El garabato del torreón
Disparos anónimos
¿Quién fue el autor de los disparos? Silencio sepulcral, ni siquiera el velo misericordioso de las iniciales
El otro día hubo disparos en un barrio de la ciudad de Lugo. Pasaban unos minutos de las diez de la noche. Un herido. Se produjo la lógica alarma entre los vecinos. Apareció algún coche patrulla de la Policía. Se produjo la detención del autor ... de los disparos. Se procedió al consabido trámite de identificación, traslado a comisaría y comparecencia ante el juez, todo muy legal, muy reglamentario y por su orden.
Pero es hoy la fecha en que los lucenses, sean consumidores de prensa escrita, de radio o de medios digitales, desconocen al menos dos datos esenciales de la información, dos respuestas a otras tantas preguntas de las cinco que antaño, hace ya muchos años (tantos, como que yo era joven, diría Alarcón), se llamaba el paradigma de Lasswell. Los medios no han dado respuesta informativa al primero de los interrogantes de la famosa fórmula periodística: ¿Quién fue el autor de los disparos? Silencio sepulcral. Esta vez, ni siquiera el velo misericordioso de las iniciales.
Anonimato, ocultación de datos y hasta escamoteo de referencias que puedan orientar al lector aleccionado, empieza a ser entre nosotros seriamente preocupante. La censura impuesta por los lobbies de la corrección política (la negritud, la feminitud, la animalitud, la sexitud, la gitanitud, la inmigritud) deja en pañales a los catones franquistas, los cuales, al menos tenían la vergüenza (o la desvergüenza) de no disimular ni sus funciones ni sus convicciones. Aquellos aduaneros, por lo menos, querían salvarnos el alma y libranos del TOP (queridos pequeñines: en España hubo una jurisdicción que respondía al marbete de Tribunal de Orden Público), mientras que los interventores actuales sólo buscan el bien propio, es decir, no herir la sensibilidad de cualquier grupo zoológico susceptible de dejarse robar el voto. Hay, pues, que contentar a todos. Aunque sea a costa de la libertad informativa, esa que, hace años, habíamos quedado en que era un bien inseparable de las democracias. «Prefiero una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila». ¿Os acordáis de María Zambrano, chiquitines?
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