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entrevista a silvio berlusconi, ex primer ministro de italia

«Nunca he tenido que pagar por tener relaciones sexuales»

«Il Cavaliere» asegura que él es el único obstáculo que impide a la izquierda hacerse con todo el poder en Italia y que por ello es

«Nunca he tenido que pagar por tener relaciones sexuales» REUTERS

John Follain (the sunday times)

Silvio Berlusconi, el político más llamativo de Italia, tiene un ojo puesto en su futuro político. Se encuentra inmerso en la mayor crisis política y personal de su trayectoria; después de las condenas por delito sexual y fraude fiscal, se enfrenta a la posibilidad del arresto domiciliario y el ostracismo político. A sus 77 años, también medita sobre el legado que dejará tras él. En el terreno de Villa San Martino, su mansión dieciochesca al norte de Milán, ha levantado un mausoleo familiar con un grandioso sarcófago de mármol rosa. Aquí quiere ser enterrado. Dondequiera que él acabe, su reputación como el primer ministro italiano más extravagante y que ha ocupado el cargo por más tiempo después de la guerra perdurará.

Aun después de las adversidades de los últimos años, Berlusconi no da señales de reducir la marcha. Decidido a volver a la primera línea de la política, está dando un nuevo impulso al partido Forza Italia, con el que empezó su carrera en ese terreno. Recuperado ya de una serie de escándalos que habrían podido con un hombre más débil, se contempla a sí mismo como víctima de lo que llama un «coup d’état», en el que los fiscales y los jueces han entablado una batalla por arrebatarle el poder. A lo largo de su vida empresarial y política ha acumulado una inmensa fortuna y ha sido acusado de corrupción y abuso sexual, lo que ha facilitado que la expresión «bunga bunga» se convirtiese en parte del léxico internacional.

Ha accedido a recibirme en el mismo palazzo en el que se le acusa de haber celebrado las supuestas fiestas eróticas. Él ha negado que tuviesen ningún contenido sexual, solo eran «cenas elegantes». La enorme villa de color amarillo es la residencia de Berlusconi, y esta es la primera ocasión en más de una década en la que un periodista no italiano lo ha entrevistado en ella. Vive aquí con su prometida, Francesca Pascale, de 28 años, una antigua reina de belleza y consejera provincial de la zona de Nápoles que creó un grupo de apoyo llamado «Silvio, te echamos de menos», y le tendió «una emboscada» a la salida de un restaurante de Roma en 2006. En 2012, Berlusconi hizo público su compromiso.

Berlusconi, luciendo una amplia sonrisa, entra en la habitación con aire envarado y me estrecha la mano con firmeza. Irradia seguridad. De cerca puedo percibir huellas de maquillaje en su rostro; se mantiene fiel a la costumbre de maquillarse para las sesiones fotográficas y en televisión a pesar de las burlas. Le pregunto por su salud. «Me encuentro bien. Todavía tengo el sol en el bolsillo», responde con una famosa expresión que solía repetir machaconamente a los equipos de ventas de su imperio empresarial. «Soy un optimista incurable», dice sonriendo. Mide alrededor de 1,62 metros de estatura, es avispado y despierto, pero barrigón, y está un poco falto de aliento después de bajar las escaleras. Tiene la cabeza cubierta de pelo, menos espeso en la parte alta del cuero cabelludo después del trasplante de hace una década.

Sacrificio personal

Berlusconi me dice que las acusaciones acerca de su vida privada han causado «mucho daño a mí y a mi familia». «Yo representaba, y represento, el único obstáculo para la conquista definitiva del poder por parte de la izquierda», insiste. «Estoy pagando un precio personal por ello, con una vendetta política y judicial contra mí a través de 150 procesos en los últimos veinte años».

En el pasado, Berluconi se ha comparado a sí mismo no solo con Jesucristo, sino también con Napoleón y Winston Churchill. Tanta jactancia ha ido acompañada por una serie de meteduras de pata, como describir al recién elegido presidente Obama como «joven, guapo y hasta bronceado». Comparó a un diputado alemán al Parlamento Europeo con un kapo (guardia) de un campo de concentración nazi e hizo el signo de los cuernos –con dos dedos extendidos– sobre la cabeza de Josep Piqué, el ministro de Asuntos Exteriores español, durante una cumbre de la UE.

