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De compras

«DE compras y con buen humor» debiera ser el eslogan que presidiera estas fiestas navideñas u otras cualesquiera. Pero más éstas por el significado religioso que entrañan. Al menos para los buenos cristianos. Sin embargo no es así: la gente va como alma que lleva el diablo, a la carrera, y si tropiezan y te pisan un pie, ni se molestan en pedir disculpas. Y pobre de ti si se te ocurre no quitarte del camino de otro u otra más fuerte que tú y que viene cargado de paquetones como si llevara la bayoneta calada. Te los clavará todos en el pecho y encima se sentirá molesto o molesta si no pides disculpas, como si hubieses sido tú la responsable del incidente. Todo ello como preludio de una marea humana que viene y va sin detenerse nunca, como si formaran parte, en vivo, de esa otra mancha de petróleo que asola el norte-noroeste de España, y que ha traído la ruina a tantos hogares. Aquí no se trata de un mal a largo plazo sino a corto, a inmediato plazo, y que provoca una sensación de asfixia, de malestar, que hacen más pesadas las compras necesarias y propias de estos días.

Pero estas se pueden complicar aún más si das con una dependienta en vez de con un dependiente, pues he comprobado que existe un tanto por ciento más elevado, tanto en grandes almacenes como en pequeños comercios, de mujeres, no de hombres, empeñadas no en venderte, no, sino en «endosarte» el producto que ella desea, no el que tú tratas de comprar a la mínima duda que muestres, y lo peor es, incluso, la falta de educación y delicadeza con que lo hacen en almacenes que tienen solera precisamente por todo lo contrario, y que pueden convertir tus compras en un pequeño infierno.

Sin embargo, puestas las cosas así, hay opciones para salvaguardar tu criterio y no romperte los nervios, ni convertir un día de compras en una selva donde lo que importa es sobrevivir.

Ante todo, guardar la calma y defender tu punto de vista con gran tranquilidad, tomarte tu tiempo, no tirar los resguardos de lo adquirido por si te han endosado algo de lo que no querías y poderlo cambiar en otro momento. Y, sobre todo, no perder la sonrisa ni el buen humor, con lo que consigues dos cosas sin hablar: recordarle a la dependienta cuál debe ser su papel -que ha perdido y aún no son las diez y media de la mañana para poderla disculpar, atribuyéndolo al cansancio- y no destrozar innecesariamente tus nervios, y gozar de las compras propias de estos días con buen humor. Y si «te clavan la bayoneta» con un fardo de paquetes o las espinillas con un sinfín de bolsas, ser tú la que pida disculpas, pues en el caso de que te oigan -cosa bastante improbable-, puede que rectifiquen su manera compulsiva de ir por la vida. Al menos durante los próximos cinco minutos.

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