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ABC Cultural

«¿Pero en qué país vivimos?», según John Sayles y Víctor Gaviria

TELEPRESS John Sayles, ayer en San Sebastián, con el actor Danny Huston

SAN SEBASTIÁN. A falta sólo de dos títulos por mostrar, el argentino «Bombón, el perro» y el iraní «Las tortugas pueden volar», la competición está ya prácticamente enjaulada. Dos de los directores favoritos, John Sayles y Víctor Gaviria, trajeron ayer dos películas que desenmascaran la realidad social y política de sus respectivos países, los Estados Unidos y Colombia. El primero lo hace mediante un ejercicio de cinismo y ficción que mezcla comedia y cine negro con una campaña electoral de un gobernador del Estado de Colorado, y el segundo se vuelca literalmente en una historia de narcotraficantes en Medellín.

En el cine de Víctor Gaviria no hay bromas, no las había en «Rodrigo D.» y mucho menos en «La vendedora de rosas»... En «Sumas y restas» la única posibilidad de broma consiste en vivir, da igual bien que mal, da lo mismo con mucho que con poco, en la ciudad de Medellín, donde por un estornudo te pueden volar la cabeza y donde se ha sustituido la palabra «pan» por la de «coca» en los rezos del Padrenuestro. Gaviria cuenta una historia más o menos doméstica entre unos personajes probablemente corrientes; ellos, sus mujeres, sus bebés, sus negocios clandestinos, sus caserones y piscinas, sus inacabables noches de «perico» y bronca: la vida con la nariz aplastada contra la tapia del cementerio. Sólo cuenta eso, el ruido del golpe, y lo hace con unos personajes que caen en tromba y que hablan algo que lejanamente parece un idioma.

La película de John Sayles, en cambio, sí utiliza la broma como aglutinante de las diversas tramas: la política, con un personaje, el del aspirante a Gobernador, que interpreta magistralmente Chris Cooper y que se da un aire (en realidad, un airetón) a George W. Bush en lo florido del verbo y lo veloz del pensamiento; o la trama policíaca, con un investigador que fue periodista y que no le va a la zaga en verbo y pensamiento al político en ciernes. Hay otros hilos narrativos con los que se anudan la inmigración ilegal, las agresiones al medio ambiente, el ojo chivato de Internet, la desfachatez de los grupos de presión que apoyan a los candidatos y hasta un par de hilachas argumentales que le dan la ocasión de lucirse a la permanentemente impresionante Daryl Hannah. Bueno, «Silver City», aunque es una película tan embarullada como una noche en Medellín, tiene diversos y sustanciosos puntos de contacto con el público.

Y ayer se quedó casi fuera por exigencias del guión la película argentina «El cielito», dirigida por María Victoria Menis, y que se centra en una relación fabulosa y única: la de un joven recién llegado al mismísimo «culo del mundo» y un bebé de meses que ya vive en el filo de una navaja a causa de la idiosincrasia de su padre y la paciencia ya destruida de su madre. La película tiene momentos de insólita fuerza, aunque podría reprochársele que se agarre a la fatalidad, al azar diabólico, a ese golpe de timón tan fácil como probablemente cierto que le da salida de urgencia e hiperrealista a una historia a la que un pellizco surrealista, o al menos imaginativo, no le hubiera sentado mal.

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