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La condesa de Bureta

Brava mujer y ciento por ciento patriota, la condesa de Bureta resistió, peleó y aguantó en el sitio de Zaragoza y nunca quiso aceptar la capitulación. Como que dicen que dejó de hablar a su esposo

Brava mujer y ciento por ciento patriota, la condesa de Bureta resistió, peleó y aguantó en el sitio de Zaragoza y nunca quiso aceptar la capitulación. Como que dicen que dejó de hablar a su esposo cuando éste le razonó que lo prudente era desistir. Gran señora, igual hacía bajar viejos muebles de su casa para construir barricadas que auxiliaba a los heridos y los conducía al hospital

En viéndolas, se hubiera podido decir que lo que más preocupaba a las mujeres que veían trajinar a doña Consolación Azlor y Villavicencio, condesa viuda de Bureta, era que se manchara los preciosos trajes que llevaba, ya fuera de sangre, ya fuera de negro polvo en aquella locura que se había desatado muros adentro de la ciudad de Zaragoza, sitiada por los franceses de días ha. Y, pese a que siempre la habían admirado por su elegancia y dulce rostro, era que, ocurriera la desgracia que fuere -que para desdicha de todos, no había otra cosa-, no le quitaban el ojo de encima, lamentando lo del traje. Ignoraban, por supuesto, que la dama se había aviado con el más viejo de su ropero, con el que tenía un desgarro en un costado y llevaba una mancha imposible de quitar; pero es que siempre se habían quedado embobadas ante su indumentaria, ante aquellos vestidos livianos, de amplio escote, que ellas nunca podrían llevar en razón de que eran mujeres del pueblo y de escasos recursos.

Y eso que, ya estuvieran en una fortificación llevando el botijo a los soldados o haciendo correr una bota de aguardiente o repartiendo el rancho o levantando cadáveres para depositarlos en carros y llevarlos a enterrar en los fosales de las iglesias o espantadas ante tal desastre o tal otro, cuando se detenían para descansar un poco o levantaban la mirada, veían a la condesa ir y venir, mandar y ordenar como si fuera un general, la veían sí, pero en lo que más se fijaban era en su hermoso vestido ensangrentado.

Mismamente como la saya y la camisa de cualquiera de ellas sobre todo en aquel desdichado día 27 de junio de 1808 en el que había explosionado el edificio del Seminario, no a causa de las bombas francesas, no, ¡a causa de la desidia de un español! Pues que las autoridades habían decidido trasladar la pólvora que se guardaba en el dicho lugar -por no tenerla toda junta- y fue que se produjo una enorme tragedia en la que toda una manzana de casas voló por los aires con sus moradores dentro y llevándose además a los que transitaban por allí. No por azar ni menos por un cúmulo de casualidades, no, fue por el descuido de un trabajador -tal se contaba por allá- que estaba sacando barriles llenos de explosivo del lugar y subiéndolos en carros para trasladarlos a donde fuere, y el sujeto -mejor no mentar su nombre- llevaba un cigarro encendido en la boca, un puro de los llamados cucaracheros -nada tiene que ver que fuera malo o fina labor de la isla de Cuba-, y fue que el tonelico tenía una rendija y que al tipo se le cayó la ceniza y fue a entrar por la grieta provocando una terrible explosión, y fue que por la deflagración explosionaron todos los toneles que ya había cargado en el carro y todos los que había en otros carros -más o menos 20.000 libras de pólvora-, causando derrumbes de casas en una milla en derredor y muertes a mansalva, entre ellas la del insensato sujeto, lo que fue mejor para él pues que las gentes lo hubieran ahorcado de algún balcón que quedara en pie, sin esperar a que recibiera los sacramentos, tanto descalabro había causado su necedad.

La señora condesa de Bureta acudió de las primeras, al oír la explosión, con sus carros y, Dios ampare a todos, se puso a recoger heridos para llevarlos al hospital y dejarlos en manos de la madre Rafols para que los médicos intentaran salvarlos. Así fue y tornó a lo menos veinte veces, antes de que se hiciera de noche y, en su casa, hubo de tirar su vestido empapado de sangre, como previeron las mujeres que, obedeciendo sus órdenes, se dedicaron a buscar heridos, separar los graves de los menos graves, levantarlos del suelo, depositarlos en los carros, en el que guiaba la dama o en los que conducían sus lacayos, y esperarla con más heridos para repetir la operación.

Cuando a primeros de agosto, los enemigos bombardearon el hospital hasta derruirlo y andaban por los Cosos, la actividad de la señora condesa se puso bajo el mando de la madre Rafols y ayudó, la primera, en el desalojo de la santa casa, sin tomarse un respiro, esta vez con otro vestido negro de polvo, lo que también fue advertido por las mujeres que la vieron volver a su casa renqueando de cansancio. Y fue que no descansó, porque, como ella misma escuchaba los gritos de la francesada a 500 ó 600 varas de su palacio, optó por levantar dos barricadas en la calle de la Torre Nueva, esquina con la plaza del Mercado, donde vivía, para detener al ejército imperial o morir en el empeño -tan patriota era-, otro tanto que hacían los vecinos por otros puntos de la ciudad. Y eso que puso a sus criados -que estaban tan agotados como ella- a bajar muebles viejos y la leña de las chimeneas, dejando sólo para los fogones, y hasta libros llevó, tal aseveraron las malas lenguas, de la magnífica biblioteca de su difunto marido, don Juan Crisóstomo, Dios lo tenga con Él.

