El plan B de Gallardón

Seis de la tarde del viernes 2 de octubre en la lluviosa Copenhague. Una marea de chaquetas oliva sube las escaleras del Bella Center a codazos para someterse a la ruleta rusa del COI. Gallardón y Zapatero son llevados casi en volandas. El subidón ayuda a coronar los peldaños. Una hora después, la bala ha roto el corazón de Madrid. Mismo sitio, misma lluvia, mismas escaleras. Ahora quien baja es sólo un chaqueta oliva, apellidado Ruiz-Gallardón Jiménez. Ya no hay codazos, ni sonrisas, ni espaldarazos. El alcalde desciende cabizbajo y tan sólo le aguardan su esposa, Mar Utrera, y su jefa de Prensa, Marisa González. Toda una metáfora de la soledad de quien apostó las pestañas por Madrid 2016.
«Si un defecto tiene el jefe es que no sabe prepararse para los golpes y lo ha demostrado. Estará mal porque se estudia poco el Plan B, pero no se irá. Eso es lo último». Quien así habla es un estrechísimo amigo de Gallardón que le augura un periodo de crisis -a pesar de la honrosa derrota- pero sin consecuencias para su horizonte político.
Y es que no fue casual que durante una cena a mediados de junio mano a mano con Mariano Rajoy se comprometiera ante su líder a continuar en la Alcaldía. El presidente popular, conocedor del carácter ciclotímico de su interlocutor, quiso amarrar la decisión antes de que el COI repartiera suerte. No obstante, Génova no pudo evitar que Gallardón se dejara, pasado el verano, todas las puertas abiertas: en septiembre, y ante los micrófonos de la Cope, se declaró, cual Gary Cooper, único responsable del fiasco para poco después depositar la última palabra en los electores, excluyendo hasta su propia voluntad. Buen remiendo para un roto y, por si acaso, también para un descosido.
Pero a pesar de sus titubeos públicos, la cúpula del PP no alberga dudas de que el regidor no dimitirá. Su secretaria general, María Dolores de Cospedal, lo tiene claro: «Va a seguir; y después de las elecciones, Dios dirá», asegura a ABC. Pero, ¿y si el Ayuntamiento le aburre?, le espeta esta periodista. «¿Cómo le va a aburrir Madrid? Dirigir la capital de España es mucho más apasionante que irse a un Ministerio». No da puntada sin hilo Cospedal, sabedora de que el alcalde tiene una última bala en la recámara: hacer las maletas tras ganar en 2011 para sentarse, si las urnas favorecen al PP un año después, en un Consejo de Ministros presidido por Rajoy.
Eterno aspirante
Sin embargo, hay algo, a decir de un concejal, en lo que Cospedal yerra: el alcalde sí está aburrido, «pero de pelearse con Esperanza». «Dos no se pelean si uno no quiere. Y yo no quiero», sostiene el regidor y refrenda una persona de su entorno: «Está muy harto de bregar con la Comunidad. Eso sí le tiene machacado y es lo único que le haría replantearse su futuro». Incluso dentro del gobierno municipal se va más allá: si Gallardón renunciara a encabezar la lista de 2011, una buena candidata sería Esperanza Aguirre, «a la que no le amarga en absoluto ese dulce, tras ocho años en la Comunidad». Pero no parece que el alcalde esté por la labor de facilitar esa sucesión. «Con Rajoy ha pactado -revela la misma fuente- presentarse, facilitar el triunfo y, si llega el caso, dejar a alguien de su lista». Quizá Ana Botella.
No obstante, el dirigente madrileño sabe que la campaña contra su futuro político está ya en el horno. Demasiados enemigos sentados a la mesa. Si algo dan por descontado en el entorno del alcalde es que se extenderá la especie de que el patinazo es fruto de su mala gestión o de su oceánica ambición. Incluso algunos se malician que la munición podría provenir de ese fuego amigo «empeñado en que deje de ser eterno aspirante a no se sabe qué».
Y, además, los hechos son tozudos. Tras la victoria del PP en las europeas y en Galicia, Rajoy se ha convertido en líder indiscutible. Se acabaron los debates sucesorios. Y a Gallardón le preocupan esos diez meses -toda una vida en política- que hay entre las municipales (mayo de 2011) y las generales (marzo de 2012). Y ahí está la clave. ¿Podría estar un año sin un cargo público? ¿Volvería a enfundarse la toga de fiscal en la Audiencia Provincial de Málaga? La respuesta de todos los que le conocen es «no». Un amigo y antecesor en la Comunidad, Joaquín Leguina, le «comprende»: «No debe dimitir. Si se hace una apuesta importante hay que darlo todo y no pensar en el Plan B, eso es ponerse en lo peor».
Los asesores municipales ya tienen preparadas las atenuantes. El fracaso olímpico no es sólo de una persona, sino de un «colectivo», porque esta vez, aclaran, el regidor se ha hecho arropar por todo el arco parlamentario pero especialmente por dos de sus enemigos indiscutibles. De un lado, el rival de su partido, Rodríguez Zapatero, y, de otro, su adversaria doméstica, Esperanza Aguirre. Pertrechado a izquierda y derecha.
Más desencantos
Este, no obstante, no es su primer desencanto y a todos ha sobrevivido desde que en 1977, y en pantalón corto, acompañara a su padre, José María Ruiz-Gallardón, a registrar la antigua AP. Ya sobrevivió el 7 de julio de 2002, cuando Aznar le envió al Ayuntamiento perdiendo en el camino chorros de poder; también el 13 de octubre de 2004, tras su batalla contra Aguirre por el PP regional, que le iba a procurar la noche más triste de su carrera ante más de 300 compañeros; o en mayo de 2007, cuando Sebastián, ante millones de espectadores de TVE, le propinó un golpe bajo al relacionarle con una imputada del «caso Malaya» o, finalmente, en el frío enero de 2004 cuando recogió los restos del naufragio provocado por Rajoy al dejarle fuera de su lista. «Gallardón es un superviviente», remata un edil.
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