David Frontela - Vía Pulchritudinis
Dignidad
Los ganaderos lloran por el dinero -como todos- pero, sobre todo, porque no les quiten la dignidad

El otro día, gracias al privilegiado oficio del periodismo, pude entrevistar a una docena de tipos duros, de esos que si los ves en una película con John Wayne no te extraña porque gastan una planta de esas que la gente se da la vuelta ... para mirar en un centro comercial aunque esté repleto de instagramers e influencers.
El peso del mundo soportado sobre unos hombros de los de verdad, de los que no han pasado nunca por un gimnasio. El bronceado de estar a la intemperie sin necesidad de rayos UVA, las manos rudas de los modelos de Armani pero a base de azada y una mirada melancólica de cantante de country en la Ruta 66 pero no de recordar a Kenny Rogers si no de pensar en el futuro que les aguarda. La barba hipster a ellos no les sale en la peluquería sino de haber empezado a currar al amanecer para al ya mediodía eclipsar a Shia Lebouf. Eran ganaderos de Ávila, Valladolid, León, Burgos… tíos como castillos a los que si les pisas el acelerador acaban soltando una lagrimita porque las todopoderosas industrias y la distribución les sacan las entretelas por vivir en un pueblo sin wifi y ser sólo unos pocos. Vamos, igualito que a los indios del Amazonas pero en la Moraña.
La primera pregunta de la entrevista era bien sencilla y un tanto ‘teledirigida’ «¿De qué estás harto?» Yo esperaba una avalancha de críticas a quienes les pagan por debajo de sus costes de producción, contra quienes son incapaces de entender que a ellos la mirada melancólica les viene de no haber dormido porque un parto venía «atravesado». Sin embargo, ninguno lloró por estar empeñado sino porque la gente les dice a sus hijos que sus padres son maltratadores de animales, que las vacas contaminan y la retahíla entera de acusaciones de ecologistas capitalinos que se han hecho cridívoros y, paradójicamente, dicen comprar sólo «producto de proximidad». Alguien que ayuda a parir a una vaca y pone del dinero de sus hijos para que sus animales no se mueran es precisamente a quien llaman «cavernícola insensible con las mascotas». Los ganaderos lloran por el dinero -como todos- pero, sobre todo, porque no les quiten la dignidad. Bendito oficio el de periodista.
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