Con los últimos de Leiza
Les compararon con la Familia Adams, con 'La escopeta nacional' y hasta hubo gente que se disfrazó de ellos. Se han convertido, desde este pequeño feudo de Bildu en la frontera entre Navarra y Guipúzcoa, en los nueve héroes de la resistencia contra la amnistía
El valor de los diez de Leiza, que plantaron cara a la amnistía en un feudo de Bildu
Cada mañana desde el 12 de noviembre, Silvestre Zubitur, bigote, nariz de boxeador, duro y fuerte como un jabalí, cuelga su pancarta de 'Amnistía NO-EZ' en la fuente de la plaza del pueblo de Leiza, frontera entre Navarra y Guipúzcoa. Por la ... noche, la retira para que nadie la dañe. Algunos le quitan trozos que él repone y cura cuidadosamente las cicatrices del papel. Nunca antes en el pueblo se había colgado una pancarta que no fuera a favor de la izquierda aberzale. Nunca, hasta el invierno pasado cuando Silvestre, concejal de Unión del Pueblo Navarro, su familia y amigos decidieron manifestarse contra la amnistía. Cogieron un trozo de papel, pintaron el mensaje con rotuladores como si fueran colegiales y se plantaron allí a la salida de misa. Rezaron un padrenuestro y cuatro avemarías porque son religiosos y porque en Leiza un español coge la costumbre de encomendarse. Eran nueve. Había fiestas en la plaza, y les empezaron a hacer fotos que colgaron en redes en señal de mofa.
Les compararon con la Familia Adams, con 'La escopeta nacional', hubo gente que se disfrazó de ellos. Aparecían allí plantados en una soledad perfecta y una intemperie que era señal de tantas cosas y que convirtió a los nueve de Leiza en unos héroes de la resistencia contra la amnistía. Esta es su historia contada el 30 de mayo, el día en que se aprueba la ley en el Congreso de los Diputados.
El pueblo
Leiza es un pueblo de postal. En esa casa se rodó 'Ocho apellidos vascos'. En la puerta de la ferretería venden los plantones de las guindillas y los tomates que asoman entre los surcos de las huertas, tan verdes y tan niños. En las puertas de los caseríos, bajas, gruesas y solemnes, han clavado 'eguzki-lores' flores-sol contra el infortunio para que los espíritus de la noche, al llegar, crean que en esa casa es de día y no entren. «Al otro lado de ese monte puedes encontrar alguna si tienes suerte», señala Silvestre.
En Leiza viven 3.000 personas. ETA mató a tres de ellas gracias a la información de gente del pueblo. Gregorio Hernández Corchete murió asesinado por un ataque con granadas contra el cuartel de la Guardia Civil en 1982. Al cabo Juan Carlos Beiro lo mataron con una bomba en la carretera a Berastegui en 2002. En 2001, José Javier Múgica era concejal de Unión del Pueblo Navarro y fotógrafo. Una noche volvió de Fitero donde estaba trabajando y colocaron una bomba lapa bajo su coche. «Alguno vio la luz en su casa y dio el chivatazo. Sabes que fue alguien desde cuya casa se ve la casa de Múgica. No hay tantas opciones», explica Silvestre, que entonces era su compañero en el ayuntamiento. «Está con nosotros», dice Zubitur, y señala con la barbilla la pared del local del partido desde la que mira José Javier suspendido en el blanco y negro de un mundo que ya no existe. Todo ha sucedido en tres calles y entre personas que se conocen por el nombre de pila. Leiza ha sido el gran laboratorio del terror de ETA y de la hegemonía de Bildu.
Después de lo de Múgica, UPN empató a votos y en concejales con la izquierda aberzale. Para decidir quién iba a ser el alcalde, tiraron una moneda al aire y perdieron. 23 años después, Bildu ha conseguido el 60% de los votos con nueve concejales y UPN, 2. La última fueron 10-1. Las matemáticas de su soledad son las siguientes: diez personas van a las concentraciones, hay veinte afiliados y 200 votantes que no conocen. Solo podrían identificar a cincuenta. El resto de los que les votan son anónimos. A veces, cuando se juntan los afiliados, comentan si este o el otro podrían ser, pues esa mañana les ha saludado con cariño.
Tres de cada cuatro ciudadanos que eligen UPN lo hacen en el más riguroso silencio. «Se acabó el terrorismo, pero el miedo sigue», dice Maite Zubitur, hermana de Silvestre y esposa del legendario 'harrijasotzaile' Iñaki Perurena: tacones para la ocasión, pelo corto negro, ojos maquillados de turquesa, remango de la zona y un euskera bello y preciso. Es una de esas navarras como para tomar un país del G20. «Los jóvenes ya no están en el pueblo. Los más viejos se van muriendo. Somos cuatro pringados, pero no tenemos miedo y tenemos principios», explica.
