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Carlos Sainz corona su carrera

Tozudo, ambicioso, a los 47 años ha conseguido el cenit de su trayectoria profesional. El éxito en el Dakar significa un nuevo hito para el deporte español y hace justicia a un hombre que conquistó dos mundiales de rallys y se ganó la imagen de la mala suerte por aquel título que una maldita biela le robó, en 1998, a falta de quinientos metros para la gloria. Ayer, al fin, derrotó su foto del infortunio y puso un broche feliz a una trayectoria de campeón. La victoria en el raid más famoso de la Tierra supone el colofón a una carrera que rodó por las pistas de squash -campeón de España a los 16 años - hasta que su éxito en la Copa Renault le permitió dedicarse a su gran pasión: los coches.

Al principio, en los años ochenta, Sainz (Madrid, 12-4-62) quiso marcharse a Inglaterra para labrarse un futuro en el país pionero de las competiciones sobre cuatro ruedas. La falta de presupuesto se lo impidió. Menos mal que llegó Opel. La marca alemana le ofreció disputar el Rally de Cataluña con el Manta. Así comenzó su andadura por un universo, los raids, que le elevaría hasta el estrellato.

Dejó sus estudios de Derecho en segundo curso y se dedicó al volante. Ayudado por su hermano Antonio y por sus amigos Juanjo Lacalle y Juan Carlos Oñoro, el madrileño se forjó en las pruebas nacionales. Lacalle fue su copiloto en el clásico Shalymar. Le sucedió Antonio Boto.

Los primeros destellos de su porvenir estelar se vislumbraron en el Campeonato de España. Subcampeón en 1985 y 1986, obtuvo el título en 1987 y 1988. Lo tuvo claro. Ahí estaba su futuro.

Anderson, vista de lince

Su progresión le llevó al Mundial. Hizo sus primeros pinitos en 1987 -San Remo, Portugal, el RAC de Inglaterra- con un Ford Sierra Cosworth de tracción trasera que se medía a coches de tracción total.

Uno de los gurús de este negocio, Ove Anderson, le echó el ojo. Calibró que ahí tenía un ganador nato. Le fichó como piloto oficial de Toyota en 1989. Octavo en la clasificación final, en 1990 confirmó que el nórdico era un visionario. Carlos se proclamó campeón del Mundo en su segunda participación completa.

Luis Moya, su Sancho Panza

Luis Moya era su escudero en esta evolución triunfal. El gallego celebró a su vera su primera victoria parcial, el Acrópolis, y los otros tres himnos de aquel año inolvidable.

Subcampeón en 1991, el madrileño conquistó su segundo cetro universal en 1992. El Toyota Celica se convirtió en el auto deseado por todos.

Lo malo es que tuvo que abandonar el equipo, en 1993, por la incompatibilidad entre el patrocinador de la casa japonesa, Repsol, y el patrocinador del campeón, Castrol. Carlos fue siempre fiel a quienes le apoyaron en su desarrollo profesional.

Compitió, ese desdichado 1993, con un Lancia Delta de la Jolly Club. Soportó el peor momento de su trayectoria internacional. La marca italiana nunca evolucionó el coche en el transcurso de la temporada. Terminó en octava posición. Subaru le contrató en 1994 para recuperar la jerarquía. Valoraron sus virtudes. Siempre destacó por su calidad para volar a toda velocidad. Por la ambición de ganar por encima de todas las cosas. Nunca se conformó con un podio. Alcanzó los subcampeonatos de 1994 y 1995. Retornó a los éxitos. Cuatro raids se adjudicó en este bienio.

Derrotado por una biela

Ford el fichó en 1996. Tercero ese año y al siguiente, Toyota, la marca de sus mayores éxitos, le recuperó en 1998 para abordar el regreso al trono. Demostró a lo largo de la temporada que era el mejor. La mala suerte, sin embargo, le esperaba en la campiña inglesa. Nadie había perdido un título a 500 metros del final. Carlos y Moya pasaron a la historia eterna del mal de ojo deportivo. La biela del Toyota Corolla les dejó tirados con la meta a la vista. «Carlos, arráncalo, por Dios». El lamento del gallego fue traducido a mil idiomas.

Superado el mal fario, continuó su andadura a bordo del Corolla (98-99), del Ford Focus (2000-02) y finalmente del Citroen Xsara (03-04, ya sin Luis. Marc Martí fue su nuevo copiloto. Con él se apuntó el último rally, en Argentina 2004. En 2005 decidió su nueva meta: el Dakar 2006.

Fue la sensación de aquella edición. El español dejó claro quien era el más rápido. También que su ansiedad era opuesta al éxito. Undécimo en el debut, los problemas mecánicos le relegaron en 2007 a la novena plaza, aunque sus cinco etapas ganadas le acreditaran como el mejor.

Transportada la carrera al cono sur, en 2009 revivió los sinsabores sufridos en el Mundial 98. Líder destacado, su obsesión por encabezar la prueba le hundió en un barranco a falta de tres días. Ayer acabó con todos los males. Por fin se adueñó del mito. Se lo merecía desde 2007.

Su esposa, Reyes Vázquez de Castro, y sus «copilotos», Blanca, Carlos y Ana, han disfrutado más que él con este éxito. Saben lo que ha sufrido. Ahora es protagonista de otra plusmarca del motor español. El himno en su honor será un incentivo para defender la corona en 2011.

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