BAJO CIELO
Retiro, el barrio de Madrid donde los 'gatos' se beben la vida
En ese enclave de Madrid está todo lo que somos: un bar abierto, un trozo de calle al sol, amigos y ponme otra más, que muchas veces se nos olvida que la vida es demasiado corta
El Retiro tiene un nuevo rey: así se expande la biodiversidad urbana

Menéndez Pelayo es una calle manca, pues de un lado es la verja del Parque del Retiro y, del otro, edificios que miran al oeste para ver a Madrid acostarse cada tarde. Esa luz le ha permitido ser la terraza de los 'gatos' que ... se beben la vida, desde que el sol vence las azoteas de los lados impares de su calle. Es un refugio sin tejados, un trozo de alegría en la ciudad que siempre pide otra ronda porque mañana será demasiado tarde.
Empieza en el brutalismo de la torre de Valencia, y se inician al toque un sinfín de locales donde comer, beber, reír y gastar el tiempo como lo hizo alguno de sus vecinos ilustres, como Michi Panero, que desde el 35 de la calle Ibiza miraba la vida pasar. El Sanchís, por ejemplo, sigue siendo todo lo que fue, un templo del marisco y la caña bien tirada, que se resigna a dejarse morir porque las cosas buenas duran para siempre.
Allí convive con sitios nuevos que ya son viejos, como el Arzábal o los que tienen sus locales en las calles de sombra que suben de sus esquinas, como La Montería, La Catapa o La Castella, tan de aquí que siempre están llenos los fines de semana. Esquina Menorca se levanta el edificio que vio escribir las tardes de toros a Don Vicente Zabala, que no supo que su hijo, Zabala de la Serna, le miraba desde niño para contarlas aún mejor que su padre en este tiempo en el que se cancela lo que no se comprende.
Una trattoria familiar y deliciosa, Tu Pasta, suma y sigue con esa oferta culinaria que hace de Menéndez Pelayo la milla de oro del mantel y el grifo en barra. Siguiendo hacia el sur, los mejores arroces de Madrid los cocina Berlanga, José Luis, y entre sus mesas igual te topas con Antonio Resines o Garci, porque son del barrio y son también de cine.
Ya no está el Pirulo cambiando cromos con los niños, pero sí un bar restaurante que reivindica su memoria. Fue a finales de los cuarenta del siglo pasado, cuando salvó la vida de una niña atropellada por un tranvía y que llevó en brazos hasta el Niño Jesús, ese hospital que sigue cuidando a todos los niños de Madrid.
Si deciden desviarse un poco de la inmensa recta de la calle, lleguen hasta Narváez, donde Rafa atiende desde hace más de 50 años y es, sin duda alguna, uno de los mejores restaurantes de Madrid y de la España entera. No existe una ensaladilla rusa mejor, como tampoco tan exquisita lonja de puerto en esta ciudad que no tiene mar porque no quiere. Miguel Ángel y Rafa están al pie del cañón de un oficio que ha convertido su Casa, en el templo al que acudir a rezar cuando se hace desde las entrañas.
Desde Reyes Magos, Menéndez Pelayo mira hacia abajo porque la cuesta no termina hasta entrevías. Allí el Retiro ya no tiene el hampa que buscaba Rafa Chirbes, y ahora las familias se ven arrolladas por violentos velociraptors que gritan «¡paso, paso!» porque corren buscando las endorfinas que antaño reportaba alguna sustancia ilegal. Es curioso porque cuando cierran el parque por el viento, los pelotones fucsias corren por las aceras con la misma ferocidad que cuando comen los leones (Wilbur Smith) y la misma antipatía hacia los peatones. Tienen prisa por dejar de correr, creo.
El barrio de Retiro en esa parte de Madrid es todo lo que somos: un bar abierto, un trozo de calle al sol, amigos y ponme otra más, que muchas veces se nos olvida que la vida es demasiado corta como para no exprimirla.
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