La Comisión
He tenido la melsa de tragarme casi todas las sesiones de la Comisión parlamentaria que investiga la prodigiosa remanguillé de Gescartera. Me senté ante el televisor armado de paciencia y de un termo lleno de té, dispuesto heroicamente a escuchar las deposiciones de los diversos comparecientes ante los padres, padres putativos o padrastros de la patria, o sea, de los señores diputados. Tras largas horas de escucha, he sacado la triste conclusión de que allí los inquiridores no buscaban la verdad ni los inquiridos la revelaban. Si ustedes todos, protagonistas y lectores, me perdonan la malevolencia, tengo para mí que en aquel templo de la soberanía y de las leyes ni siquiera se buscaba la verdad de cada uno sino que se expresaba la mentira de cada cual.
Ya sé que esto que digo puede ser un juicio temerario, pero de aquella inquisición sólo salían contradicciones sin fin, y cada compareciente que llegaba desmentía lo que habían declarado sus predecesores y cada inquisidor que intervenía cogía un nuevo rábano por las hojas para llegar a objetivos «bélicos» señalados de antemano. Y además, aparecían documentos que desmentían casi todo lo afirmado. Sacar de ese galimatías un hilo de verdad sería más difícil que sacar leche de una alcuza. A mí, con todos los respetos que convenga echar por delante, esa investigación me ha parecido un bancal sembrado de prejuicios, embustes, acusaciones gratuitas, recelos, picardías, argucias retóricas, arrodeos, perífrasis y ambages. Y de vez en cuando, una higa en forma de circunloquio.
Si alguien cree que de allí puede salir alguna luz o puede disiparse alguna sombra (todos son sombras en ese gatuperio de Gescartera y la vigilancia del Mercado de Valores) que santa Lucía le conserve la vista, san Ramón Nonato le proteja la inocencia y san Jinojito el Lila le cuide la ingenuidad. Aquello no era una Comisión de Investigación; aquello era el juego del mentiroso. Dicen algunos detractores de Hispania fecunda que qué se puede esperar de un pueblo que emplea varias horas en jugar al mus, que es un juego donde gana el que mejor miente. Bueno, pues esa Comisión es una partida de mus, pero con señas falsas. A estas horas, mi bisabuela doña Laura les habría puesto acíbar en la lengua a todos, comparecientes y comisionados.
No habría estado mal que a varios de ellos, tanto de los unos como de los otros (los «hunos» y los «hotros», que decía don Miguel de Unamuno) tendría que haberle sucedido la misma peripecia que sufrió ese futbolista del Valencia, creo que del Valencia, llamado Mista, que tropezó con otro y se tragó la lengua. Cuando alguien usa la lengua para decir tanta mentira floreada, lo menos que merece es tragársela. Tan descaradamente llovían los embustes y las patrañas sobre el conato de Comisión investigadora, que terminé por sufrir un ataque de alipori (o de lipori, que también se dice), es decir, de vergüenza ajena. Aquello era una competición de mentiras, «por el mar corre la liebre, por el monte la sardina, etcétera».
Yo no sé ni puedo prever lo que vaya a salir de ese potaje de trolas y ruedas de molino, pero no creo que esa Comisión depure responsabilidad política alguna, ni averigüe dónde termina la negligencia de unos y empieza el soborno de otros, ni dónde está el pícaro que se convierte en cómplice, ni cuándo el que pregunta lo que sabe se transforma en acusador de lo que ignora. A lo mejor la jueza Teresa Palacios saca algo en claro de esa maraña, si es que ahí, entre las togas, no se cuela también la picaresca política para enredarlo todo, mientras unos inventan una manta para tirar de ella y otros echan tierra encima de un muerto que está a la vista. De una cosa estoy seguro. Los dieciocho mil millones de pesetas, o los que sean, adiós. Volaverunt.
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