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Una misteriosa cadena de explosiones controladas dentro de la residencia oficial del vicepresidente de Estados Unidos asusta a los vecinos y pone en evidencia un secreto proyecto de construcción
¡Booommm! Dos o tres veces al día, la zona más distinguida de la Avenida Massachusetts -que atraviesa la capital de Estados Unidos jalonada por embajadas y mansiones de alcurnia- se transforma en una especie de sonoro campo de batalla en virtud de misteriosas explosiones que, aunque controladas, no dejan de aterrar al selecto vecindario. Testigos presenciales no dudan en realizar nerviosas llamadas a la Policía local para alertar sobre el comienzo de una posible ofensiva terrorista en el corazón de Washington o el inicio de un cataclísmico terremoto.
El epicentro de tan inquietante contaminación sonora y apreciables vibraciones se ha trazado rápidamente hasta el histórico recinto del Observatorio Naval, que, junto a instalaciones científicas de la «Navy», acoge desde hace un cuarto de siglo la residencia oficial de los vicepresidentes de Estados Unidos. Desde la calle es evidente que esta enrejada loma se ha convertido en escenario de una obra colosal, iniciada hace meses y que va muchísimo más allá de un simple proyecto de redecoración.
Portavoces militares se han limitado a describir las explosiones controladas como parte de «una mejora de infraestructura», dejando claro que estos trabajos a marchas forzadas son parte de un proyecto secreto que involucra cuestiones de seguridad nacional y que no se completará hasta el verano. Discreción oficial que contrasta con las estruendosas deflagraciones de hasta cinco segundos que, sin aviso previo, se producen entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde, según los responsables de la obra, o más bien entre siete de la mañana y las once de la noche de acuerdo a los resentidos vecinos.
Siendo Washington terreno especialmente fértil para los rumores y las filtraciones, estas explosivas andanzas elevadas a noticia a principios de diciembre han dado pie a todo tipo de especulaciones, algunas de las cuales parecen sacadas directamente de la mitología de James Bond. Entre las opciones barajadas figura desde la construcción de un hangar blindado para helicópteros hasta la barrena de túneles para realizar operaciones de espionaje entre las cercanas sedes diplomáticas.
Con todo, la opción más respaldada es que el vicepresidente Cheney habría pedido a los Reyes Magos su propio búnker subterráneo. Resucitando la obsesión de la Guerra Fría por garantizar la continuidad del Gobierno federal en caso de un devastador conflicto con la Unión Soviética, el «número dos» se ha convertido desde el 11-S en una especie de visible semáforo de seguridad. Cuando los niveles de amenaza terrorista se disparan, el hombre desaparece de la circulación. Y, a modo de reserva estratégica unipersonal, el estoico vicepresidente se muda supuestamente hasta alguna base militar a las afueras de Washington.
Aunque la Casa Blanca dispone de un búnker y puesto de mando a prueba de bomba, la residencia oficial de los vicepresidentes de Estados Unidos es mucho más modesta en cuanto a medidas de seguridad. La vivienda en cuestión fue construida en 1893 para el superintendente del Observatorio Naval, una de las instituciones científicas más antiguas de Estados Unidos con el encargo de abastecer a la «Navy» de cronómetros, cartas de navegación y equipos de precisión. Además de facilitar en la actualidad la hora exacta y oficial de EE.UU.
Por orden del Congreso, la mansión fue destinada a residencia vicepresidencial en 1974, terminando con la sencilla tradición que obligaba a que los «números dos» se buscarán su propia vivienda en Washington. El vicepresidente Ford tuvo que suceder de forma precipitada a Richard Nixon antes de ocuparla y el vicepresidente Nelson Rockefeller solamente la utilizó para recibir invitados. Habría que esperar hasta la victoria de Jimmy Carter para que Walter Mondale se convirtiera en su primer inquilino permanente.
Desde entonces, cada habitante de esta mansión ha introducido cambios de estilo y paulatinas mejoras. Pero nada comparado con la obra dinamitera de los Cheney, que hace temblar las paredes de famosas propiedades cercanas como la Embajada de Gran Bretaña o la casa de Hillary Clinton. Y es que el subsuelo de esta residencia, tras los primeros diez metros de tierra y gravilla, está compuesto por una masiva capa de roca volcánica similar al granito.
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