La familia
La historia de UPN y el movimiento español en Leiza -«No nos llames constitucionalistas; dinos españoles»- no se entiende sin la historia de los Zubitur. A finales de los 70, el padre de Silvestre y Maite sufre un violento atraco de ETA en la armería que aún regentan en la plaza del pueblo. Se llevan nueve escopetas. La policía detiene a un acusado y ETA desliza que su padre había delatado al terrorista. Chivato, le dicen. Durante meses, nadie entra en la armería. Les envenenan a los perros. Lourdes, una de las hermanas Zubitur, pasa meses sin salir de casa. «En ese momento, mi padre dice: 'Nahikoa da' (es suficiente) y se mete en política en defensa de su familia». Desde entonces, lo han vivido todo y Silvestre se ha convertido en un ser mitológico de la lucha contra ETA. «A cada elección pienso para mí que ojalá no salgamos y se acabe todo esto, que no merece la pena, pero después me digo: 'Silvestre, ¿cómo vas a dejar tirados a 200 votantes' y, ¡Dios!, siento que tengo que seguir», dice Zubitur con los brazos ligeramente abiertos y cerrando a la altura de las caderas unos puños con los que podría partir un coco.
Tibule
Hace unos años que el partido abrió un espacio «para que pudieran estar tranquilos» sus afiliados en Leiza y se inauguró la Sociedad Larrea en la que reciben al reportero. Es una sociedad gastronómica típica de la zona en la que sus miembros, la mayoría afiliados a UPN y algunos guardias del cuartel encuentran refugio. Cocinan, juegan al mus, beben vino de Falces, fríen unas chistorras y pasan el rato bajo un cuadro con el escudo de Navarra en punto de cruz en el que se puede leer: «Bienvenido a esta casa todo el que venga en son de paz». La coletilla no es gratuita.
Pasó hace diez años. Alguien roció silenciosamente con gasolina la entrada del local con ellos dentro. Silvestre vio humo, abrió la puerta y todo era fuego. Pensó que si cruzaba, le daría tiempo a ver quién había sido. «Pensé que estaba ahí mismo». Saltó, se quemó las cejas, el bigote de cosaco y le ardían los zapatos, pero ahí a veinte metros estaba el otro al que también ardía la zapatilla derecha. Salieron andando ambos. «Ninguno podía correr porque nos resbalábamos por la gasolina de las suelas». Al llegar a la esquina, dobló y lo perdió de vista diez segundos. Siguieron andando todo lo rápido que podían durante un buen rato. Cuando Silvestre sintió agarre en los pies, corrió, saltó sobre él, lo redujo y le colocó la rodilla en el pecho. «Me di cuenta de que él no tenía fuerza», dice, y uno se acuerda de esas escenas en las que un loco salta al recinto del tigre. Lo arrastró por el pueblo en busca de alguien que le ayudara a llevarlo a la Guardia Civil, pero no salió nadie. Al fin lo detuvieron y la historia siguió de manera improbable.
El culpable era un vecino del pueblo, «porreta, vago, que no había hecho nada en su vida más que dar disgustos a sus padres». Estaba trabajando en unas obras junto a la sociedad y les había vigilado. Le llamaban Tipule (cebolla en euskera). «Fue condenado, pero no llegó a ir a la 'cartzel'», explica Silvestre que guarda cuando habla en español las zetas y eses del euskera tan características del acento de aquellos montes. Un día se encontró con un familiar y le dijo que Tibule se había tirado de un quinto piso y que estaba vivo en el hospital. Silvestre llamó a Pello Urkiola, su amigo:
-Peio, Tibule se ha intentado matar, pero está en el hospital. Tendré que ir.
-Solo Dios lo haría -le respondió Pello-.
-Entonces habrá que 'haser'.
Cuando entró en la habitación, Tibule gritó su nombre, se puso a llorar y se abrazaron. Años después murió de una enfermedad. «Pero fui a su entierro». «Y yo». «Y yo». «Y yo». Todos los que cenan en la sociedad mientras Silvestre cuenta la historia estuvieron en las exequias del que los intentó quemar vivos. Esto, me digo, es Leiza. Es jueves. La amnistía está aprobada. «No estamos enfadados: tenemos 'tristura'», explica Maite. Pensaban quemar la pancarta, «total, ya para qué», pero en el último momento, deciden que seguirán colgándola. «Aquí estaremos hasta el final».
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