EL NORTE DEL SUR
ESA MESA EN LA ACERA
Los veladores suelen ser la versión urbana y primaveral de las parcelas ilegales
El periódico se le cayó de las manos al vecino. Que el Ayuntamiento le iba a pedir una declaración responsable a los dueños de los bares que colocan veladores allí donde la acera deja un hueco, decía la noticia. Puestos a tener ideas podríamos proponer que los propietarios de las parcelas con menos papeles que una liebre, que las hay a manojitos, cumplimentaran un documento mediante el que se comprometieran a respetar el medio ambiente y el PGOU. O que los titulares de esas tiendas tan aseadas de la Judería estamparan su sello en un formulario oficial que detallara todas y cada una de las reglas que establece el Plan del Casco. La manga ancha es lo que tiene, que dispara la imaginación para dejarlo todo como está o si acaso empeorarlo.
Es verdad que el alcalde ha matizado sus planes acerca de la ordenación de las mesas y las sillas de los locales de restauración en la calle, pero la sensación que dejan sus declaraciones es que ha dado la batalla por perdida. Porque lo está. Esa guerra no la va a ganar. Ni él ni nadie. El personal seguirá haciendo lo que le venga en gana, que es lo siguiente: convertir la placita de enfrente en una sucursal al aire libre de la barra interior tenga uno licencia o no y si viene la Poli porque algún vecino coñazo llame diciendo que no puede dormir la siesta pues el pequeño empresario tirará de catálogo, que verás como cuela. «Agente, que llevé los papeles a Urbanismo la temporada pasada, sabe usted, y no me han respondido. Y no me diga que no es una triste guasa amargarle el aperitivo a estas criaturas que vienen de trabajar y se paran al solecito del bar a darse un descanso. Por no hablar de los puestos de trabajo que estoy creando en mi negocio gracias al movimiento de la terraza».
La autoridad municipal está atada de pies y manos. No tiene nada que hacer. Los veladores son en ocasiones la versión urbana y primaveral de las parcelas ilegales: se rigen por el mismo principio que transforma el espacio público en privado. Y sus beneficiarios son intocables. Ay de quien se atreva a plantarles cara. Los parroquianos protestarán y tildarán al Ayuntamiento de sieso, de querer convertir Córdoba en una de esas aburridas ciudades centroeuropeas en las que los horarios nocturnos se observan a rajatabla: en ellas resulta prodigioso contemplar que por muy beodo que esté un grupo de amigos y por mucho que grite en el interior del establecimiento luego guarda un silencio de cementerio cuando sale al exterior a echar un pitillo (un cartel suele informar en la puerta del local de la ley que protege el descanso de los vecinos y de las infracciones a las que uno se expone si la infringe). Y los dueños de los bares combatirán el celo del Consistorio con la consabida teoría de las pobrecitas criaturas: «Está la cosa como para ponerse borde con las normas: y luego se quejan de que hay paro… Si lo que nosotros estamos haciendo es crear riqueza. Tanta ley ni tanta ley. Lo que yo te diga, una triste guasa».
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