En su último mandato se atribuye el haber salvado a la aerolínea Alitalia de caer en manos francesas y haber construido nuevas viviendas para 30.000 víctimas del terremoto de L’Aquila, en Italia central. «Mi popularidad, por desgracia, alcanzó el 75,3% a finales de 2009. La judicatura izquierdista estaba tremendamente asustada, y se desencadenó la tormenta perfecta», afirma.

Dice que fue su amigo Emilio Fede, un antiguo presentador del telediario en uno de sus canales de televisión, quien tuvo la idea de organizar una mesa de chicas guapas, como dice Berlusconi. (Fede ha apelado contra una sentencia de siete años por proporcionar jóvenes para que se prostituyesen en las fiestas de Berlusconi). «Yo trabajaba todo el tiempo, por la noche, los sábados, los domingos; era una locura. Está claro que trabajaba así de duro en una habitación rodeado de gente de Roma, de los políticos».

La idea de Fede le pareció bien. «Me gustaba cantar un poco, hablar de política o de fútbol, cotillear, de la manera más agradable». Entre sus huéspedes estaba Nicole Minetti, una exhigienista dental que se convirtió en consejera regional de su partido, El Pueblo de la Libertad. Ella ha declarado que estaba enamorada de Berlusconi, y ha presentado una apelación contra una condena de cinco años por proporcionarle mujeres jóvenes para prostitución. «Dada mi posición en ese momento, ganaba sumas increíbles. Ellas me pedían ayuda, y yo se la daba con mucho gusto. Era una ayuda, nunca dinero por un acto sexual. ¿Qué necesidad había?», se pregunta Berlusconi.

«Por fortuna, nunca en mi vida he tenido que pagar a una mujer para mantener relaciones sexuales», insiste. Sonríe abiertamente y dice que, desgraciadamente, tuvo que casarse con algunas, lo cual le ha costado una barbaridad. El verano pasado, un tribunal dictó que Berlusconi debía pagar a su exmujer, Verónica Lario, una pensión millonaria. (Cuando solicitó el divorcio en 2009, Lario lo calificó de «dragón al que las jóvenes vírgenes se ofrecen por sí mismas»). Volviendo a ponerse serio dice, que en el caso del «bunga», la Policía montó una redada y entró por la fuerza en las casas de 32 chicas.

Berlusconi insiste en que no puede explicarse cómo una menor de edad –Ruby Rompecorazones– se encontraba una noche entre sus invitados a cenar. «No logramos averiguar cómo, porque nadie dijo que la hubiese traído». No obstante, explica que la descripción que ella hizo de sus orígenes despertó la compasión de muchos de sus huéspedes. Dijo que era egipcia, y que su madre era pariente de Hosni Mubarak, el antiguo presidente de Egipto. Sus padres la habían echado porque había adoptado la fe católica, y su padre le había arrojado aceite hirviendo. «Nos enseñó sus heridas», afirma Berlusconi inclinando la cabeza. Su padre ha negado haberla tratado de esa manera. «Dijo que tenía 24 años, lo parecía, y tenía una forma de hablar que no hacía pensar que tuviera 17 años y pocos meses. Hizo amistad con algunas personas y de vez en cuando venía por aquí. Yo nunca la invité», afirma Berlusconi.

Un día le enseñó una lista de aparatos de depilación láser para un centro de estética «que costaban 54.000 o 57.000 euros. Me dijo que si podía comprar el equipo participaría al 50% en un centro de estética de Milán. Dijo que devolvería el dinero con lo que ganase. Yo dudaba de los beneficios; fue un acto de generosidad», asegura. «Solo sentía compasión por la chica... No me atraía y nunca me ha atraído... Me han denigrado en todo el mundo por este asunto de la minoría de edad. En primer lugar, la chica siempre ha mantenido que nunca tuvo relaciones sexuales conmigo. En segundo lugar, siempre dijo que tenía 24 años. Y en tercer lugar, no hay pruebas que puedan llevar a pensar que hubo nada de ese estilo. Basta, eso es todo». Desafortunadamente, los fiscales italianos y sus adversarios políticos no lo ven de la misma manera.

Contra la sentencia

Antes de que los jueces se decidan por los servicios a la comunidad o el arresto domiciliario –un fallo que podría no llegar hasta abril– «hay que hacer algo». Está esperando que el presidente italiano, Giorgio Napolitano, lo indulte, o que la condena sea anulada en la apelación. También ha apelado al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Berlusconi está decidido a volver a la primera línea de la política italiana, pero por el momento los sondeos atribuyen al bloque de centro-derecha que él lidera un 33,7% de los votos, por detrás del 38,8% del centro-izquierda de Matteo Renzi, el «Tony Blair italiano» de 38 años. Cuando se le pregunta si le gustaría ser primer ministro por quinta vez, responde: «No podemos dejar un vacío a la izquierda». Más que eso, es una cuestión de deber. «Si tengo en cuenta el increíble asedio judicial y mediático que ha hecho de mí un blanco permanente y, sobre todo, si me comparo a mí mismo con los otros actores del escenario [italiano] actual, entonces tengo la obligación de estar en el ruedo», declara.

