, no ha sido aún reconocida dignamente por las autoridades competentes y por todos aquellos que fueron testigos de la labor desarrollada por una mujer que dedicó su vida en ayudar a aquellas personas que no disponían de capacidad auditiva.
Elisa González de Chaves nació el 12 de julio de 1914. Fue hija de don Antonio González de Chaves y Fernández de Acosta y de doña Leonor González de Chaves y Pérez Valladares. Sería la menor de siete hermanos. A los cuatro años quedó huérfana de madre y a los quince de padre. Sus hermanas constituyeron y representaron para ella un gran apoyo a lo largo de su vida. Estudió Elisa en el colegio de las Hermanas de la Caridad de La Orotava, continuando sus estudios en Santa Cruz de Tenerife. Elisa quería hablar y poder comunicarse con otras personas en un contexto en el que –por desgracia- sufría en muchas ocasiones situaciones de aislamiento por su condición.
Un paso importante se produjo en su vida cuando conoció la existencia de un colegio en el que poder aprender a comprender las voces y llegar a hablar. Con esa motivación, Elisa acude a estudiar al Instituto Educativo de Sordomudos y Ciegos, que existía en el Paseo del general Mola, en Barcelona. En esa institución, Elisa aprendió a hablar, asistiendo, además, a una serie de clases y seminarios en los que perfeccionó su forma de hablar y su capacidad de expresión con los demás.
Junto a su aprendizaje, también pudo adquirir diversos conocimientos que le capacitaron para la enseñanza de otros individuos que estuvieran en su misma situación. Por ello, tras su formación y con la idea de enseñar a los demás los conocimientos y técnicas que había adquirido, decide regresar a Tenerife en 1956. Una vez en la isla, Elisa es consciente de la compleja labor a desarrollar, pero sin dudar un instante en su empeño, acude a diversos lugares de la isla buscando a todos aquellos sordomudos que permanecían incomunicados y les muestra un nuevo camino en sus vidas.
Las circunstancias no eran favorables y los medios con los que contaba Elisa eran escasos, pero logró aprovechar los pocos recursos existentes enseñando, en unos primeros momentos, en una habitación de la Delegación de la Sección Femenina de Santa Cruz, en mal estado. Luego, enseñaría en el Instituto de Enseñanza Media y aún pasaría posteriormente a enseñar en una clase de forma provisional en el Grupo Escolar “San Fernando”. La necesidad de buscar un lugar adecuado y fijo se tradujo en múltiples peticiones y solicitudes para las que Elisa, finalmente, encontraría una respuesta favorable.
Su obra cumbre sería la creación de un colegio para sordomudos. Peticiones, muchas peticiones, ayuda, mucha ayuda, tuvo que solicitar Elisa durante más de diez años, con el fin de ejecutar un proyecto que finalmente pudo salvar los innumerables obstáculos que parecían convertir en utopía una labor necesaria.
Las obras fueron lentas y el cruel destino quiso que Elisa ya no estuviera para poder ver la materialización de su idea. La caridad, la constancia y el servicio a los demás, son calificativos que se usaron tras su fallecimiento el 4 de agosto de 1967. Con la muerte de Elisa, se fue la figura y poco a poco, su obra se fue difuminando y su figura cayendo en el más triste de los olvidos.
Una calle de la capital tinerfeña recuerda su nombre, pero su obra y su figura aún esperan un reconocimiento digno. A cien años de su nacimiento, Elisa espera, con paciencia, un merecido recuerdo y homenaje a su vida.
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