Con Woody Allen, un tórrido verano
JUAN PEDRO QUIÑONERO | CORRESPONSAL EN PARÍS
Agosto en París

Atardecer en el Pont des Arts (Foto: J. P. Quiñonero)

En París, el Sena y sus muelles son una playa y unas terrazas fabulosas, donde todo es posible: sobre todo las tórridas noches de verano...

Hacia el este, donde la ciudad se pierde en los suburbios, a la altura de la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), barcos y barcazas amarrados a los muelles se transforman a la caída de la noche en sugestivas salas de baile, antros nocturnos donde todo es posible: bailes y gastronomía tropical, clubs especiales para "minorías sexuales", celebraciones de aniversarios, noviazgos, bodas o alternes de la más variada condición étnica, cultural, sexual, ecétera.
Ya en las inmediaciones de Notre-Dame, el corazón histórico y religioso de la ciudad, los muelles son una tentación diurna y nocturna. Señoras y señoritas pintoras californianas se cruzan con jubilatas parisinos que duermen la siesta. Bandas de jovenzuelas turistas se cruzan con bandas de franceses negros o musulmanes. Los noviazgos se hacen y se deshacen. Cuando cae la noche, un aprendiz de saxo tenor puede ser admirado por parejas o pandillas que esperan prolongar la fiesta, el baile y lo que se tercie, hasta el alba.
A la altura del Muelle / Quai des Orfévres, inmortalizado por el inspector Maigret de Simenon, turistas y vagabundos nocturnos se han podido cruzar estos días con Woody Allen, disfrazado de Woody Allen, acompañado de Carla Bruni y Marion Cotillard.

Imposible toquetear al genio, protegido por temibles guardaespaldas, el personal prefería sentarse o acostarse junto al río, bailar, beber cerveza, vino o cosas menos confesables.
Woody Allen ha guardado con un rigor marcial el secreto último de su nueva película. Pero es una evidencia que París, y, sobre todo, el París de los muelles del Sena, ocupa un puesto central. A lo largo de un verano inolvidable, sus héroes y heroínas se pierden para salvar nuestra insaciable sed de historias inolvidables.
Hacia el oeste, ya en las afueras, más allá del Puente Mirabeau, inmortalizado por Apollinaire y el suicidio de Paul Celan, los turistas descarriados en las barcazas navegan rumbo a ninguna parte, mientras la gente joven que sabe de la vida se refugian en el más selecto de los lugares públicos: la pasarela del Pont des Arts, entre la Academie y el Louvre. Un lugar mágico. Cervezas, botellas de vino, salchichón, pan y queso son más que suficiente para recibir, preparar y gozar de una noche que será larga, lírica, amistosa, tórrida, sentimental, en soledad, en compañía, en pareja, dejando pasar las horas para mejor aspirar el embrujo de inolvidables fragancias.

El tiempo...