Elecciones Alemania 2013: El peso del pasado en la nueva Alemania
La hiperinflación de la República de Weimar, la ascensión de los nazis, el Holacausto, la derrota. El sombrío pasado gravita sobre el presente

Nostalgia. Eso es lo que flota en la mirada de Hans Kurz, jubilado de 88 años y veterano de la Batalla de Berlín . Le encuentro junto a la sede de la CDU, armado con bastón y bolsas de la compra en lugar del Sturmgewehr 44 con el que defendió esta ciudad del asalto de los rusos.
–Los tanques iban por dentro de las casas, arrasando los tabiques para poder avanzar. Tuvieron que pelear por cada pulgada de terreno –afirma con un orgullo que pone acero en sus ojos. Y aun así, perdimos.
Y es que en Alemania, los resultados de las guerras mundiales se conjugan en wir, la primera persona del plural. Ancianos y niños, sin distinción, no se escudan en la tercera para poner distancia. Asumen, se disculpan, recuerdan.
–Nunca fui nazi. Yo era un «deutschpatriot», poco más que un niño con un rifle haciendo lo que tenía que hacer. Llevé la esvástica, claro, todos lo hacíamos por obligación. Siento vergüenza por ello. Pero yo no le puse ahí a él. Tenía 7 años cuando él quemó el Reichstag, dos días después de mi cumpleaños.
El 27 de febrero de 1933 es la fecha que todo alemán querría borrar de su historia, el instante el que el sacrosanto Parlamento ardió por los cuatro costados, sirviendo como excusa para que el nombre que Hans se resiste a pronunciar, Hitler , se hiciese con el poder absoluto, ante la pasividad del pueblo. Lo que vino después fue una espiral de odio que culminó con 50 millones de muertos.
–Después de la guerra quedó arrasado. Todo arrasado. ¿Todo esto que ves? Escombros.
Huellas borradas
Las huellas de la destrucción han sido borradas casi por completo. Tan sólo algunos edificios del barrio judío conservan aún los impactos de metralla, como un recordatorio en el que pocos se fijan. El edificio de la Nueva Sinagoga , restaurado por fuera, ha quedado por dentro con un propósito muy lejano al que tenía originalmente. Sólo las guías turísticas explican que las SA con sus camisas pardas la asaltaron en la tristemente célebre Kristallnacht, la noche de la vergüenza de Alemania, la noche en que a golpe de porra de madera y de patada en la puerta, los escuadrones brutales de Hitler arrasaron viviendas y negocios judíos, apilaron y quemaron sus enseres en la calle y les prendieron fuego.
La noche en que los judíos quedaron marcados como animales , el inicio de la política del salchichón, que habría de cortarse rodaja a rodaja. Poco a poco, como se transformó en pocos años a un pueblo pacífico e inofensivo en el cordero sacrificial que habría de purgar con su propia sangre todos los pecados del mundo. En Berlín no ha quedado ni una casa que guarde intacta la memoria de lo sucedido, no hay un monumento sensible, intacto y permanente a las condiciones de vida de los guetos.
Cicatrices
No, pocas cicatrices visibles restan de aquella época, ladrillo a ladrillo reparadas y borradas, confinadas a los campos de concentración que, estos sí, han quedado intactos, pero a las afueras de las ciudades, no en su corazón. La memoria ha ido dedicada a los que murieron. Por eso le pregunto a Hans si él mató a alguien, y en la pausa que hace antes de responder hay más verdad que en su respuesta.
–No lo sé. Disparé mucho, pero todo era ruido y confusión . Un «schutzstaffel» nos ordenó morir defendiendo una pila de escombros, pero cuando nos quedamos sin balas tiramos los fusiles y nos rendimos. Los rusos nos rodearon y se ensañaron con nosotros sin piedad, nos dieron patadas, nos mordieron, nos mearon encima y se rieron de nosotros. Aquella noche fue la peor de mi vida –sentencia con la voz baja, cargada de un odio que no podrá extinguirse jamás–. No, yo no creo que matase a nadie. Sólo era un niño con un rifle.
A pesar de la renuencia de Hans, el peso auténtico sobre la memoria es el que hay cada pocos metros, incrustado en las aceras, en bloques de latón con la memoria de los que terminaron en los campos de concentración. Es imposible no tropezarse con ellos. Sobresalen de los adoquines ligeramente, sólo lo necesario para poder notarlos al paso despreocupado de ejecutivos, obreros y turistas. Son de latón en lugar de mármol porque cuanto mayor es el roce sobre ellos, más brilla la superficie del metal y por tanto el recuerdo.
