La nueva cárcel de Daniel Sancho contada por los presos: infecciones, castigos y discriminación hacia los extranjeros
El joven fue trasladado desde la prisión de Koh Samui al nuevo centro penitenciario en un furgón blindado y en barco empezar cumplir su condena de cadena perpetua
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Todos aquellos que jamás entraron en una prisión tailandesa de alta seguridad sospechan que lo peor en sus celdas quizás sea el hacinamiento y la mala higiene. O la peligrosidad. Pero el relato de quienes las sufrieron difiere. Muchos reos extranjeros en el apodado país de la sonrisa creen que el mayor riesgo en las cárceles de este país es abandonar tu humanidad. Romperte mentalmente. No en vano, es común conocer a presos que temen o han temido por su salud mental.
Y quizás por eso Daniel Sancho se hundió al saber lo que le esperaba al ser condenado a cadena perpetua, lo que significó su abandono del penal amable de Samui para ingresar al presidio central de la provincia, en Surat Thani. Porque aunque sea un lugar menos duro que la prisión principal de Bangkok, no deja de ser un complejo donde la vida es muy difícil y los tratos de favor más difíciles.
Algo de suerte ha tenido el español, ya que si bien la prisión de Surat Thani era de las más masificadas y complicadas de todo el país, eso es diferente ahora. El pasado año fue ampliada y reformada para albergar a presos con largas condenas, y eso puede jugar en favor del español en comparación con la opción de Bangkok. La masificación será menor y se trata de un presidio en buenas condiciones debido a su reforma. Pero se enfrentará a la incomunicación de una cárcel donde se alojan menos presos extranjeros.
El castigo tailandés
Las cárceles tailandesas se centran en el castigo y no en la reinserción. Y se castiga en demasía. Porque en un penal puede coincidir un homicida con un preso político que escribió algo contra la monarquía. Un atracador y un tipo que nunca supo qué diablos le llevó a acabar con sus huesos en una celda compartida con otros 70 tipos. Como Supanat, que una noche compró unas cervezas y se decidió a dar cuenta de ellas en un solar abandonado delante de su calle. Llegaron unos agentes y se lo llevaron por allanamiento de morada. Tras pasar por el calabozo, el juez lo envío preventivamente a Bang Kwang, el peor presidio tailandés, hasta dar con el dueño de la parcela sin registro.
Eso por no hablar del altísimo número de adictos a alguna sustancia a quienes cogieron con una papelina y pusieron entre rejas porque aquí, aún, el consumo está penado. Y el propio ministerio del Interior asume que el motivo de la sobrepoblación de las cárceles es precisamente ese. Un dato acerca de la masificación: los reclusos tienen derecho a poco más de un metro cuadrado en las celdas compartidas, pero la aglomeración, asumen las autoridades, ronda el 50%. Quizás por eso Supanat tuvo que dormir con unos pies pegados a su nariz y otros en el cogote.
Y sin embargo la procesión va por dentro y el mayor riesgo en una prisión tailandesa es mental. En parte porque los presos no suelen conocer qué está pasando fuera y las visitas son exiguas. Si además son extranjeros, es peor. Como explica el activista Pronthip Mankong, que pasó una temporada entre rejas, los extranjeros están en mayor desprotección porque no hablan la lengua local. Lo tienen complicado para solicitar asistencia médica y desconocen que está pasando fuera. «No es que los discriminen, es que pasan de ellos y ni les hablan», explica. En una isla como Koh Samui eso es algo más favorable al ser un centro turístico, pero en Surat Thani no se habla inglés.
Las visitas también son mucho más difíciles. Primero hay que hacer horas de espera, a menos que haya algún arreglo bajo mano, porque en las grandes ciudades no es como en Samui y la masificación es brutal. Normalmente hay largas colas y toda la comunicación es, cómo no, en tailandés. La visita a veces es en una sala con una cristalera y dos teléfonos, uno a cada lado. En otras prisiones y en ocasiones particulares puede ser frente a una pantalla enana y con un teléfono, y las dudas -casi siempre fundadas- de si dicha conferencia está siendo grabada.
