El cortejo de la avutarda
Casado y Rivera no se creyeron el guion teatral de Sánchez ni sus imposturas
Investidura de Pedro Sánchez y votación: últimas noticias en directo

Si para el español medio hay algún castigo mayor que asistir a una investidura, solo puede ser el de asistir a una investidura con dos horas de discurso presidencial a cuarenta grados de plomo, densidad dialéctica y utopía de un progresismo sobreactuado en busca de ... un Gobierno incierto. Los finales de julio en el Congreso siempre se salvaron con el tedio de una Diputación Permanente anodina, con un trámite de «pim pam pum» parlamentario desganado , con cuatro palmaditas en la espalda entre diputados prevacacionales, y con dos cigarros en el patio del Congreso… Y a seguir con las virtudes del estío. Pero este julio, España está en lo que Albert Rivera bautizó como la «habitación del pánico».
Por eso, el discurso de Pedro Sánchez carecía de relevancia frente a lo mollar, frente a lo único que ayer generaba interés en el Congreso, y que alguien bautizó como el «cortejo de la avutarda». Exigir la abstención de PP y Ciudadanos y culparles abiertamente de unas posibles nuevas elecciones , mientras a la vez ordena a su equipo negociar en secreto un gobierno de coalición con Podemos, solo puede entenderse desde la imposible descodificación de una mecánica intelectual «made in Sánchez». Su virtuosismo en la estrategia del desconcierto, su capacidad innata para generar confusión y su amor por el embrollo político han llegado a tal punto de perfección que el efecto logrado por Sánchez fue que Pablo Casado y Albert Rivera asumieran la trampa dialéctica con un asombro incrédulo, y que la perplejidad del equipo de Pablo Iglesias aumentara en idéntica proporción a como lo hacía la temperatura fuera del hemiciclo.
La avutarda es un ave peculiar . Resulta que en primavera los machos de la especie ingieren hasta la indigestión escarabajos de color verde metalizado a modo de medicamento hormonal y «doping» sexual. Las hembras eligen al macho con el plumaje más llamativo, pero también saben detectar al más sano gracias al brillo del plumaje, que anuncia la ausencia de bacterias dañinas en su organismo. En eso consiste el cortejo. Hay quien sostiene que Sánchez e Iglesias andan igual. Persiguiéndose, oteándose, midiéndose, rodeándose y mirándose entre gorjeos indescifrables hasta la consumación, que además dura poco. Cuestión de segundos. El jueves, en segunda votación, con seguridad, porque nadie apostaba ayer en el hemiciclo por nuevos comicios. Ya prometió Sánchez «una sociedad de libres e iguales en armonía con la naturaleza». ¿Quién podría resistirse a semejante tentación?
Sánchez se puso en modo anestesista haciendo creer al español durmiente que con él vivirá en una arcadia feliz, mientras Iglesias agriaba el gesto y su entorno cultivaba los pasillos la tesis de que tanto gesto al PP, y tanto gesto a Ciudadanos en busca de sus votos «constitucionalistas», solo podía ser interpretado como una negativa del PSOE a la coalición con Podemos . Que la cosa no iba. Que se había enfriado. Que Sánchez se había adueñado sin permiso de su patrimonio intelectual, de las kellys, de los riders, de la igualdad real, de las jaurías y las manadas feminicidas... «¿Qué margen nos deja? ¿El de un florero decorativo?», se decían fingiendo una extraña perplejidad. Es imposible detectar hasta dónde alcanza la dosis de teatralidad vivida ayer. Sánchez lee la prensa y se emociona con estudiantes de buenas notas que en vez de ingenieros quieren ser artistas, con jubilados en afán de superación existencial que obtienen el graduado escolar porque en su día no pudieron, con millones de niños desnutridos en España (sic). Emoción de candidato. E Iglesias despacha en diez minutos de desdén aparente a un PSOE que les toma el pelo. O la coleta. Iglesias es esa avutarda remolona que simula no dejarse. Pero cederá.
Casado y Rivera no se creyeron el guion teatral de Sánchez. Ni su cúmulo de imposturas. Porque el poder es el poder, y de lo que se trata es de conseguirlo. Punto. Casado lo hizo recordándole su incoherencia política y preguntándole a qué acude al Congreso si no es a pedir amparo y buscar coartadas con las que pactar después con partidos separatistas, e incluso con Bildu . Y Rivera lo hizo denunciando a la «banda» de liquidadores de la nación que rodea al PSOE… Todo, con esa innata capacidad dialéctica capaz de ametrallar con las palabras. Pero también con ese exceso de vinagre en la ensalada que agría demasiado a uno. A veces parece que si a Rivera le tocase la bonoloto, también le cabrearía.
En las próximas horas se sabrá si esta es la investidura de un postureo excelso en los bancos de la izquierda, y si el Gobierno naciente es el de una cesión coaligada al populismo que pretendía tomar el cielo por asalto y se bautizó en el hemiciclo arrojando cal sobre un escaño del PSOE. Por momentos, Sánchez ponía en su escaño la carita de aquel Tsipras triunfante que se comía Grecia con los números falsos de Varoufakis, y por momentos, la de una Theresa May impotente a la que costaba arrancar aplausos de su propia bancada. Investidura, en fin, de estío en un julio atosigante. Toca pasar calor entre la densa estela de la economía circular, la sostenibilidad, la transición ecológica o la reconstrucción del estado del bienestar… y las máscaras de una tragedia teatral a la griega mientras la avutarda se aparea. ¿Que no?
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