Una explicación
Y a diferencia de los fríos números, cuentan una historia, hay un nombre, una fecha, un verbo. Aquí trabajó. Aquí vivió. Mencionar un Holocausto de seis millones es inconcebible , comprender la ausencia y el dolor de una sola persona no lo es. Por eso pido a Hans una explicación, y él aparta, dirige la vista al suelo mientras su mente vuela hacia atrás en el tiempo. Como muchos ancianos, es propenso a olvidar qué ha desayunado y capaz de evocar con total nitidez sucesos de hace ocho décadas. De una infancia poblada de coches de caballos, rebanadas de foie gras mojadas en café, de carboneros de rostro ennegrecido alimentando las calderas de los edificios de la ciudad más bulliciosa de Europa.
–No comprendo cómo sucedió –se lamenta Hans–. Él nunca tenía que haber tomado el control. Pero Alemania estaba hundida. Recuerdo a mi madre contando cómo iba cada viernes a la fábrica a buscar a mi padre. Era el día en que cobraba, y tenía que ir corriendo al colmado a gastarse todo el sueldo antes de que subiesen los precios. El lunes, con ese mismo dinero no podías comprar nada. Nada, ni siquiera un billete de tranvía. Una barra de pan pasaba de un millón de marcos a tres millones de marcos en un sólo día. Y todos tenían miedo de que volviese a suceder. Por eso llegó él.
El miedo
La hiperinflación en la República de Weimar es un proceso largo y complejo, pero se resume perfectamente en la frase de Hans. No existe arma social más terrible que el miedo , y no hay mayor miedo que no saber si al día siguiente podrás alimentar a tu familia. La escalada de precios, seguida por una aún mayor de salarios, provocó uno de los mayores pánicos de la historia.
–La gente moría de hambre. Aquí, en Alemania. Los ancianos se congelaban en sus casas, había gente que se quedaba sentada sin más en el tranvía y ya no se despertaba –dice Hans, meneando la cabeza–. Eso no puede volver a suceder . ¿Sabes que había mujeres que tenían que amamantar a sus hijos con agua mezclada con yeso, porque sus pechos estaban secos como la yesca? ¿Sabes que había padres que mandaban a sus hijos a la escuela con una rodaja de huevo duro para todo el día, y a veces ni eso? No creo que puedas comprenderlo. Nadie puede, si no ha estado en esa situación.
Billetes en la hoguera
La imagen de los obreros usando los fajos de billetes de su sueldo como combustible, ya que salían más baratos que la leña , no se ha desvanecido de las retinas de ningún alemán, ni se desvanecerá de las de las nuevas generaciones hasta dentro de mucho tiempo. Es una burda simplificación asociar hiperinflación y Holocausto sin considerar decenas de otros factores sociales del momento, pero es una simplificación fácil, y por tanto se ha convertido en la falacia de la pendiente deslizante por excelencia en Alemania. La obsesión de Ángela Merkel por evitar la hiperinflación ha llevado a la canciller a imponer unas políticas de austeridad que han dificultado la recuperación de la crisis económica en Europa. Cabe preguntarse si hoy en día es posible la hiperinflación, si de alguna manera es viable que la Unión Europea vuelva a caer como lo hizo, vuelva a convertirse en el pozo sin fondo de míseria que fue entonces.
–La Canciller lucha por su patria, lucha duro y lucha bien –afirma Hans, con rotundidad–. Todo el mundo viene a nosotros a pedirnos dinero, luego se lo gastan y puf –dice, soplando en el puño y convirtiéndolo en una mano abierta–. Deutschland über allles, über alles in der Welt.
La mención al «Deustchlandlied» combinada con la política actual y el tono de la conversación provocan un ligero carraspeo de su mujer, que para el caracter alemán es prueba flagrante de su incomodidad. Hans se vuelve hacia ella y en esa mirada que lo ha visto todo hay un reconocimiento total, y una aceptación. Ha hablado demasiado. Sin una palabra más, continúa su camino, hacia un futuro cada vez más corto, dejando atrás con sus pasos cortos y arrastrados todo el peso de la historia de Alemania.
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