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Relax

Aseguraba recientemente Deborah Ombres, el presentador «unisex» de la MTV, que «criticar a la gente es muy relajante y terapéutico». Menuda sorpresa. Hasta ahora existía un amplio consenso acerca de que el oficio de crítico (el segundo más viejo del mundo, por escasas milésimas de diferencia) era el más inútil de todos cuantos existen y existirán (incluido el de consultor que ayuda a reestructurar empresas). La única función que se le reconocía a esta actividad, sólo peor retribuida que considerada, era la de servir de flotador emocional a cierto tipo de sujetos disfuncionales frustrados por los naufragios de sus ínfulas creativas. Se evitaban así males mayores, como algunas novelas del género «crimen sin castigo» de consecuencias más perniciosas para la humanidad que las investigaciones del doctor Oppenheimer.

Abundaban las pruebas supuestamente irrefutables que probaban la futilidad de la crítica. Si, por ejemplo, preguntaban a un niño qué quería ser de mayor, podía salir con las cosas más inverosímiles (alguno incluso que periodista, ingenuo...), pero jamás ninguno decía, ni por incordiar, que crítico. Igual todo ha cambiado. Seguramente los chicos ya no quieren que les lean cuentos y preferirán vivir del cuento, como los mayores de la tele. Sí, ahora querrán estudiar ingeniería de tertulias y debates, doctorarse en difamación o hacer un master en querellas instantáneas. Los niños, lo que ven. Ay, llevas razón, Deborah, relaja.

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