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EL PADRE LLANOS Y EL POZO DEL TÍO RAIMUNDO

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ DEL MANZANO

Han transcurrido cincuenta años de aquella extravagancia de un Jesuita, José Mª Llanos, que consistió en irse a vivir a una de las más deprimidas zonas de un Madrid en pleno desarrollo y en la que se ubicaban especialmente los inmigrantes nacionales procedentes de otras regiones españolas. Así se fue formando el Pozo del Tío Raimundo con una población que se construía sus propias casas -chabolas- ante la imposibilidad del Ayuntamiento de poderles ofrecer viviendas más dignas y ante la insistencia de los que allí se iban a vivir, de construirse sus casas, superando la prohibición municipal de construir sin la autorización pertinente. Tampoco desde la competencia municipal se tenían suficientes elementos materiales y personales para poder atajar una inmigración que, poco a poco, pero de modo muy constante, iba rompiendo los estrechos límites de unos planes de urbanismo que no habían previsto una demanda tan desproporcionada de viviendas. En ese enfrentamiento autoridad-vecino inmigrante, estos últimos encontraron una ayuda importante e imprevista.

Un jesuita, de honda conciencia social, abandona su natural y acomodada residencia por una de aquellas insalubres, pequeñas e ilegales chabolas, que albergaban a la inmigración llegada a Madrid con deseos de cambiar la vida rural por una mejor en la gran ciudad. Pero José Mª Llanos no se fue solo, porque fueron -fuimos- muchos universitarios, los que quisimos acompañarle en aquella aventura. Unos de forma más estable, viviendo la experiencia de modo continuado y otros, entre los que yo me encontré, acompañándole solo en largos fines de semana.

Llegábamos, terminadas las clases en la universidad, para colaborar en la construcción -ilegal; por cierto ¿quién me iba a decir a mí que empecé mi contacto con el Ayuntamiento de Madrid, desobedeciendo sus normas?-. Los que procedíamos de estudios universitarios de Humanidades, alejados, por tanto, de la técnica, no éramos demasiado diestros en nuestro quehacer y por eso nos encomendaban labores de escasa relevancia técnica. Es decir trabajábamos de lo que entonces se denominaban peones de la construcción.

Acarreábamos el material, lo transportábamos en carretillas y mezclábamos -no demasiado bien- el cemento y la arena. En alguna ocasión -ya más avezados- nos atrevíamos a levantar los muros de la chabola, aunque, tampoco debíamos ser muy diestros puesto que recuerdo que en la mitad de la construcción de un muro lateral vino otro compañero -pero de la Escuela de Arquitectura- que nos preguntó con ironía si sabíamos lo que era una plomada y un nivel. Venía a cuento dicho interrogante porque el muro que levantamos tenía una ligera inclinación de un 30 % y según la ortodoxia constructiva parece que eso no es muy adecuado.

Pero, con independencia de las muchas anécdotas allí vividas -y que suponía un enriquecimiento de nuestra propia vida- lo importante era ver como el Padre Llanos se transformaba día a día en una referencia auténtica del Evangelio. Su ejemplo nos daba ánimos para continuar el trabajo pero sobre todo ofrecía a los inmigrantes la cara real de la preocupación por el prójimo. Tan de lleno se metió en la forma de vida de aquellas gentes, tan faltas de todo y necesitadas de tanto, que poco a poco fue transcendiendo en la sociedad madrileña y española el rumor de que el Padre Llanos era comunista. Y así fue en realidad, sin abandonar su espíritu cristiano compartía, como uno más, las penurias de aquellas gentes en verdadero espíritu comunitario. Llegó incluso a hacerse con un carnet del Partido Comunista, pero sin renunciar a ninguno de los principios esenciales del Evangelio, que nadie mejor que él supo interpretar.

Tenía yo desde mi época de alumno del Colegio Areneros -Jesuitas- una pequeña publicación del Padre José Mª Llanos sobre la Novena a La Inmaculada, y era la única referencia que conocía de este Jesuita. Cuando acudí al Pozo, encontré a un hombre lleno de vitalidad que trabajaba personalmente en la construcción de aquellas pequeñas casas y que a su vez nos alentaba a comprender y compartir la situación de los marginados por la sociedad. Me sorprendía ver que aquel que yo conociera a través de unas líneas muy espirituales dedicadas a Nuestra Señora se enfrentase tan directamente con la realidad social. Combinaba perfectamente su espiritualidad con una clara conciencia social que le urgía estar con los más necesitados y esa inquietud nos la contagiaba a todos.

Recuerdo que ya pasados muchos años de aquella experiencia mía, pero que José Mª Llanos continuaba, me entrevistaba en una de sus visitas a Madrid con el Padre General de la Compañía de Jesús -el Padre Kolvenbach- que venía de visitar el Pozo del Tío Raimundo y había hablado con José Mª Llanos y me dijo: «Vengo de conocer a los dos Padres Llanos, el compañero nuestro; el Santo y el Comunista».

El Pozo ya no tiene chabolas, su urbanización ha mejorado notablemente, y no quise olvidar en mi época de Alcalde de la Ciudad, las necesarias mejoras de esa zona de Madrid, pero esta vez, respetando las normas... y mejorando enormemente su entorno y la calidad de vida de los allí residentes. Cuando ya anciano, y viviendo en la residencia que los Jesuitas tienen en Alcalá de Henares, a la que costó llevar al Padre Llanos, éste muere, la conmoción en el Pozo fue tremenda.

Se quiso llevar su cadáver al Centro Cultural del Distrito pero, los Jesuitas, con razón, solicitaron la instalación de la Capilla Ardiente en la Iglesia -la suya- que hay en el barrio y así lo entendí yo, como Alcalde, que debía ser. Desde allí se produjo el traslado al Panteón que los Jesuitas tienen en el Cementerio de San Isidro y tanto la estancia en la Capilla Ardiente como el entierro fue una extraordinaria y masiva demostración de gratitud a quien durante años fue compañero, Sacerdote y verdadero padre de los madrileños más desfavorecidos.

Para mí no será fácil olvidar a quien, en mi época universitaria, me ayudo a comprender mejor el mensaje Evangélico. No lo olvidé el día en que se votó otorgarle la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Madrid y no quiero olvidarlo en esta sociedad tan alejada -cada día más- de los verdaderos valores de la convivencia: la libertad, el ocuparse del prójimo y el ser útil a la sociedad.

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