Berlusconi, ajeno a quienes lo descartan como símbolo de una clase política con la que muchos italianos están furiosos después de años de políticas de austeridad y escándalos, insiste en que muchos votantes lo siguen viendo como alguien diferente. «Estoy completamente fuera del sistema italiano, que siempre me ha contemplado como un cuerpo extraño. Estoy orgulloso de ello como ciudadano, como empresario y como político. A los únicos a los que tengo que rendir cuentas es a los italianos. Quiere que Italia permanezca en el euro, pero lo tacha de «moneda extranjera» a causa de los poderes ilimitados del Banco Central Europeo. Él desea que el BCE, igual que el Banco de Inglaterra o la Reserva Federal, garantice la deuda pública de los países de la eurozona e imprima moneda cuando sea necesario. «Alemania tiene que superar su tremendo temor a la inflación, muy comprensible después de la República de Weimar y Hitler. Imprimir moneda generará inflación, uno o dos puntos porcentuales, pero una inflación tan baja no supone un lastre para la economía».

La visión de Putin

Está a favor de una política exterior común –«si Obama quiere saber lo que piensa Europa, no hay nadie a quien pueda llamar»– y de una política de defensa común, con esta improbable ilusión: «Un país podría tener la Armada; otro, las Fuerzas Aéreas; y otro, la Infantería. Reduciríamos nuestro gasto en un 50%, pero, sobre todo, podríamos ser una potencia militar en el mundo». Por el momento, no se ve con amigos como Putin en las cumbres mundiales, sino en visitas privadas. Cuando se le pregunta qué admira de Putin, Berlusconi dice que «su capacidad para tomar decisiones y para gobernar», y su «extraordinaria visión geopolítica y geoestratégica». Tony Blair, que pasó una temporada con Cherie en la finca de Berlusconi en la Costa Esmeralda de Cerdeña, también sigue siendo «un amigo», pero ahora los dos se ven «a veces durante nuestros paseos por Europa; seguimos unidos por una afectuosa amistad».

Ahora los jueces han acabado con los «paseos» de Berlusconi retirándole el pasaporte. «¿Qué se creen, que puedo dejarlo todo y huir?». Con furia apenas controlada, aparta bruscamente el lápiz, que golpea el mantel.

Al preguntarle si Marina, o su hija más joven, Bárbara, de 29 años, directiva del AC Milan, podrían sucederle, Berlusconi responde: «Tengo la fortuna de tener cinco hijos excepcionales. Estoy orgulloso de todos ellos. El futuro es suyo. Solo espero que nunca tengan que sufrir una inmensa y vergonzosa persecución como la mía». Dice que ahora encuentra consuelo en su prometida, Francesca Pascale. «Francesca me ama. Es una relación real y sólida. En mi vida he aprendido a reconocer cuándo los pensamientos y los sentimientos de los demás son sinceros. Eso me da serenidad y energía», asegura. De repente, Berlusconi se ilumina con una gran sonrisa y dice que quiere enseñarnos lo que, según él, hemos venido a ver: la habitación del «bunga bunga».

Nos abre camino a través de un salón y por un oscuro pasillo. Lo que sea que haya delante está en completa oscuridad, y busca un interruptor. Enciende la luz, dejando ver una gran sala de banquetes con enormes cuadros de antiguas ruinas romanas, candelabros y una mesa larguísima cubierta con un mantel blanco. Berlusconi, todavía sonriente, señala una pintura que descansa sobre un caballete en una esquina. Afirma que es la Mona Lisa y que los fiscales le acusaron de haberla desnudado. Por supuesto, no es ella; es un retrato antiguo de una mujer con el pecho desnudo. Un político menos ostentoso y confiado se lo pensaría dos veces antes de hacer unos comentarios tan desconsiderados, pero Berlusconi no puede contenerse. A pesar de todo lo que le ha ocurrido, aún consigue reírse. A lo mejor todavía tiene el sol en el bolsillo. Quizá solo tardará un poco en volver a salir.

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