Las personas mayores no se fían del voto por correo
Los ciudadanos de más de 75 años se muestran recelosos por la desconfianza y falta de control que les genera
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Julio Sánchez lo tiene muy claro: «Yo no voto por correo. A saber dónde acabará…». Este octogenario, residente en Madrid, se ha ido a pasar unos días de vacaciones al pueblo con la familia. «Ya les dije a mis hijas que se organizasen ... como quisieran pero que a mí me tenían que traer para ir a votar el 23J. Ya no conduzco y dependo de ellas. Y así nos hemos organizado. Después de las elecciones, regresaré al pueblo», asegura.
La posibilidad de interrumpir las vacaciones para poder votar es una opción que, sin embargo, han descartado la mayoría de los españoles: más de 2.600.000 han solicitado el voto por correo, un 80% más que en las elecciones de 2016, que ostentaba el máximo hasta ahora. Tal fue la avalancha de peticiones que incluso Correos anunció una contratación sin precedentes para garantizar el proceso, ampliando también el horario de apertura en numerosas oficinas de toda España.
Ninguna de ellas gestionará, sin embargo, la papeleta de Julio, que desconfía del proceso. Pero tampoco la de otros muchos mayores. Si se ponen en relación los datos facilitados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) de votantes por correo por franjas de edad y el censo electoral, se observa cómo tradicionalmente los mayores de 75 años son los menos proclives al voto postal. En las últimas cuatro convocatorias de elecciones generales, de media, apenas un 1,75% de nuestros mayores se decantaron por depositar su papeleta en una oficina. En el extremo opuesto se sitúa el 4,55% de los jóvenes de entre 25 y 34 años que sí eligieron esta opción.
Escepticismo
«Hay cierta desconfianza entre las personas de más edad ante lo que va a pasar con el voto postal porque no se tiene el control completo», explica Guillermo Fouce, psicólogo miembro del Colegio Oficial de la Psicología (COP) de Madrid. «Entregarlo en una oficina de Correos es para ellos un acto más frío que implica, previamente, ciertos trámites administrativos», recuerda. «Y después, ya nada saben de él. Es decir, ellos piensan: 'Lo entrego y me tengo que fiar de que todo va a ir bien y de que va a valer'». Una idea que, desde luego, no les convence.
El día de las elecciones es para ellos también una jornada especial e importante. «El voto es como un ritual y, al mismo tiempo, una celebración de algo que no pudieron hacer durante bastante tiempo», recuerda el psicólogo. «Lo viven como fiesta y un rito que tiene todos los condimentos de acercarse, ver a la gente, ver la votación, vivirla desde dentro, incluso introducir el sobre en la urna».
La falta de confianza del voto por correo entre los más mayores tiene también que ver con los cambios que experimentan las personas a medida que envejecen y la manera de enfrentarse a lo desconocido. «Con la edad nos volvemos más conservadores –recuerda Fouce–. Optamos más por aquellas cosas que ya conocemos, que son hábitos, que controlamos y en el proceso del voto postal esto no ocurre porque es algo nuevo. A veces es difícil adaptarse a esos cambios cuando se tiene una determinada edad».
Cómo mejorarlo
Por ello, sería conveniente facilitarles el procedimiento. «Hay que explicarles en qué consiste en los términos más cercanos», afirma el psicólogo, para «reducir las posibles desconfianzas». En su mayoría, las personas mayores desconocen cuál es el proceso del voto por correo. «Hay que explicarles que no se pierde y darles seguridad».
Esta situación es similar a la de la banca: los mayores se sienten los grandes olvidados por parte de las sucursales de este país debido a la digitalización del sector. «Las personas mayores se enfrentan a los trámites administrativos con mayores dificultades porque en muchos casos son telemáticos y no tienen la formación o no pueden acceder a ello», recuerda el psicólogo.
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«Ellos necesitan una atención presencial y diálogo, todo bien explicado. Precisan tiempo y saber qué es lo que tienen que hacer. Y necesitan cierto control, es decir hay que tener paciencia para explicárselo y muchas veces no la tenemos, por no hablar de la necesidad de adaptar los procesos a discapacidades o disminuciones de facultades que se presentan a cierta edad como son los problemas de escucha o un deterioro mental más lento», concluye Fouce.
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