Cubitos de hielo para la Roja
Lo mismo que hay resultados negativos que infunden confianza, hay resultados positivos que desprenden sensaciones negativas. Este fue uno de ellos. No fue por el rival, por las circunstancias o por el carácter del encuentro. Fue por lo que ya había dicho Del Bosque en la víspera. El míster, que se huele la chamusquina mucho antes del incendio, debió percibir algún aroma de autosatisfacción que no le gustó nada. Dio el aviso, pero para estas cosas no hay mejor remedio que un buen revolcón, una cornada con trayectoria que no sea muy profunda, de esas que da un equipo de medio pelo como el de Arabia Saudí.
No es conveniente engañarse con rezos similares al de «bah, cuando quisimos les mareamos» o «bah, en cuanto los pitufos se pusieron a tocar ni la olieron». Correcto, pero el caso es que en el minuto 91 no se ganaba a Arabia y para eso tuvieron que suceder algunas cosas: error grave de Casillas, error grave de Marchena y una actitud generalizada de «bah, ya les meteremos porque somos tan buenos...».
Asuntos pendientes
Estos son los asuntos que hay que controlar porque es cierto que después del sorprendente gol de Arabia (que llama la atención sobre el dudoso estado de Casillas, algo de lo que se viene hablando de unos meses a esta parte), la Roja se puso las pilas, apareció Iniesta y el continuo toque de los enanos asfixió a los árabes en apenas diez minutos.
Pero hay que ponerse a ello sin esperar a que nos toquen las partes blandas que tenemos en el equipo que, hoy por hoy, son más de las que aparecen en la superficie.
Arabia fue pegajosa, ardiente, un equipo de más toque del que se presumía, y eso molestó a España más minutos de lo previsto. Aún así, la inercia general del grupo, su enorme calidad, el talento inmenso de Iniesta y la pólvora que hay en casi todos, levantó un partido que se volvió abrupto por el buen quehacer del rival: disciplinado, firme, muy concentrado.
Y no conviene llamarse a engaño. El nombre que ha adquirido España durante los últimos años va a traer a la puerta enemigos de esta enjundia, como Estados Unidos, como Arabia..., bloques que se cerrarán como ostras al solo toque del silbato arbitral. Los rivales tienen fórmulas cercanas al éxito: cercar a Xavi Hernández y esperar a que sus satélites (Iniesta o Alonso no tengan su día). Es poco probable porque cuando no aparece uno aparece el otro. Ayer lo hicieron los dos: el primero dio el tanto del empate a Villa y el segundo largó un disparo seco y duro, de esos que pega en sus anuncios televisivos, para dar la vuelta al choque.
Y luego vino lo peor: conformismo maquillado con buenas ocasiones para después dejar respirar al rival, que marcó en un remate de fortuna precedido de un error de Marchena. Al final hubo que recurrir al 1,90 de Llorente, arma que vale como cualquier otra, para salir del imprevisto atasco.
Noticias relacionadas
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete