Cultura
Centenario de Pablo García Baena | La Córdoba eterna del antiguo muchacho
La ciudad marcó su descubrimiento de la poesía y del arte y el recuerdo de sus primeros años jamás lo abandonó
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«Decidme donde tengo aquel niño con el cuello sujeto de bufandas», esdcribió en ‘ Antiguo muchacho ’. «No había más belleza en este mundo», dijo de su ciudad de Córdoba en un canto que era a la vez de amor y de sufrimiento por ... cómo perdía su patrimonio y su esencia.
Este martes 29 de junio habrá pasado un siglo exacto desde el día en que nació el poeta Pablo García Baena y no ha dado tiempo a que sus pasos se hayan apagado todavía, ni se ha extinguido la voz que sonó lúcida y clara, las eses sin complejos con que hablaba y leía sus versos, porque hace menos de tres años y medio que se marchó, con 96 cumplidos y todavía en plena actividad.
El 29 de junio de 2021 muchos pensarán en aquel mismo día de 1921 y en los años siguientes, cuando el niño Pablo García Baena despertaba a la vida, se enamoraba de las letras y de las artes y bebía a sorbos ávidos el conocimiento del alma de su ciudad. Mucho antes de los grandes premios y de la revista ‘Cántico’ hubo un joven que descubría cosas que le asombraban.
Para muchos, el patio de la casa número 6 de la calle Parras es el suyo. Es uno de los más premiados del concurso con sus galerías antiguas de madera, la esparraguera , el limonero y el bolo antiguo en torno al pozo.
En esa casa que entonces llevaba el número 11, la familia que habían formado Antonio García García y Dolores Baena Campos vio nacer al cuarto y último hijo de los que sobrevivieron a la infancia, aquel 29 de junio de 2021. Lo inscribieron en el Registro Civil como Rafael y lo bautizaron el 11 de septiembre en la parroquia de San Andrés , con el nombre de Rafael de San Pedro y San Pablo, porque había nacido en el día en que la iglesia celebra la fiesta de los dos apóstoles.
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Era Córdoba entonces una ciudad de unos 73.000 habitantes que empezaba a despertar de una época de largo sueño. Los viajeros románticos que habían admirado la Mezquita-Catedral y que se habían fijado en su carácter único habían encontrado en cambio una ciudad de calles desiertas y de muy poca vida, con habitantes que, como dijo Teophile Gautier, parecían fantasmas . En 1900 en Córdoba vivían 58.000 personas y la escalada siguió por aquellos años: en 1940, cuando el poeta tenía veinte años, la ciudad había doblado la población.
En una entrevista con el también poeta Eduardo García hablaba con cariño de aquellos años: «Creo que fui un niño feliz . Mi familia me adoraba. Me llevaba veinte años con mi hermano mayor y era un poco el muñeco de todos los hermanos. Fui un niño peligrosamente mimado». Su vida transcurría en aquella casa de la calle Parras, en ese barrio entre feligresías que los cordobeses llamaban de San Agustín, y las de su familia, que estaba muy unida.
Pasó por varios colegios, pero nunca llegó a la Universidad. La cultura la aprendió en las bibliotecas, tertulias y conciertos
Vivía rodeado por el arte : su tío abuelo lo llevaba a conciertos, su padre había sido tallista, su abuelo leía constantemente y su hermano dibujaba muy bien. Él iba a los actos culturales ya desde niño y no tardó en llegar también al cine, que aquellos años era una novedad.
Sus huellas están a la vista muy cerca de aquella primera casa, en el colegio público Hermanos López Diéguez , al que entró con seis años y al que regresó después muchas veces como visitante ilustre. «Fue el colegio de mi vida», contó en una entrevista a ABC en que explicó que antes de llegar a las aulas ya conocía las letras: «Mi hermano Antonio, que era aparejador, me hizo unos cartoncitos con letras con los que jugaba y ponía palabras. Silla, conejo, lo que me parecía. No sabía leer, pero sí poner las letras en su sitio». Por aquel entonces se mudó con su familia a la calle Juan Rufo.
