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El repaso: Patada a Rato

Todo el socialismo va contra Rato. Zapatero incluido. En la primera escaramuza tras la dimisión de Pilar Valiente se ha apreciado, como siempre, un diferente estilo, que no estrategia distinta, en las declaraciones de los dirigentes. También como siempre, el bueno y el malo: uno, a cara descubierta; el otro, bondadosa, casi desmayadamente. Pero Zapatero y Caldera son la misma cosa; eso no engaña más que a los que así lo quieren. Montoro es caza menor; Rato, de la más grande. El PSOE intentará cubrirle de berzas y residuos. Todo eso se sabe, pero ¿y Rato en su propio partido? Hay de todo, la verdad. Hay quienes aún no le perdonan que hace un año se descolgara la carrera por la sucesión; otros, que le deben todo y que temen que una salida que, ojo, no se va a producir, les deje sin prebendas, y unos terceros, los menos, a los que les importa un bledo que el vicepresidente deje de mandar. Uno menos en la pista.

Es pronto para decir que esta peripecia en la que se encuentra Rato sea confirmación de aquel viejo adagio que decía: «En política hay contrarios, rivales y enemigos irreconciliables; bien, éstos se encuentran en el propio partido». En todo caso, Rato debe recordar el aserto y comprobar cómo en la urdimbre que puede denominarse el «universo popular» moran los que más se refieren estos días a las «responsabilidades políticas del vicepresidente». Probablemente, como de común en la vida, son los que más favores le deben. Hecha esta apreciación conviene, sin embargo, formular alguna otra en forma de preguntas: ¿por qué se ha dado por cierta, sin más, la casposa agenda de la Giménez-Reyna?, ¿nadie ha podido pensar que los textos de citas pueden haber sido construidos «a posteriori»? ¿cómo se explica que la encarcelada no retirara una prenda tan íntima, tan comprometedora, en el mismo instante en que empezó a ser investigada? Añadamos una obviedad: que dar valor de certeza a los apuntes de una mujer que tanto ha mentido, es, por lo menos, una temeridad. Y si aceptamos estas probabilidades, ¿cómo fundar en ellas la «inevitable implicación» (sic) de Rodrigo Rato?

El sacrificio político de Rato sería el estallido de un obús en la línea de flotación del Gobierno. Esto podrían saberlo los que, desde dentro, también conspiran contra él. Los socialistas lo saben y están en su derecho de utilizar todas las armas que tan a gusto usan en estas situaciones. Rato no cometió error alguno en el nombramiento de Valiente, uno de los técnicos fiscales más probos del país. La equivocación general es no haber entrado aún en el proceloso sistema financiero español en el que aún caben los golfos de Gescartera. Los que ahora quieren una víctima saben que una patada en el tafanario de Rato va directamente contra Aznar.

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