(Foto: Mikel Ayestaran)
Un verano aprendiendo la lengua de Jesús
Resulta difícil de escribir, pero fácil de hablar, según los lingüistas que la califican de "una lengua más cercana al hebreo que al árabe". No hay libros de texto y apenas unas veinte mil personas en total lo hablan en todo el país, pero el arameo sigue vivo. Por lo menos en las calles y conventos de Maalula, una pequeña aldea perdida en medio de las montañas a la que se llega en apenas una hora de trayecto por carretera desde Damasco. Una hora en la que se pasa de la Siria actual a la Siria milenaria. Una hora en la que el minibús abandona las avenidas de estilo soviético de la capital, se adentra en la autopista hacia Latakia y finalmente se desvía rumbo a las montañas para subir y subir hasta llegar a la plaza del último bastión cristiano que habla arameo. Las casas marrones y malvas cuelgan desde un acantilado en cuya parte alta aun se pueden distinguir las entradas de las cuevas que servían de vivienda a los antiguos moradores.
El convento de Santa Tecla es el más importante de la aldea ya que aquí reposan los restos de la que es considerada una de las primeras mártires del cristianismo. Cuenta la leyenda que Santa Tecla estaba huyendo de los romanos, que le querían matar por su conversión al cristianismo, y se vio
acorralada al llegar frente a la montaña. Entonces, Dios abrió un desfiladero en mitad de la roca para que la santa escapara. Este cañón, que recuerda al siq de Petra (Jordania), pero en miniatura, sirve hoy para que los visitantes celebren sus picnics a la sombra de las rocas y accedan al monasterio de San Sergio y San Baco, donde los monjes locales producen vino tinto y dulce.
Trece monjas cuidan de un convento visitado por millones de turistas cada año, especialmente estos meses, que hace también las veces de orfanato para 33 niños. Forrado de carteles en los que se puede leer 'Prohibido fumar' -Siria es uno de los pioneros en esta materia en todo Oriente Medio- los grupos guiados presentan sus respetos ante los restos de la santa y escuchan a las religiosas recitar el Padre Nuestro en la lengua que usó Jesús, una lengua en serio peligro ante la pujanza del árabe. Una nueva escuela en la que una veintena de lugareños imparten clase a vecinos y estudiantes venidos de todo el mundo trata de evitar su extinción, una misión cada vez más complicada, pero que cada verano recupera la esperanza debido a la cantidad de visitantes que acuden a este lugar atraídos por su lenguaje milenario.