-k2PE-U402615600862wKB-510x540@abc.jpg)
Como recuerda Felipe Muriel, editor de la antología que publicó la editorial Cátedra, en 1933 aprobó el examen de ingreso en el Colegio Francés que estaba en la plaza llamada entonces de las Dueñas, a pocos metros de la que al cabo de los años sería su última casa. Cerró en 1936, y el adolescente llamado entonces Rafael García Baena pasó al colegio Cervantes , que los maristas tenían entonces en la plaza de la Compañía y luego a la Asunción, el actual instituto Góngora.
Al niño y adolescente la fascinaba lo que veía. A la calle Armas , que va desde el Potro hasta la Corredera, le dedicó uno de los poemas, en que contaba su actividad. «Tenía mucha vida, todas las casas estaban llenas de pequeñas tiendas . Uno de los regalos más bonitos que me han hecho es dos candeleros de madera que me regaló el hijo del tornero de la calle de armas, tallados por su padre, porque yo lo nombro en el poema. Y todavía quedan algunos. Falta la animación de aquel tiempo, que iba desde vender los aparatos propios para labranza , o la tienda de especias, de alhucemas, una pequeña confitería, ese mundo tan especial de la calle de Armas», recordaba. San Agustín era distinto, con sus carnicerías y con los vendedores de hortalizas ofreciendo a gritos la mercancia.
En San Cayetano conoció la belleza del rito católico, que se fundía con la huella de San Juan de la Cruz, el poeta al que más admiró
En sus primeros textos, como los que dedicó a su amiga Josefina Liébana , firmaba como Rafael García Baena, con su nombre. En 1941, recuerda su sobrino Luis Ortiz García, ya era Pablo. «Parece que le gustaba más el nombre del apóstol, porque él nació ese día. Tenía alguna aversión al nombre de Rafael, porque lo había llevado una hermana suya que murió con menos de dos años», relata. Para Rafael Cantueso, Ginés Liébana y los demás de Cántico, empezando por Juan Bernier, ya era Pablo. No en la familia. «Para nosotros era el tío Fali», cuenta.
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Juana Castro lo definió como un niño perdido por los templos de Córdoba. Se sintió fascinado por la liturgia y la religiosidad popular y bajo ese gusto por la estética siempre hubo una persona creyente. También recordaba cuándo lo descubrió: «Teníamos un profesor de Literatura en el instituto, don José Manuel Camacho Padilla, que cuando nos explicaba a Santa Teresa y San Juan de la Cruz nos decía que fuéramos a San Cayetano los sábados . No creo que nadie fuera, pero yo sí fui, y quedé para siempre prendido. Me gustaba verlos con las velas, salir de la clausura y cantar en gregoriano a la Virgen. El rito es lo que más liga, sobre todo a los andaluces». Allí encontraba también a San Juan de la Cruz , el poeta al que más admiró.
No fue un estudiante destacado, y así lo reconoció alguna vez, sobre todo cuando, al final de su vida las Universidades, que nunca pisó, lo nombraron doctor ‘honoris causa’ . Completó su formación de Historia del Arte y Dibujo Artístico en la Escuela de Artes y Oficios, pero sobre todo abriendo los ojos y paseando por la ciudad.
-k2PE--510x349@abc.jpg)
Su universidad fue la Biblioteca Provincial , que entonces estaba entre Capitulares y Pedro López. «Me he pasado la vida en las bibliotecas», confesó al hablar de esos años que forjaron a un hombre de amplia cultura y vocabulario interminable. Allí, cuenta Felipe Muriel, conoció en 1940 Juan Bernier, que le regaló un libro de Juan Ramón Jiménez , le mostró a Proust y Luis Cernuda , y lo llevó a la tertulia del profesor Carlos López de Rozas, que aumentó con la música su pasión por el arte. Allí estaba ya Ricardo Molina.
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La revista ‘Cántico’ no llegó hasta 1947, pero los suyos y sobre todo el espíritu ya estaban para entonces en las tabernas, en el Palacio del Cinematógrafo que hizo inmortal en un poema y en la Sierra que los vieron reunirse y charlar por aquellos años. Llegó luego la carrera de poeta y una larga vida que siempre miró a Córdoba y aquella infancia . Lo resumió en ‘El puesto de leche’ , que recreaba una tienda de la calle Parras: «Así vosotros florecéis de nuevo en mi caída noche / patio, portal, compás angosto bajo la acacia rosa / y esa sombra que ronda vuestro hastío melancólico / vuestro olvido humeante, atardecer de niebla, / fugaz, por un momento, detiene el paso y mira».
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