Los tiempos en las visitas son escasos y el preso tiene mucho por contar y preguntar debido a la incomunicación que sufre, ya que la prensa está vetada entre rejas y, como explica Mankong, las teles se apagan al empezar los informativos. Prima que el preso no se entere de la actualidad. Y dicha brutal incomunicación hace que normalmente el preso desconozca qué está pasando fuera e incluso si su caso se está llevando bien. Fijándonos en el asesinato de Edwin Arrieta, posiblemente desde fuera de la cárcel de Koh Samui se viera como un despropósito la defensa de Daniel Sancho, pero si el recluso aficionado a las hamburguesas solo recibía información de su círculo íntimo posiblemente llegara a pensar que todo iba a ir bien. Si el triunfalismo de Marcos García Montes y los suyos frente a la prensa era el mismo que le transmitían al recién condenado, posiblemente el hijo de Rodolfo Sancho se viera salvado. Y la incomunicación del presidio hizo imposible que contrastara con otra versión.
El optimismo como defensa para no desfallecer
A veces, si el juicio a un preso está por celebrarse y le llevas noticias, ves aparecer al recluso enfundado en su traje de presidiario antes de sentarse frente al teléfono y el cristal y lo primero que te dice es que está esperanzado de que pronto va a salir, ese optimismo que es habitual para combatir tan dura vida. Como por ejemplo el caso de Eren [nombre ficticio] quien mal aconsejado por una inicial defensa errática pensó que le quedaba poco tiempo. Eren había cumplido un delito menor y desconocía que la justicia fuera a cebarse con él. Y su nuevo abogado se vio en la incomodísima situación de darle la peor de las noticias: pedían años de condena. Para quienes lo vieron es imposible olvidar su llanto, cómo se rompió y la desesperación de su mirada. Se maldijo a sí mismo por su error y lamentó su viaje a Tailandia. Él, que había conocido una cárcel española, dijo a su letrado que la comparación entre ambos países a nivel presidiario era como entre el cielo y el infierno. «Prefiero cumplir cinco años en España que seis meses aquí».
Eren no podía comer nada de lo que le ponían en el plato, y si quería champús tenía que pagarlos. Su familia le depositaba unos 200 euros mensuales para que pudiera comprar alimentos y cuidar de su higiene. En realidad lo único fácil en una prisión tailandesa es depositar dinero digital para un recluso. Llegas allí, dices el nombre del reo, y aparece en una pantalla su foto y sus datos, además del dinero que queda en su cuenta. Para aquellos que piensan que mantener a una persona en prisión en la cárcel en Tailandia es caro, comentar que normalmente el máximo semanal es de 250 euros, y que es prácticamente imposible gastarlo para un recluso. Dicho dinero no se entrega en mano, está en una cuenta digital y personal para evitar robos y chanchullos. Se usa para comprar comida y cosméticos.
Porque la alimentación y la higiene son muy importantes entre rejas. Carles [nombre ficticio] comentó que en sus casi dos años entre rejas en Bangkok su mayor temor eran las infecciones. Porque si una enfermedad se extendía en su masificada celda, lo normal era que la mitad de los reclusos se contagiaran. Y eso significaba que todos los afectados se quedaban encerrados todo el día, fuera de la única alegría que tenían: el patio donde respirar un atisbo de libertad y verte quizás con alguna cara amable.
Romperse es muy fácil en una prisión tailandesa masificada, me dijeron todos los reclusos visitados. A veces, me comentaron, no sabes si ves fantasmas o realidades. Tony [nombre ficticio] se encontraba una tarde en su módulo y un grupo de tailandeses puso bolsas de plástico en las cámaras. Otros se bajaron los pantalones. Temió lo peor y estrelló su cabeza violentamente con una mesa para autolesionarse y forzar que lo llevaran a la enfermería, el oasis para muchos. Pero no es fácil alojarte en el módulo médico. Y seguramente Daniel Sancho sepa que en otras prisiones no le mirarán con los mismos ojos que en Koh Samui, y que puede pasar a ser otro recluso más.
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