En el periodo entre los dos sitios, doña Consolación, aliviada como el resto de los zaragozanos y alegre por demás, repartió los muy buenos dineros que le envió a su nombre un general inglés que se presentó en Zaragoza, a poco de que los enemigos levantaran sus campamentos, queriendo contemplar la ruina y la desolación de la ciudad para contarla al mundo y tratar de establecer una alianza entre españoles y británicos para vencer a las águilas francesas. Y tuvo mucho trabajo pues, amén de socorrer a viudas y huérfanos hasta que se le terminaron los caudales, decidió hacer lo que llevaba en su cabeza y sobre todo en su corazón, de tiempo atrás: casarse, volver a casarse, pues había pasado el luto y su corazón latía, a momentos, desesperado. Había tenido que posponer este deseo a causa de no haber recibido la preceptiva licencia del señor rey para contraer matrimonio -necesaria pues los contrayentes eran nobles-, y luego por el asedio. Y eso que, por la mañana distribuía el dinero del inglés o se personaba en el hospital a ayudar a la madre Rafols con los enfermos, por la tarde se cosía un traje para su próxima boda y por la noche, ay, por la noche, festejaba con su amado, con don Pedro María Ric, heredero del barón de Valdeolivos en una de las rejas de las ventanas de su casa.

Así las cosas, tomados de las manos, brillantes las miradas y ardientes los corazones, los enamorados platicaban de su próximo enlace, decían de solicitarle la licencia al capitán general Palafox, primo de doña Consolación y primera autoridad del reino de Aragón, pues que el rey Fernando VII, cuya vida guarde Dios, continuaba prisionero en la Francia, y fijaban fecha para el feliz acontecimiento: el 1º de octubre próximo pues, como el resto de los zaragozanos, no dudaban de que los franceses volverían con más pertrechos y más armas a vengar la afrenta recibida, y eso, que querían unirse en matrimonio para vivir su destino juntos.

Y tal hicieron el dicho día, en la iglesia de San Carlos, a las seis de la madrugada, con el padrino, la madrina, elsacerdote y los dos hijos de la condesa, en sencilla ceremonia, sin invitados, sin banquete de bodas, en secreto, vaya su merced a saber por qué, en el mayor de los secretos, pues no descubrieron su estado hasta pasado un mes, lo que contentó a los murmuradores que algo se maliciaban por aquella alegría que ambos irradiaban por los ojos.

Para la Navidad la dama, que nunca dejó de ser llamada condesa de Bureta, pese a que pasó a ser baronesa de Valdeolivos, estaba encinta y pasándolo mal, devolviendo lo que comía y lo que no comía, peor que si fuera primeriza, o acaso era que ya no recordaba sus anteriores embarazos porque lo malo, a Dios gracias, se olvida. O acaso fuera por el disgusto que le había producido el regreso de los franceses por los mismos caminos por donde se fueron con más soldados y mejores pertrechos o por el ruido de las bombas, pues que los enemigos pronto se emplearon a fondo y, es más, trajeron una nueva táctica de sitio, pues que, establecidos los campamentos, comenzaron a cavar galerías en zigzag, a levantar parapetos para acercar la artillería por aquellos corredores y a disparar como si fueran demonios. A matar a hombres mujeres y niños, a provocar dolor, pena que se sumaba al viejo dolor pues que rara era la familia que no había perdido a varios o a alguno de sus miembros en el sitio anterior y, en este asedio, a causa de la peste que se llevaba más muertos que la guerra.

Así las cosas, con centenares de muertos sin enterrar por las calles y, apesarada porque se preguntaba quizá a qué mundo iba a venir su nuevo hijo, la condesa abortó y, cuando se recuperó, se dedicó a sus caridades. Pero, cuando, mediado febrero de 1809, su propio marido le explicó y hasta le razonó que no se podía continuar de aquel modo en razón de que no había qué comer y había más muertos que vivos, y le comentó el acuerdo a que habían llegado las autoridades con la bendición de Palafox -que se debatía entre la vida y la muerte a causa de la calentura pútrida, otro tanto que Agustina de Aragón- para capitular, ella que, a más de brava era ciento por ciento patriota y había hecho suyo lo de «vencer o morir», no dio el significado cierto a la palabra «capitulación» y clamó que aquello era una rendición, y las malas lenguas aseguraron que dejó de hablar a su esposo.

Se mantuvo terca, como buena aragonesa y, cuando los franceses ocuparon la ciudad no estuvo presente en el tedéum que se celebró en el Pilar para agradecer a Nuestra Señora el fin de la guerra. Si abrió las puertas de su casa al mariscal Lannes, cuando le anunció su visita, fue por educación y lo recibió en su salón, al amor del fuego de la chimenea, bajo el retrato de su majestad Fernando VII, cuando el rey de España era el rey José Napoleón I, el Bonaparte, en fin.

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